Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

A Guevara, sin reverencias

Revolucionario tan insólito no admite descansos aún hoy. Su vida es un combate permanente por la redención humana, sin treguas ni claudicaciones

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Prefiero hablar de tú a tú con el guerrillero-comandante-ministro, sin que medien jerarquías, tan bien ganadas por él a fuerza de ejemplo, coraje e inteligencia. Prefiero tenerlo a mano e interrumpirlo, en medio de las complejidades y hasta de las turbulencias del presente. Ser el vecino que le confía sus preocupaciones y criterios, y anda a su lado, tratando infructuosamente de seguirle el paso sin endiosarlo.

Y decirle mis cuatro verdades a ese Hombre Nuevo en ciernes, que sigue desbrozando caminos y haciéndonos preguntas difíciles de responder. Porque sé de su proverbial rechazo a los adulones con sus lisonjas. Porque siempre él ha preferido el cara a cara, hasta al asumir la muerte frente a sus matadores. Porque nos enseñó a dar el pecho a la injusticia, venga de donde venga.

Revolucionario tan insólito no admite descansos aún hoy. Su vida es un combate permanente por la redención humana, sin treguas ni claudicaciones; lo mismo en las rebeldes montañas que en la titánica, y todavía incierta empresa de cimentar en el poder un mundo nuevo, que levante a los olvidados y preteridos de siempre. Gladiador de la justicia aún soñada, Che todo lo asume en zafarrancho con su asma proverbial, sin dar «un tantito así» al enemigo que hoy prueba fuerzas mayores.

Mucho se le evoca y venera. Y aunque también mucho se le odia desde el lado de los poderosos que mueven el mundo a su antojo como una ruleta, Che es un surtidor infinito de sueños, resortes morales, honduras reflexivas y pensamiento crítico y liberador, para estar siempre desentumeciendo la Revolución de lastres, mediocridades y de sus propios errores.

Admiro, por escasa en este mundo, la coherencia entre el pensamiento y la vida de Ernesto Guevara de la Serna. No predica nada que no cumpla, incluso con rayana austeridad. No sabe de holguras, solo de verdeolivo sudoroso y desafueros de trabajo y sacrificio. Ni se acomoda con los honores del pasado ni permite privilegios para él y su familia. Son legendarias las historias de su humildad numantina.

Pero tampoco, ya en el poder, acomoda su pensamiento en una zona de confort. Es al mismo tiempo hombre de Estado, ministro, artífice esencial de la construcción del socialismo en Cuba y crítico entrañable y agudo de los propios defectos del proceso revolucionario. Polemista encumbrado cuando muchos siguen a ciegas lo trillado, Che defiende el debate honesto y comprometido como fórmula para llegar a la verdad.

En esa pugna entre el ideal revolucionario y la vida tal cual es, Che, con su inquieto talante y su sed de saber y de conceptuar, despliega hondas reflexiones de la teoría revolucionaria que desbordan los cánones y dogmas del socialismo real. Él entrevé tempranamente las debilidades e inercias políticas que muchos años después desembocaron en la caída del socialismo en aquellas latitudes. Por ahí están, como prueba, sus apuntes al respecto.

En tal sentido, Che es un adelantado en muchos órdenes: alertó sobre el peligro de la tecnocracia y el burocratismo, la necesidad de construir el socialismo conscientemente y no solo por mecanismos automáticos, el hombre siempre como centro de la Revolución, la necesidad del control de la administración pública por las bases populares, los problemas de calidad y eficacia de la economía socialista, la iniciativa creadora de las masas, la asunción de las más modernas técnicas de dirección… Muchos asuntos que aún hoy son asignaturas pendientes.

Si escribo de él en presente, es porque el Che, aun cuando sus matadores creyeron desaparecerlo de la faz de la Tierra, sigue alimentando la sed de justicia en este mundo y gravita como un talismán de la Revolución Cubana, alentando su dialéctica continuidad, haciéndonos complejas e insurgentes preguntas y alertándonos de todos los peligros: los de afuera y los de adentro. Así, le hablo cara a cara. Sin reverencias.

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