Documentales recobran consideración en los medios cubanos

Pequeña Habana, del argentino Rolando Pardom y Il mio viaggio in Italia, de Martin Scorsese, son ejemplos de buena herencia fílmica internacional

Autor:

Joel del Río

De izquierda a derecha Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Steven Spielberg y George Lucas. Desde las primeras imágenes de Pequeña Habana (2007), largometraje documental del argentino Rolando Pardo recientemente estrenado en el cine Charles Chaplin, y que seguramente será exhibido pronto de manera más amplia, como a partir del mismo inicio de Il mio viaggio in Italia, también largo documental, de Martin Scorsese, que está incluyendo el espacio televisivo Arte Siete de manera fraccionada, se aclara que el espectador presenciará un descubrimiento, serán aliviados sus prejuicios e ignorancias, y será guiado por la mirada y el oído, a dos mundos apenas conocidos y habitados por personajes cuya existencia, apariencia y experiencia desconocíamos en gran medida.

Pequeña Habana es testimonio humanista, construido a partir de las entrevistas a nueve o diez hombres y mujeres enanos, los verdaderos protagonistas del documental, aunque también participan las familias y los amigos.

El filme comienza con la cita de los versículos concernientes a la creación del mundo, según el Génesis bíblico, y desde este punto se cuestiona la escasa visibilidad de esa fracción de humanidad, pues no son mencionados en el libro canónico del humanismo en la civilización occidental. A partir de ahí, Pardo, productor y guionista además de director, entreteje las prolijas declaraciones estructuradas más o menos en cuatro etapas: la infancia y la familia, el crecimiento y las experiencias sexuales, la vida laboral y el papel en la sociedad. En todo momento nos invita a la tolerancia, a la aceptación, a que inclinemos la vista para ver lo que antes resultaba invisible, o más bien, nos convoca a mirar con otros ojos, los de la comprensión y la solidaridad, y por qué no, también los ojos de la compasión, de una piedad altruista y práctica, no paternalista e hipócrita.

Esta oda a lo minúsculo de Rolando Pardo (vinculado académicamente, durante muchos años, a la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños) surge profundamente en sintonía, en cuanto a subtextos y propósitos, con aquella obra que comentamos hace un año, más o menos, en estas mismas páginas, Cantando bajo la tierra, sobre los músicos callejeros que actuaban en el metro madrileño, demuestra en irrevocable evidencia de imagen y sonido, ora conmovedor, ora gracioso, ligero y hondo, la extraordinaria fuerza de voluntad, incluso la majestad y el dolor, la grandeza de estos seres que viven con un hándicap, y víctima de todo tipo de burlas, menosprecios y discriminaciones. Estos hombres y mujeres son mostrados en su gigantesca lucha por conquistar el afecto y la consideración de los otros, en franca cruzada por asentarse en un espacio bajo el sol, un espacio que no tiene que ser obligatoriamente menor, o peor, que el destinado a cualquiera de quienes se llaman a sí mismos «normales», y dictan reglas de desestima para quienes no son como ellos.

El enfoque y el encuadre tradicionales de «cabeza parlante», típico en los documentales de entrevistas, aquí se reviste de una particular actitud escrutadora en los primeros y primerísimos planos, además de que contribuye con el suspenso del documental, pues en la mayoría de los personajes, vistos tan de cerca, se olvida su verdadera talla, y entonces hacia el final, cuando se los ve desempeñando las más diversas labores, como seres aptos y participativos, negados a la derrota, al asentimiento de la exclusión, o a la lástima consigo mismos.

Por momentos reiterativo, tal vez demasiado amarrado a la estructura de in crescendo que le impusieron director y editor, con un final en tono medio farsesco que no le encaja del todo, y sin dudas precisado de una voluntad de corte menos complaciente, que pode redundancias aquí y acelere el ritmo expositivo allá, Pequeña Habana tiene varios, muchos momentos cálidos, excelentes y amables, sobrevuela mayormente el grotesco, y consigue incluso atrapar algo tan sutil como las miradas húmedas, las risas a todo tren, la vida iluminada de estos nuestros hermanos menores, que con tanta elocuencia y afecto ha sabido retratar Pardo en su documental.

En Il mio viaggio in Italia (My Voyage to Italy, Mi viaje a Italia, 1999) los personajes casi ignotos que nos revela el director y guionista Martin Scorsese (lo auxiliaron en este recorrido especialistas como Suso Cecchi D’Amico, la guionista de cabecera de Luchino Visconti) son las películas y los realizadores clásicos del cine italiano, títulos y figuras fundacionales que le han servido de perenne inspiración al creador de Taxi Driver, Toro salvaje, La última tentación de Cristo y Uno de los nuestros y de la sobrevalorada, abusiva y oscarizada Los infiltrados, pero eso es harina de otro costal. Hablemos del Scorsese documentalista.

Aunque el creador personaliza afectivamente su aproximación, recurre a sus recuerdos de familia, de infancia y juventud, a su propia voz en off narrando toda la «trama», y a la recopilación de material de archivo a partir de los momentos que a él le parecieron más lucidos y relevantes, estamos en presencia de una antología incuestionable de lo mejor del cine italiano a partir del momento neorrealista, en los años cuarenta. Al mismo tiempo, se ponen de manifiesto, con intención expedita o sin ella, la deuda oceánica del cine norteamericano con aquel, y la obligatoria gratitud de todos los cineastas honestos y conocedores del mundo con aquellos momentos de inteligencia y sensibilidad inigualables que los cineastas italianos le regalaron al mundo. A propósito, uno se pregunta cómo es posible que con semejante pasado se mantenga ininterrumpida la tan prologada crisis del cine italiano en los últimos veinte o treinta años.

Hijo de inmigrantes italianos, nacido (en 1942) y criado en el barrio neoyorquino de Little Italy, de donde también proviene su actor fetiche de otrora, Robert de Niro, Martin Scorsese reconoce y exalta el valor de estos clásicos italianos insoslayables en cualquier historia del cine que quiera ver más allá de Hollywood, porque es el modo de reconocer sus propios orígenes, su identidad escindida, la historia de su familia, y el amor por la belleza y la cultura donde quiera que estas tomen forma. Uno de los mejores realizadores norteamericanos, también organizador de la Film Foundation para la preservación de la herencia fílmica internacional, nos ha deleitado con este sensible, instructivo y contundente alegato a favor del reconocimiento de una grandeza otra, distinta de la que constantemente se ufana y autoproclama como única. Una operación de revelado similar en algún punto a la que emprende Pardo en Pequeña Habana. Y esa es la principal virtud de los buenos documentales, un género que por suerte está recobrando mayor consideración en nuestros medios.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.