Suerte marcada

La telenovela brasileña Señora del destino transita en estos momentos por la mitad del camino. JR ofrece a sus lectores algunos juicios sobre este popular dramatizado

Autor:

Joel del Río

Creador del semillero de personajes, y de la multitud de peripecias contenidas en Señora del destino, Aguinaldo Ferreira da Silva nunca pensó en convertirse en el más popular autor brasileño de telenovelas. Nacido en 1944, en un pueblo pobre del nordeste brasileño (como María do Carmo) escribió su primer relato con 16 años, y con 18 ya se convertía en reportero (como Dirceu de Castro), el más joven del periódico Última hora, en Recife. Poco después se mudó a Río de Janeiro (como la familia que protagoniza la novela) y en la redacción de noticias policiacas y de crónica roja, del periódico O Globo, adquirió la experiencia necesaria para escribir la que sería su primera telenovela de éxito: Planta de policía, en 1979.

Afirmamos que Da Silva es el más popular autor de telenovelas, por lo menos en Brasil, porque escribió, o coescribió, cinco de las 12 más sonadas de todos los tiempos: la imbatible Roque Santeiro, además de Tieta, Piedra sobre piedra, Fiera herida y Vale todo, algunas de ellas vistas en Cuba. Con Señora del destino se anotó otro éxito clamoroso de público. Todas las noches consiguió entretener a 60 millones de compatriotas —con esta trama típicamente folletinesca, inspirada libremente en el caso real de un secuestro infantil que fue noticia en Brasil hace años— además de ganarse poco después, y sin muchas dificultades, el favor de los televidentes de Argentina, Rusia, Portugal, Canadá, de los latinos en Estados Unidos, y ahora Cuba, donde se roba la mayor parte de la audiencia en horario estelar.

Como sabemos, la historia se concentra alrededor de María do Carmo Ferreira da Silva —nombre de la propia madre de Da Silva y quién sabe si por casualidad, el verdadero nombre de Carmen Miranda, la artista brasileña más famosa de los años 30 y 40— esta mujer familiar, entrañable, batalladora, determinada y franca, quien decide emigrar con sus cinco hijos a Río, y en el trayecto ocurre el secuestro de la única hija, cuya recuperación será el primer móvil de casi todas las acciones posteriores de Do Carmo.

Además de comulgar con buena parte de los rasgos que distinguen a las protagonistas típicas de estos melodramas femeninos (sufrimiento incesante, pérdidas numerosas, lucha por anhelos o realizaciones personales; difícil plenitud amorosa, acoso de los malvados y prejuiciosos) la Do Carmo posee otras características que la enriquecen: se acerca a la tercera edad, posee un innato sentido del humor y la parodia, acopla a la perfección su imagen de madraza protectora con las naturales ansias sexuales y con un ímpetu ¿masculino? de triunfo profesional.

Además, el personaje titular puede ser visto, de alguna manera, cual símbolo del espíritu progresista y liberal de un país que el autor del guión representa en el tránsito del primitivismo, la dictadura y la miseria nordestina (primeros capítulos con María do Carmo joven) al desarrollismo de las grandes urbes, la democracia y el adelanto intelectual, económico y social. No es que en esas pocas palabras pueda resumirse la historia de Brasil en los últimos 40 años, pero la telenovela, como fuente nutricia del imaginario colectivo, gusta de representar una nación idealizada y compendiada sumariamente. El propio título, Señora del destino alude en directo al avance de la condición femenina, pues ahora son ellas quienes deciden hasta dónde quieren llegar y en compañía de quién.

Detrás de los valores telegénicos de los cinco hijos de la Do Carmo hay grandes facultades histriónicas. Otra prueba del carácter convenientemente alusivo y generalizador conferido al personaje principal (a pesar de la alegoría ella está muy lejos de aparecer como una abstracción, o de expresarse con retoricismos obvios, más bien se mueve, procede, se viste y se equivoca como cualquier brasileña, nordestina estándar) se manifiesta en el triángulo amoroso que, junto con la recuperación de la hija perdida, acompañará a la explosiva dama durante toda la serie. Como el país entero, ella se mueve entre dos opciones, la «seductora» infracción de las leyes (Giovanni Improtta) y la civilidad depurada (Dirceu de Castro). Entre estos dos galanes otoñales tendrá que decidirse María do Carmo: uno intelectual, consciente, honorable, susceptible y desabrido, el otro un pillo característico, embustero, tentador, voluptuoso, siempre cortejante y al borde de la transgresión y del procedimiento ilegal, sinuoso, próspero.

