Radiografía de una pasión

El conjunto teatral El Público estrena Fedra, obra cumbre de Jean Racine, en el teatro Trianón de la capital cubana 

Autor:

Osvaldo Cano

La tragedia es un género que escasea en los escenarios cubanos. Una de las razones de esta ausencia puede estar relacionada con nuestra inveterada costumbre de rebajar, sistemáticamente, lo serio a partir de lo cómico. Otra de las causas pudiera ser el grado de exigencia requerido o el instintivo respeto que suele sentirse ante tan altas cimas. Sin embargo, ni unas ni otras amedrentaron a Carlos Díaz y su tropa, que optaron en esta ocasión por medirse con Fedra, obra cumbre de Jean Racine. La excepcional pieza del coloso francés se ofrece a los espectadores en la guarida de El Público: el teatro Trianón de la capital.

Algo que distingue la tragedia de Racine es que sus héroes o heroínas niegan radicalmente el mundo y la vida. Desde el inicio mismo, Fedra es consciente tanto de su culpa como de la imposibilidad de llevar a buen término sus deseos. La pasión que la arrastra hacia Hipólito la convierte en adúltera e incestuosa, lo cual la horroriza. Su aspiración es morir y agoniza a voluntad. Si sobrevive es solo gracias a la ilusión —aupada por Enona y atizada por los falsos rumores de la muerte de Teseo— de que podrá realizar sus aspiraciones. Su crimen reside justamente en haber confesado una preferencia que es doblemente tabú. Como señalara Roland Barthes, la clave de la tragedia raciniana estriba en el hecho de que hablar es hacer.

Carlos Díaz hace énfasis en el aspecto pasional del texto. Al centro de la escena un imponente lecho advierte desde el inicio mismo la connotación alegórica que se les atribuye a los objetos utilizados. Por otra parte, al huidizo Hipólito lo acompaña una maleta que indica su insistencia en una partida que solo se verifica poco antes de su catastrófica muerte. Incluso su espada, lejos de ser arma amenazadora, se trueca en un cortante y enigmático falo.

En la puesta, el carácter ético del dilema que acosa a la protagonista es desplazado por un juego que tiene mucho de irónico, e incluso de paródico, con respecto a varias de las constantes del melodrama. Tanto es así que la imagen proyectada por la heroína trágica nos remite a aquella de la villana o vampiresa acuñada por el popular género. De este modo aproxima, tanto a la trama como a sus protagonistas, a la sensibilidad y los referentes del espectador contemporáneo.

La escenografía de Roberto Ramos se destaca por su sencillez y funcionalidad. Al centro del escenario casi desnudo se ubica un prominente tálamo. Alrededor de él tienen lugar las principales batallas de Fedra. Una pasarela y un teloncillo que la separa del resto del escenario completan el decorado. Sobriedad y franqueza son los calificativos que la definen. El vestuario de Vladimir Cuenca apela a los tonos severos. Negro y oro son los colores predominantes. A partir del atuendo se actualiza el acontecer, a la par que son ubicadas tanto las clases sociales como la propia naturaleza de los portadores. El mérito más apreciable del diseño de luces de Manolo Garriga reside en haber logrado ubicar la acción en lugar y tiempo: a pleno sol y en escasas horas.

Los actores asumen sus respectivos personajes en la misma cuerda parca y severa que predomina en el espectáculo, matizándolos con chispazos o guiños denotativos de sus verdaderas intenciones. El empleo de una gestualidad que recuerda a la rigurosa codificación de mímicas y movimientos, que impuso la academia ideada por el Rey Sol, deviene constante. El nivel interpretativo alcanzado es alto. En el orden individual es preciso destacar la faena de Broselianda Hernández quien transita por diversas emociones, que la llevan del dolor a la desesperación, del cortejo al despecho y de la rabia a la calumnia. De este modo proyecta la imagen de una mujer fatal, perfil apuntalado por un atinado trabajo con la voz, la máscara facial o las manos. Fernando Hechevarría se apoya en la máscara facial, la gestualidad y su aparato vocal para dar cuerpo a Teseo. Concibe a su personaje como un hombre apasionado e impetuoso, al tiempo que labora con elegancia, atacando los tonos graves en los momentos de mayor tensión y utilizando un sistema de gestos sobrio y preciso.

Más joven y con menos oficio, a Félix González le correspondió encarar un personaje de apreciable peso en la trama. González alcanza a dotar a Hipólito de un aire ingenuo y una inseguridad que es parte importante de la esencia de esta criatura. Yeyé Báez propone una Enona locuaz e incondicional a la reina. Aunque por momentos asoma un leve seseo, su quehacer se distingue por la corrección en la entonación y la sinceridad. Fuerza interna, mesura y distinción, son tres calificativos que describen el accionar de Ysmercy Salomón, mientras que Osvaldo Doimeadiós, parsimonioso y adusto, enfrenta un rol menos exigente que en otras ocasiones.

El montaje de Fedra pone nuevamente en evidencia la propensión de Carlos Díaz a la transgresión y el retozo. La invitación de El Público, amén de robustecer la calidad de nuestra cartelera teatral, constituye un momento propicio para pensar y disfrutar de un buen espectáculo.

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