Perduran argollas en las aceras de Las Tunas - Cultura

Perduran argollas en las aceras de Las Tunas

Esos aditamentos antiguamente eran para amarrar los caballos. Ahora, con 210 años, la ciudad tunera es una urbe que crece diariamente

Autor:

Juan Morales Agüero

Foto: Leonardo Mastrapa LAS TUNAS.— Esta ciudad fue durante muchísimos años una comarca de características rurales. El propio Fidel lo dijo cuando inauguró el complejo de la salud Ernesto Che Guevara, el 14 de junio de 1980. En aquella ocasión expresó, refiriéndose al pasado: «¿Qué era Las Tunas? Un pueblo, todavía no puedo decir que había una ciudad aquí, yo diría que era un pueblito, una aldea por donde pasaba una carretera; es la verdad?».

Realmente era así. Tanto que por las décadas de los años 30 y 40 del siglo pasado, no resultaba extravagante ver gente a caballo transitando tranquilamente por la parte céntrica de la ciudad. Los jinetes con sus cabalgaduras desandaban las calles sin que nadie les llamara la atención, pues se trataba de un acto permitido por las leyes de la época, en virtud de la escasa urbanización y desarrollo de una localidad que contaba solamente con unos pocos millares de habitantes.

Los hombres de a caballo solían frecuentar en sus andanzas la zona comercial donde se localizaban las tiendas, los almacenes, las ferreterías y las farmacias. Como en nuestros tiempos, la mayoría de esos lugares se encontraba en las proximidades del parque, corazón mismo de esta villa que hace poco tiempo cumplió 210 años de fundada. Desde luego, el tránsito vehicular era muchísimo menos intenso que ahora. Y ni hablar de semáforos y de pasos peatonales. Sencillamente, no existían.

De manera que los jinetes iban y venían a su libérrimo gusto por las calles en busca de artículos de consumo de todo tipo, siempre llevando de la mano las riendas de sus corceles. Como no existían caballerizas para amarrar a los nobles brutos y dejarlos al cuidado de un empleado, la municipalidad, luego de evaluar la situación, decidió empotrar argollas en las aceras para que los dueños de las cabalgaduras pudieran dejarlas amarradas allí y realizar sus compras sin preocupaciones.

Algunas de estas vetustas argollas han sobrevivido hasta hoy en un alarde de resistencia al paso inclemente del tiempo. Son el testimonio de una época ya vencida, y nos abren los ojos a una realidad en la que muchas veces no reparamos: Las Tunas es hoy una ciudad que se aviene al concepto urbanístico del término. Crece todos los días, tanto en lo económico como en lo social, con el aporte de sus hijos.

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