Por supuesto que carecemos de espacio para ir caracterizando la inmensa galería de personajes que presenta la telenovela, de los más variados estratos sociales y aspiraciones particulares, pero no quiero dejar de aludir generalidades de otro orden, como el carácter de entretenimiento proverbial, de acción imparable y suma destreza profesional, a que aspiraron el guionista Da Silva, el director Wolf Maya (hace el papel de Leonardo Correia, padre de María Eduarda, y condujo antes las telenovelas Pecado capital y Mujeres de arena, entre otras), y la mayor parte de un elenco estelar, hipercalificado en general para la interpretación de personajes demarcados por la separación entre malísimos diabólicos y los inermes practicantes de una bondad sobrecogedora. Serán recordados, además de la Do Carmo y sus dos amantes (Suzana Vieira, José Wilker y José Mayer), los cinco hijos de ella, más por valores telegénicos que por sus grandes facultades histriónicas (Eduardo Moscovis es Reginaldo; Marcello Antony, Viriato; Leonardo Vieira, Leandro; y Dado Dolabella, Plinio); esa malvada de antológico guiñol que hace Renata Sorrah; la elegancia de la aristocrática pareja que conforman Raúl Cortez y Gloria Menezes; la delicadeza, aceptación y respeto con que se muestra la relación amorosa entre dos mujeres; y en fin, el inventario de problemas, traumas, desigualdades e ilusiones nacionales que han sido simplificados, es cierto, banalizados, es verdad, pasados por agua de rosas, pero que al menos aparecen de preciso subtexto, por debajo de la urdimbre emocional de los personajes.

Señora del destino es entretenimiento puro, efervescente, concebido a la medida de un auditorio cada vez más avezado y exigente en el disfrute de las telenovelas, y que por tanto les solicita a los creadores implicados mayores dosis de preciosismo, novedad e interés temático amplio, inclusivo. Es producto de mercado, bien diseñado en casi todos sus ángulos, y por lo tanto bien presto a colocar un plano hermoso y una preciosa melodía de fondo, cada vez que se insinúe algún problema real irresoluble mediante soluciones de folletín. Personalmente, lo que más disfruto son los encuentros Vieira-Wilker, y el tono farsesco, medio improvisado y hasta ligeramente paródico que se le imprime a muchas escenas (sobre todo de los dos histriones mencionados), para poner una de cal y otra de arena, justo cuando en algún capítulo se les está yendo la mano en cuanto a patetismos, tragedia y consternación.

Cuentan que Aguinaldo da Silva tuvo que escribir dos finales para María do Carmo, y Suzana Vieira se vio precisada a grabar dos bodas al final de la telenovela, con cada uno de sus galanes otoñales. Fue la mayoría del público quien decidió en brazos de quién quedaba la orgullosa Do Carmo. Juro que ignoro cuál de los dos finales tiene la versión comprada por la televisión cubana, pero en todo caso la anécdota deja en claro que esta señora, por muy verdadera y auténtica que parezca, no es dueña de su destino, y ni siquiera lo es el autor, el demiurgo supuestamente todopoderoso a la hora de diseñar el futuro de sus personajes, y mucho menos la actriz que le confiere cuerpo, voz y rostro. Quien manda de veras y dice la última palabra es el mercado, las instancias comerciales mayoritarias para las cuales se concibió esta mercancía de primer nivel, objeto suntuario dentro de la producción telenovelera brasileña.

Me gustaría que fuera Dirceu el agraciado (por pura solidaridad de colega) pero me imagino que la votación mayor favoreció a ese pícaro, manipulador, mafioso y delincuente que es Giovanni Improtta. ¿Qué le vamos a hacer, si además de echarle mano a los métodos y acciones de la mafia, del empresariado corrupto, e incluso del nefasto escuadrón de la muerte, el tipo es campechano, perspicaz, sensual, dúctil y complaciente? No es de extrañarse entonces que se lleve la dama al tálamo y arrase en las encuestas de popularidad, puesto que en el lenguaje telenovelero vale la gracia, no las consideraciones éticas.

Entre los personajes interpretados por José Wilker y José Mayer se debatirá Suzana Vieira Estoy seguro de que al final, por allá por el mes de agosto, me quedará, como me ocurre en algunos capítulos, la extraña sensación de que me están manipulando con mucha gracia e inteligencia, que me están disfrazando con simpatía, profesionalidad, aires de risible caricatura y sentimentalismo meloso, teñido de comedia costumbrista, grandes temas que merecían seguramente otros tonos y tratamiento. ¿Será que la telenovela no puede, no quiere y le es imposible solventar aproximaciones más verticales? ¿Será que para entretenerse es imprescindible el más completo allanamiento de personajes y situaciones?

Los próximos títulos de este género seguramente nos conducirán a otras interrogantes, porque de momento Señora del destino solo nos permite estar atentos a las decisiones de María do Carmo, es decir a las soluciones que le escribió Aguinaldo da Silva, es decir, al destino marcado por las encuestas de popularidad y los sondeos de opinión que garantizan la mayor audiencia.

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