Insomnio

De cómo Graciella Pogolotti se enamoró de la literatura nos cuentan sus propias líneas

Autor:

Juventud Rebelde

En espera del beso de la madre, el pequeño Marcel no lograba conciliar el sueño. Así se abría el mundo mágico de Combray, túnel abierto en el instante para alcanzar la eternidad, para socavar las máscaras y descubrir el rostro verdadero del hombre, crecer en una aventura sin compromisos y hacer del ejercicio literario un modo de vencer la muerte. La lectura de Proust, cuando todavía no había conocido las torturas del insomnio, se transformó en experiencia de vida. En busca del tiempo perdido me estremeció a los 20 años y después, en más de una oportunidad, he sentido la necesidad de volver a sus páginas.

Con el cañonazo de las nueve, yo tenía que ir a la cama. Tiempo atrás, mi madre me cantaba dulcemente spi-- spokoino —duerme tranquila—, alternando con el ritmo de los bateleros del Volga. El repertorio de mi padre era bien diferente. Incluía La cucaracha, Mama Inés, La paloma, La Adelita y una canción que no he vuelto a escuchar que narraba el encuentro «a orillas de un palmar» con «una joven bella» quien, interrogada acerca de su origen, respondía: «soy huerfanita, no tengo padre ni madre, ni un amigo que me quiera consolar». A veces, entonaba los cantos de la Primera Guerra Mundial, Over there y Farewell, Leicester Square. Me fascinaba escuchar la melodía de las palabras surgidas de lenguas que entonces desconocía. La música de las voces, incitaba mi imaginación y me inducía a memorizar estrofas enteras. Ahora, en el apartamento de Peña Pobre, convertida en escolar sencilla, me sometía a regañadientes a la disciplina de los horarios.

Como el pequeño Marcel, escuchaba atentamente, desde la cama, los rumores de la sala. Conversaban, enfilaban el pasillo y marchaban a la calle en dirección del café Cabañas. Era el momento esperado para saltar de la cama y apropiarme de un libro. Mi padre no estableció límites a mi curiosidad, aunque aclaró que debía estar algo más crecida para asomarme al universo tormentoso de Dostoievski. Desde luego, me precipité de inmediato sobre las obras del novelista ruso. Los títulos eran muy sugerentes: El príncipe idiota, El sepulcro de los vivos, Humillados y ofendidos, Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo. Acurrucada entre las sábanas, seguí los pasos de Raskolnikov a través del sórdido laberinto urbano oculto tras los esplendores de la ciudad fundada por Pedro el Grande. Al modo de una caja china, el laberinto mayor incluía otro, menor y más concentrado, el edificio de empinadas escaleras donde tenía su refugio la vieja avara. Y, por fin, el más insondable entre todos, instalado en la indescifrable alma humana.

De D’Artagnan y Miguel Strogoff a Raskolnikov, el salto equivale a pasar de la tabla de multiplicar a la alta matemática. Pero, en las cercanías de la pubertad, el alma se llena de congoja, de incertidumbre, de sentimientos encontrados y la curiosidad se renueva. Por diferentes que resultaran los contextos y la naturaleza de los conflictos, la angustia de Raskolnikov despertaba resonancias inexplicables en mi intelecto y en mi sensibilidad. Mis gruesos lentes de miope vencían las dificultades interpuestas por la minúscula tipografía de la Editorial Sopena. Devoraba las páginas sin percibir la fatiga, hasta que, de repente, me llegaba el ruido de la llave al entrar en la cerradura de la puerta de la calle y el bastón de mi padre en la escalera. Rápidamente, apagaba la luz, escondía el libro bajo el colchón, dominaba el ritmo de la respiración, aunque palpitara enloquecido el corazón. Fingía dormir para no inquietar a mi madre cuando entrara sigilosa, como lo hacía cada noche.

Así fueron transcurriendo las semanas. Los personajes de Dostoievski entraron en mi vida y empezaron a formar parte de mis sueños. Despertaba cada día en el suelo, envuelta en una intrincada maraña de sábanas, al cabo de las grandes batallas libradas durante la noche. Así se iba poblando mi memoria. Tanto era el desorden que una acuciosa investigación reveló el escondite de los libros. Hubo que negociar. Acepté dejar a Dostoievski para más adelante y conquisté un tiempo para la lectura, ese vicio incurable que no ha dejado de acompañarme, tan necesario como el aire que respiro.

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