Adiós a una grande de la danza

Josefina Méndez, una de las más notables artistas de Cuba y América Latina, ha muerto víctima del cáncer. La danza mundial está de luto

Autor:

Juventud Rebelde

Ah, que tú escapes en el instante/en el que ya habías alcanzado tu definición/mejor.

José Lezama Lima.

Qué hondo pesar, qué pena infinita se experimenta frente a la desaparición de alguien que está indisolublemente ligado a algunos de nuestros más profundos recuerdos de placer estético y espiritual.

Todos los que en Cuba amamos la danza, experimentamos por estos días ese dolor a causa de la muerte de Josefina Méndez. De alguna manera, también tenemos una deuda con ella, mucho más ahora que sabemos que ya no está. Aunque hablar de Josefina —de Yuyi, como le llamaban cariñosamente sus más allegados— como alguien ausente, suena demasiado rotundo, demasiado radical: los seres humanos valiosos, casi imprescindibles como ella, siempre van a permanecer.

En lo personal le debo a la Méndez muchos de los momentos de mayor gozo artístico que he experimentado, porque Josefina fue, en el sentido más cabal y riguroso de la palabra, una artista. ¡Y de las más grandes que ha dado esta, nuestra «Isla infinita»! Es más, debo confesarlo: su baile al igual que el de la Alonso, el de Loipa, el de Mirta...; que el canto de Joan Sutherland y Esther Borja, o que la poesía de la Loynaz, constituyen para mí, en muchas ocasiones, los remedios infalibles contra la tristeza o la preocupación.

Siendo todavía muy niño —tenía acaso tres o cuatro años, no puedo precisar ahora con exactitud—, descubrí con Josefina Méndez el arte del ballet. Fue ella la primera bailarina que vi alzarse sobre las puntas de los dedos de los pies. De aquella función atesoro algunos recuerdos, que hoy regresan no con toda la nitidez que quisiera. Para mí, esa primera noche de ballet, «la muchacha vestida de rosado» no era Josefina Méndez, era la princesa Aurora, la protagonista de La bella durmiente, el mismo cuento escuchado tantas veces en la voz suave y melodiosa de mi madre, cada noche antes de dormir.

Después aprendí a respetarla, a admirarla, incluso, a amarla, y su nombre, como a otros miles de cubanos, comenzó a hacérseme muy familiar, íntimo, cotidiano.

La última vez que la vi fue el 6 de noviembre de 2006. Esa noche tuvo lugar, en la Sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana, la función de Clausura del 20 Festival Internacional de Ballet. De pronto, y sin que nadie lo esperara, Josefina salió a saludar. Al reconocerla, el público le ofrendó una de las ovaciones más cálidas y sentidas de la jornada. A pesar de un evidente agotamiento, se le veía muy feliz. Así es el artista.

Poco más de un año antes, y desde ese escenario, se le vio actuar por última vez: fue el 27 de marzo de 2005. La primera bailarina y maître cubana festejaba aquel mismo día 50 años de su debut escénico profesional. El Ballet Nacional de Cuba, su compañía, ofreció en su honor una gala de homenaje.

Recuerdo muy bien esa tarde. Después de los ballets Tablada, Grand pas de deux classique, Estudios para cuatro y Un concierto en blanco y negro, volvió a desplegarse el pesado cortinaje rojo, y en escena apareció la Méndez. Y volvimos a encontrarnos, después de varios años de su despedida escénica (nunca anunciada —tuvo lugar el 1ro. de noviembre de 1996, en ese mismo teatro, durante el 15 Festival Internacional de Ballet de La Habana). Interpretaba la segunda pareja en el ballet In the night, de Jerome Robbins; sin olvidar, claro, sus actuaciones especiales dos años después, durante los festejos por el aniversario 50 de la fundación del Ballet Nacional de Cuba: Mme. Taglioni en un peculiar montaje de Grand pas de quatre, el 28 de octubre; y la duquesa Bathilde, en Giselle, el día 2 de noviembre), no solo con la maître excepcional, sino también con la gran intérprete, porque Josefina, el día de sus Bodas de Oro con la danza, fue de nuevo Doña Rosita, un personaje que ella había creado en el estreno del ballet Viva Lorca, de Iván Tenorio, en 1989.

Como antaño, el reencuentro con la bailarina actriz de hálito heroico y apasionado, capaz de interiorizar un rol hasta sus últimas consecuencias; como siempre, la «soberbia dignidad», el gran temperamento, las manos elocuentísimas, transmitiendo mil y una sensaciones y signos, y la inmediata y efectiva comunicación con el público.

Al igual que en otras oportunidades, tuvo como partenaires en esa ocasión especialísima a dos alumnos suyos, que esta vez, como hermoso símbolo, eran dos de los bailarines más jóvenes —quizá los más jóvenes—, que entonces integraban el elenco de la compañía.

Tras ese instante, se proyectaron imágenes de Josefina Méndez en algunas de sus muchas caracterizaciones. A continuación, un desfile de la compañía que cerró la homenajeada. Y de pronto, una tremenda ovación a la que Josefina respondió con una mezcla de saludos. Y fue Taglioni, y Giselle, y Kitry, y la solista de Majísimo, y Odette, con su impecable aleteo soberbio...

