Llorar y cantar con el Benny

El filme El Benny nos conmueve con una estremecedora historia, tonta por la levedad humana, que pudo tener otro final menos desgarrador y más eterno

Autor:

José Aurelio Paz

Ese día mi padre le amarró una cinta negra al brazo del tocadiscos. Pensé que se había vuelto loco o estaba ebrio. No dijo nada. Se sentó a tomarse un trago de ron en un rincón de la sala y dejó que aquella aguja le sacara las entrañas a un viejo disco de acetato que, ahora, al paso del tiempo, se me antoja que gemía de dolor.

Llegaba al amanecer del Reno Club; el lugar donde pasaba el mayor tiempo de su vida como cantinero; el único bar de Cuba que tenía su escenario sobre el largo refrigerador y al cual se subieron lo mismo Pepe Lara, el de Los Chavales de España, que Frank Domínguez con su «Tú me acostumbraste…» para sacarles el corazón por el escote a las muchachas.

Tenía yo doce años y le escuché decir un «¡Coño!» que le salió del alma. Quizás pensaba en Anacleto, el «generoso», dueño de una fonda llamada La Confronta, en Ciego de Ávila, que no era el buen tocador que El Benny inmortalizara en una de sus canciones más geniales, sino el honesto comerciante del cual se dice que en más de una ocasión le mató su hambre cuando no era tan famoso, aunque sí popular, con un bistec y un vaso de leche.

Tal vez aquella exclamación casi mascullada, entre dientes, era el réquiem por quien había sido testigo, reiteradamente desde algún traganíquel, de sus lances amorosos fuera del matrimonio con mi madre.

Solo recuerdo que aquella noche la ciudad casi se paralizó a la hora del noticiero. El entierro del músico, desde su «Lajas, mi rincón queriiido…», fue una explosión a la altura de su ingenio y del amor con que se hizo novio de esta Isla.

Ahora, a más de cuarenta años de aquel bofetón emocional de mi infancia, el cine me ha hecho descubrir a un hombre que enterró su talento en el vicio. Y no pretendo desentrañar si el filme es fiel a la historia, si manipula a la época y al bardo para provocar con su estética, si el actor se parece o no, o si debió ser maquillado con fidelidad a la imagen del cantante.

Solo sé que es una cinta que siembra un dolor íntimo como esa canción que es casi una súplica de amor: «¡Cómo fueee, no sé deciiirte, cómo fueee…». Ese punzonazo que parte de la pérdida irreparable de la vida de un genio por una tontería. Esa pena que, si se lee bien, puede ser una lección para los más jóvenes de hacia dónde pueden conducir el desenfreno y la irresponsabilidad; porque él, Bartolomé Maximiliano Moré, no sólo se hizo daño a sí mismo, sino que sumió también en la miseria y la congoja a todos sus seres queridos; incluso a varias generaciones de cubanos, porque perdimos una parte, indispensable diría yo, de nuestra voz propia, de nuestra alegría natural.

Vemos a El Benny desde la pantalla haciendo el amor lo mismo en un baño público que en el campo, con una prostituta o con su novia del alma. ¡Época feliz aquella en que, literalmente, casi nadie se moría de amor por no protegerse! Pero la evidencia de que el alcohol, a través de la historia de la humanidad misma, ha sido una daga que envilece y mata, está ahí, atrapada en el celuloide, hiriendo nuestros ojos, para que entendamos que eso no es solo leyenda.

El flagelo incontenible que nos acosa desde el primer trago, se desnuda desde la pantalla. Se puede tener el mundo a los pies, pero perder la vergüenza, y se puede tener la vocación generosa más absoluta, pero se hace sal en agua cuando el alcohol nos domina.

Digo que El Benny ha llegado no solo para cantarnos, sino para contar lo que también ha sucedido con otras cuerdas de nuestra lírica siempre que han seguido su mismo camino; para conmovernos con una estremecedora historia, tonta por la levedad humana, que pudo tener otro final menos desgarrador y más eterno.

Más allá de sus cuestionamientos y valores estéticos, la cinta es un aldabonazo al alma del cubano, a esa incongruencia propia de nuestras políticas sociales en que, de una parte, establecemos campañas antialcoholismo, y de la otra las desbaratamos con incongruencias en la venta de bebidas alcohólicas, como si estas constituyeran medicina urgente contra los estreses cotidianos.

Al menos en este sentido la cinta de Jorge Luis Sánchez propone cantar a dúo con El Benny, desde la vitrola del alma, para embriagarnos únicamente con la risa, la presencia maravillosa de lo amado y poder decir siempre «¡Soy tan feliiiz… vida!».

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