Premian a participantes en el IV Salón de Talla en Madera

El evento evidencia cómo este tipo de arte respira aires nuevos

Autor:

Toni Piñera

¿Dónde jugarán los niños?, de Gilberto Pérez Valdés, resultó una de las menciones del jurado. Foto: Toni Piñera ¿Qué se podría decir de un buen amigo? Sí, porque eso ha sido para el hombre la madera, desde el comienzo de su existencia: una fiel aliada que lo ha acompañado a lo largo del camino. Del lado artístico, constituye un elemento donde el ser humano ha dado rienda suelta a sus más caros sueños y anhelos. En ella ha construido un mundo semejante al nuestro. Porque sobre la madera puede brotar todo lo que nos rodea en la Tierra y más allá. Solo hay que proponérselo. Si no, miremos hacia estas bienales que hace seis años aparecieron en el horizonte cubano, encuentros que van al rescate de una antigua manifestación (la talla) cuya trayectoria se remonta muchos siglos atrás.

La cuarta edición del Salón Nacional de Talla en Madera, auspiciado por la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), el Fondo Cubano de Bienes Culturales y el Consejo Nacional de las Artes Plásticas evidencia cómo en estos años los frutos surgidos en una actividad que sigue empecinada en mantenerse en un terreno entre la artesanía y el arte, respira nuevos aires, gracias al talento, creatividad y empeño de estos hombres que buscan y encuentran los mitos en el dúctil material.

La madera ha desempeñado, además, un importante papel en el curso de nuestra historia y, en términos de arte, nada se escapa de la imaginación creadora. Todo es posible de «esculpir» sobre ella, como lo han demostrado en el tiempo creadores del tamaño de Agustín Cárdenas, Teodoro Ramos Blanco, Florencio Gelabert, Fausto Ramos, Ramón Haití, Osvaldo Jacinto Llins, Lidia Aguilera, Rafael Queneditt, William Cabrera, Roberto García Fullana y muchos otros, algunos de ellos con obras presentes en este salón, como invitados que engrandecen el evento.

Sin embargo, hay realidades que han puesto obstáculos al buen desenvolvimiento de este arte: la escasez de recursos en los años 90 del siglo pasado, por un lado, y el desarrollo en muchos de estos creadores de un seudoarte de complacencia vinculado al auge del turismo, que a muy bajos precios y sin ninguna calidad estética invadió e invade aún hoy los mercados. Fueron malos tiempos para la talla en madera.

El término de escultura llega del oficio de esculpir, que no es más que «dar forma» tallando sobre madera, metal, piedra... Una ojeada a este Salón deja ver que este arte está vivo, aunque el realismo anida en buen número de obras. Se respira un aire de buen gusto, virtuosismo técnico y muchos deseos de ser original. En términos generales los creadores se apropian de temáticas cotidianas, de símbolos universales que se traducen «a lo cubano» para comunicar sus ideas, y reflexionar sobre el entorno con una conciencia humana y hasta ecologista.

Los temas tallados se abren hacia diversas vertientes de la vida, y aunque la figuración humana se refleja en muchas creaciones, es diferente en cada artista. Se representa allí el universo artificial que caracteriza a este tiempo... todo un mundo imaginativo que bordea también la abstracción. Un gesto puede aquí transformarse en gato, una bicicleta se arma con instrumentos musicales, y un diablito de carnaval —tan llevado y traído por estos caminos— regala nuevos conceptos... Ya que la escultura de estos tiempos no pretende suplantar la realidad sino instituirse a sí misma en una nueva realidad, a veces, el valor gestual en las figuras se elimina o se reduce a la mínima expresión, se eluden detalles y se atiende a valores antropológicos más que sicológicos.

Esta metamorfosis trae como resultado productos estéticos que se convierten en objetos escultóricos que llevan a nuestros ojos a fijarse en los bordes y no en el interior, a reclamar la atención en el espacio circundante. Transformadas por la mano del artista en símbolos, como insinuaciones ante las cuales nuestra vista y nuestro cerebro deben responder completando los significados de las muy diversas interpretaciones.

Este Salón que convoca la ACAA está abierto a la imaginación creadora y a otros materiales. Y nos alegra también que un palacio como el Museo de Artes Decorativas, que alberga obras de vital importancia y calidad, lo cobije y acoja con tanto amor, porque sentimos que la manifestación respira en este lugar, en el más alto que pueda estar, como arte que es.

PREMIOS

En esta cuarta edición alcanzó el Gran Premio la obra Mi barrio, de Generoso Betancourt Anciano, donde se refleja la vida en La Habana Vieja de forma magistral y simpática. El primer premio correspondió a Por un mundo sostenible, de Salvador Galindo, mientras que el segundo y tercero fueron para Del vicio al abismo, de Carlos Hernández, e Ireme: más allá de un traje, de Luis Otero Alcántara, respectivamente.

El jurado, presidido por René Negrín e integrado por Katia Varela, Rafael Consuegra, Roberto García Sullana, William Cabrera, Alejandro Meruelo y Toni Piñera, entregó menciones a ¿Dónde jugarán los niños?, de Gilberto Pérez Valdés; La pérdida de la inocencia, de Adrián Ros; El café, de Alexis Cardona; El Niágara en bicicleta, de Ramón Betancourt; Canto de sirena, de Jorge Figueredo; Guajiro, de Ordanis Navarro; S/T, de Raimundo González, y a El alcohólico anónimo, de Juan Porraspita.

En la categoría de miniatura los galardones recayeron en: Identidad, de Jorge Figueredo; Don Tornillete de la Mancha, de Carlos Hernández, y en Otro día en el Paraíso, de Carlos Vázquez, primero, segundo y tercero, respectivamente. Menciones obtuvieron: Dominio, de Yarovi López, y Mimbre, de Manuel Millán.

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