Luego, en un ambiente algo más íntimo, recibió el reconocimiento de varias personalidades, así como de algunas instituciones culturales y gubernamentales. Como colofón, el Ballet Nacional de Cuba le entregó un Diploma de honor acompañado por una obra pictórica.

Fue, sin duda, un espectáculo emocionante y un hermoso regalo el que nos brindó Josefina Méndez la tarde del 27 de marzo de 2005. Para algunos, representó el encuentro con un mito; para otros muchos, el re-encuentro con una de las bailarinas más hermosas, finas y carismáticas de la danza clásica universal.

Integrante, junto a Loipa Araújo, Aurora Bosch y Mirta Plá, del entrañable «cuarteto» al que el crítico inglés Arnold Haskell denominara en 1967 como «las joyas cubanas», la Méndez es una de las personalidades más relevantes de la Escuela Cubana de Ballet y de la cultura nacional, a las cuales prestigió y contribuyó a enaltecer.

Su debut escénico en la obra Sueño infantil, con coreografía de Alberto Alonso, sobre la música de Cascanueces, de Chaikovski, ocurrió el 3 de julio de 1951, en el Teatro Auditórium, tres años después de haber comenzado en la Escuela de Ballet de la Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana. Luego vino la Academia de Ballet Alicia Alonso; y más tarde, el Ballet de Cuba en 1955. Su carrera profesional se inició en el Teatro Radiocentro, hoy Centro Cultural Cinematográfico Yara, donde Alicia Alonso y Víctor Álvarez protagonizaban una representación de El lago de los cisnes. Entonces, Josefina actuó en la «Danza napolitana» del tercer acto, travestida, por la escasez de varones.

Tras asumir la categoría de primera bailarina en el Ballet Nacional de Cuba (1962), la Méndez fue la artista de personalidad singular en la que se amalgamaron de manera orgánica el estilo, la técnica y la expresión dramática. Había algo en ella que impresionaba y que hacía a su baile especial: tal vez su excelencia de prima ballerina, o su imponente presencia sobre el escenario, con ese majestuoso aire de autoridad que siempre la rodeaba.

Quizá, también, el buen gusto, la elegancia, la musicalidad, el movimiento bello y de un gran sentido plástico, el rigor en el estilo, la feminidad, el hermoso y alto arabesque, sus equilibrios «eternos y triunfantes» -toda una leyenda en la historia de la danza iberoamericana-, y de manera muy particular, la cubanía.

En cada papel que asumió dejó su sello, su impronta, porque además de poseer el raro don de transformar cada paso en arte -en ella el movimiento parecía eternizarse, tornarse infinito-, tenía también la virtud de hacerlo dramáticamente creíble. No por casualidad Arnold Haskell la llamó «La Reina de la Tragedia», al calificar sus notables cualidades histriónicas.

¿Quién que la aplaudió podrá olvidar su imagen en grandes roles del siglo XIX, como su apasionada y lírica Odette, todo hechizo y ternura, ejemplo de ensoñación romántica; o su Odile, avasalladora, enigmática y maligna, radicalmente diferente, en El lago de los cisnes? O su Giselle, apasionada y febril en el primer acto; desen...carnada y espiritual en el segundo, un rol que como su laureada Madame Taglioni, en Grand pas de quatre, llegó a interpretar en la Ópera de París, en calidad de estrella invitada de esa compañía, el Gran Templo de la Danza, reservado solo para los de mayor grandeza.

Pero también Carolina, en El jardín de las lilas; Consuelo, en Tarde en la siesta; Juana de Arco, en Juana en Rouen; La muerte del cisne, Las sílfides o su paradigmática Cecilia Valdés, destellante en su cubanísima sensualidad, y Majísimo, La noche de Penélope y Dionaea -estas últimas creadas para ella-, o su expresión fuerte e intensa en La casa de Bernarda Alba, que un crítico español llegó a catalogar como «simplemente definitiva».

Y así ha de recordarse, del mismo modo, al ser humano: una mujer de infinita gracia criolla, elegante, ingeniosa, de gran inteligencia y refinamiento, y transmitiendo siempre una sensación de majestuosidad, muchas veces irónica y hasta sarcástica y mordaz.

Desde su retiro como intérprete y hasta muy poco antes de morir, la labor como ensayadora y profesora de esta gran dama de la danza -maître del máximo rango- constituyó uno de los aportes más significativos al arte coreográfico universal.

Josefina nos dejó en la plenitud de su inestimable experiencia pedagógica, de su magisterio excepcional. Su ausencia, por todo lo que ella simboliza, por todo lo que ella representa (el cuidado riguroso y exacto de los estilos, la estricta musicalidad, el acento y el énfasis dramático de cada obra, sobre todo en los «ballets blancos»; el buen gusto, el carácter perfeccionista, la atención a los más mínimos detalles, el gran dominio de la pantomima...), que la hacen insustituible, deja un vacío profundo en el Ballet Nacional de Cuba.

Gracias, Josefina Méndez, por estos más de 50 años de arte, de absoluta y total entrega. Gracias por haber sido, por haber permanecido y, sobre todo, por continuar siendo y estando ya para siempre en un lugar privilegiado y seguro: la memoria de un público, la historia de una compañía, la cultura de un país.

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