Veintidós - Cultura

Veintidós

Autor:

Juventud Rebelde

Lisandro Otero (La Habana, 1932), periodista, narrador y ensayista. Recibió el Premio Casa de las Américas en 1963, el Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez, y el Premio de la Crítica en diversas ocasiones. En el año 2002 fue merecedor del Premio Nacional de Literatura. Es miembro correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, así como miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua, de la que es Presidente.

El fragmento que presentamos a los lectores pertenece a Temporada de ángeles, finalista del Premio Rómulo Gallegos en 1987. Esta novela histórica desarrolla su trama en la Inglaterra del siglo XVII, y es una aguda reflexión sobre las nuevas ideas que trajo consigo la revolución burguesa de los ingleses. Se encuentra a la venta en la red de librerías del país.

Diciembre de 1648

Cojeaba un poco por una piedra oculta en su bota; se movía contrabalanceando con su pie izquierdo el peso de su giba. El invierno había comenzado temprano y las ráfagas gélidas eran intensas y molestas. El jorobado se sentó sobre un tronco derribado y hurgó en la bota, intentando hallar el esquivo guijarro, o el torcido clavo, causa de la incomodidad; descubrió una peladilla en la punta del zapato y la lanzó furiosamente contra los árboles. Una mujer, ataviada con cierto fasto, situó cinco denarios junto a su bota descalza y la dueña acompañante lo saludó inclinando la cabeza. Aquello era prometedor: la pareja iba hacia la Abadía y el jorobado decidió seguirlas: allí habría otras como ellas. La maciza nave de piedra no estaba lejana y llegó sin dificultad, tirando de la cuerda de la que conducía al melancólico; en realidad no estimaba el consejo del médico ni creía que la soga lo calmaría insuflándole cierta sujeción, pero le resultaba menos engorroso guiar sus pasos de esa manera. Se sentó en uno de los bancos de madera, en el atrio, y puso su gorro invertido en las baldosas ante él; no demoró en ver varias monedas brillantes sobre la gastada gamuza de su bonete. Una fila de soldados pasó junto a la Abadía en dirección a Westminster, y detrás de ella marchaba un regimiento de caballería con un coronel al frente: Avanzaban sin apresuramiento, pero con la determinación de quienes llevan una orden que cumplir. El jorobado advirtió, desde el amanecer, mucho movimiento de tropas con gran estrépito de carromatos y rumores metálicos de entrechocar de sables, golpeteo de mosquetes y rodar de cureñas; había un aire de asonada, un viento conspirativo y cuartelero, y la gente sensata redoblaba el paso para alejarse de Westminster, donde mayor era la concentración de fuerzas. El jorobado, con su habitual curiosidad, se acercó a la casa del Parlamento para observar mejor el acordonamiento de soldados y averiguar a dónde conducía todo aquello. Ya levantada la mañana, comenzaron a llegar los primeros diputados y se enfrentaron al coronel Pride, quien bloqueaba el acceso con su ancho cuerpo y su disposición agresiva. El jorobado se acercó aún más, hasta confundirse con los soldados; el melancólico lo siguió dócilmente, mirando con fijeza hacia el suelo. Pride fue discriminando a quienes intentaban entrar, apartando a los presbiterianos, a los moderados, y a todo aquel que no fuese un incondicional partidario del Nuevo Ejército Modelo. Lord Grey, junto al Coronel, ayudaba a identificar con precisión el matiz político de cada quien, para que entrasen los verdaderos e incuestionables adictos a los Independientes; los más recalcitrantes eran conducidos a un recinto custodiado, y a los demás se les invitaba a regresar a sus casas. El jorobado pensó en la extraña forma de gobernar de los hombres: la necesidad política, la razón de Estado: el filo de la espada tiene un lugar preponderante en las relaciones humanas y las demás minucias se supeditan al objetivo central: el control del poder; no era muy distinto de la imposición de la violencia por los salteadores, la diferencia estribaba en la legalidad: unos se acogían al orden de las instituciones y otros se colocaban al margen de ellas; la legitimidad oleaba y santificaba con tanta intensidad que, incluso los que la violaban, como ahora hacía este coronel Pride, eran readmitidos al concierto tan pronto ajustaban sus diferendos. Fascinante palabra: poder: la apertura de todos los caminos, la llave de todas las puertas, la aceptación de todas las opciones, el propiciamiento de todas las tendencias, la realización de todas las inclinaciones, el quebranto de todos los albedríos, la síntesis de todas las autoridades, la concentración de todos los arbitrios: la totalidad total. El pobre loco estaba en el otro extremo de la escala: la más vacía vacuidad, la más desnuda desnudez. En el aire limpio y helado de esta mañana había más verdad que en todas las acciones del Parlamento; esa era su vida y no pensaba abandonarla: agua pura en la escudilla y la tierra despojada y entera; una raíz por cabezal y el cielo por cobertor. El jorobado se alejó del tumulto adelantando su pie izquierdo, contrabalanceando el peso de su giba y tirando de la cuerda al melancólico.

