Chamaco: el más reciente estreno de Argos Teatro

La puesta en escena de la obra de Abel González  Melo  acapara la atención del público que asiste a la sala del Noveno Piso del Teatro Nacional

Autor:

Osvaldo Cano

Fidel Betancourt (izquierda) junto a Ulises Peña. Foto: Pepe Murrieta En los espectáculos producidos por Carlos Celdrán y Argos Teatro es apreciable un marcado interés por mostrar antihéroes colocados al margen de la sociedad. Esta preocupación se reitera en el más reciente estreno de los argonautas. Me refiero a Chamaco, un texto de Abel González Melo, que sigue acaparando la atención de un público amplio y ávido desde la sala del Noveno Piso del Teatro Nacional.

Con un lenguaje muy contemporáneo, que trae a la memoria a autores recientemente asumidos por Argos Teatro como Koltès y Azama, Chamaco narra la historia de un joven provinciano que lucha a brazo partido por ganarse la vida. El protagonista es alguien cuya conducta no se ajusta a los modelos habitualmente aceptados por la sociedad. Hay mucho desarraigo y desorientación en esta criatura ubicada al margen de los modelos preferenciales. La suya no es únicamente una crisis de valores o la afiliación a un nuevo e incipiente código ético, sino también una consecuencia de la precariedad.

Estructuralmente el texto está dividido en cuadros independientes que no siguen una secuencia lineal sino que hacen avanzar o retroceder el tiempo según convenga. Esta peculiaridad está puesta en función de mostrar interioridades, complejidades y contradicciones que acosan a los personajes y participan activamente en su conducta. Lo que vemos no son solo enfrentamientos generacionales o filiales, sino también la batalla de unos jóvenes que buscan a tientas una senda que enrumbe sus vidas.

El autor concibe una intriga donde lo policiaco y lo melodramático juegan un importante papel. La pesquisa del asesinato y la propia concepción del texto como un informe son prueba de lo primero. El apego a lo fortuito, a una casualidad que, aunque posible, es poco probable, está entre los aspectos que apuntan hacia lo segundo. A favor de Chamaco hay que decir que saca a relucir problemas y situaciones poco exploradas por nuestra dramaturgia.

El montaje de Carlos Celdrán es sencillo, estilizado y funciona con la exactitud de un engranaje muy bien acoplado. Entre sus virtudes está el hecho de que recrea con fluidez y claridad la historia. Trabaja sobre el texto realizando saludables podas y la solución que encuentra para el final elimina la sensación de que el desenlace resulta abrupto. Como en otras ocasiones, se esmera en la conducción de los actores, al tiempo que demuestra haber encontrado un lenguaje propio, un modo personal y efectivo de encarar el espectáculo. La suya es una poética muy productiva, pues con muy pocos elementos logra un apreciable número de asociaciones, interpretaciones, sugerencias.

Celdrán recurre nuevamente a sus colaboradores habituales para conformar la puesta en escena. Entre ellos se destaca Manolo Garriga con un diseño de luces que, al utilizar los tonos azules, acentúa el clima gélido donde se verifican los acontecimientos. Garriga incorpora proyecciones cinematográficas que insinúan el movimiento descentrado y nervioso de la ciudad, al tiempo que le confieren una especial textura a los cuerpos y los rostros de los intérpretes. La escenografía, de Alain Ortiz, está construida a ras de piso. El diseñador divide el espacio escénico por medio de dos estrados que delimitan el parque, la calle o las casas. La amplitud de los espacios y su naturaleza alusiva son dos aspectos que la distinguen. El vestuario, de Vladimir Cuenca, pone en claro la procedencia, el nivel económico y las inclinaciones y preferencias de sus portadores. Mención aparte merece la exquisita banda sonora conformada por el propio director.

En el elenco coinciden intérpretes habituales en las puestas de Carlos Celdrán, e invitados. Esa es la razón por la cual el lenguaje actoral es un tanto ecléctico. No obstante, la sinceridad y la interiorización en las motivaciones y la psiquis de los personajes resultan una constante. Fidel Betancourt se apoya en las tareas físicas y sin recurrir a gastados estereotipos realiza una buena faena. Pancho García va de lo dramático a lo farsesco logrando un depurado trabajo. Laura Ramos derrocha pasión y fuerza en una excelente hermana mayor. Aunque la labor física de Fernando Hechavarría contrasta con la del resto de sus compañeros, su accionar es creíble y veraz. José Luis Hidalgo nos devuelve una muy bien planteada imagen de su personaje. Deisy Sánchez se desempeña con discreción, pero sin desentonar. El joven Ulises Peña concibe una buena caracterización de la peculiar florista.

Con el montaje de Chamaco, Celdrán da continuidad a su diálogo incisivo y franco. La obra, con su ritmo intenso, su sincronía y precisión, habla a las claras de un director maduro que sabe lo que quiere y quien ha logrado nuclear a un público exigente y fiel. La pieza de Abel González Melo aborda la realidad con un lenguaje contemporáneo y una vocación manifiesta por iluminar zonas oscuras del presente. Su ascenso a la escena nos trae a la memoria el teatro juvenil que tuvo su auge en los 80, solo que ahora la complejidad estructural, el planteamiento del conflicto y las subtramas, entre otras cosas, nos permiten asegurar que el autor se ubica en un escalón más alto que sus predecesores.

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