Es un aventurero con suerte y con él se irán al desastre quienes le sigan. Norton vituperaba a Cromwell. ¿La purga de Pride? Como siempre, el Teniente general se apareció dos días después fingiéndose inocente, cuando ya la posibilidad de un revés había desaparecido, cuando era evidente que el coup d’état era un acierto con perspectivas. Cromwell no sabía, Cromwell nunca supo nada que no le conviniese saber. La orden provino de su íntimo Ireton, pero Cromwell ignoraba qué hacía Ireton. Naturalmente, Cromwell aprobó lo hecho cuando ya estaba consolidado; el Parlamento era, desde ahora, un instrumento incondicional. Melisenda iba de un lado a otro cargando ropa blanca, manteles de hilo, mantas de lana y, detrás de ella, en un zigzagueante entrecruzar, sus sirvientas llevaban en brazos hopalandas, casacas, calzas, botines, blusones, justillos y enaguas que depositaban ordenadamente, capa tras capa, en los grandes arcones de viaje: Norton se iba. Stanton, frente a él, deploraba el movimiento de su cliente, de su amigo; intentó disuadirlo; fue entonces cuando Norton se lanzó en su diatriba contra Cromwell y la victoria de los Independientes. Se iba definitivamente, se trasladaba a Francia, cerraba su oficina, vendía sus telares, arrendaba sus barcos; prefería deshacer, desmembrar, delegar, que ver su patrimonio confiscado. Alentó alguna esperanza cuando el Rey escapó de Hampton Court y llamó a los escoceses a combatir de nuevo en su favor. No era monárquico, eso Stanton lo sabía bien, pero temía a la dictadura militar, al extremismo de los niveladores, a la abolición de la propiedad, a la anarquía. Detestaba admitirlo, pero sólo la disolución del Ejército y la restauración de sus poderes al Rey permitirían ahora un tránsito al orden y a la recuperación nacional. Ese Cromwell era un afortunado sin igual: la batalla de Preston era un ejemplo de ello; Cromwell, a quien le fue dada la potestad de matar con espada, galopaba como un siniestro jinete del Apocalipsis, con su caballo amarillo, el que tenía por nombre Muerte. Sí, sí, así terminaría este episodio de la historia inglesa: las aguas de los ríos se tornarán amargas y la mar se convertirá en sangre, los árboles arderán y las estrellas caerán sobre la tierra con gran fragor de truenos, eso traería el Teniente general. En Preston logró aplastar a los escoceses con la mitad de los hombres que aquellos tenían. Después de aquella victoria no quedaba ningún obstáculo en el camino del Ejército Modelo y de los desharrapados que lo componían. Un lacayo, con dos candelabros de plata en sus manos, preguntó a Norton si debía ubicarlos en las cajas de madera que se llenaban en el traspatio o si los acomodaba en los baúles. Respondió que en los baúles, pero debía separar los brazos de la base, para que no se torciesen en el trasiego. Stanton intentó calmarlo: las cosas no marcharían tan mal: había opciones más amplias que aquellas tan sombrías entrevistas por el pañero; debía entender a los Independientes, sus aspiraciones no amenazaban a los comerciantes de la City: y los niveladores no resultarían tan peligrosos a la larga; Cromwell mismo no lo sería, una vez que las pruebas del poder lo fuesen erosionando y amansando. Norton asentía: si era cierto eso, se informaría leyendo las gacetillas en París, no pretendía enterarse de lo que deparaba el futuro sobre el terreno. El problema de Stanton era el de un hombre honesto pero timorato. No se atrevía a dar el gran paso, abandonar esta delirante realidad, seguir a los suyos, unirse a quienes le proporcionaron siempre su pan cotidiano: Norton se lanzaba a fondo. Stanton intentó justificarse: no era eso, no era eso; él creía... Norton lo interrumpió: insensateces, nada de lo que decían aquellos valía un minuto de meditación. Melisenda entró de nuevo: ni el carretón ni los esportilleros llegaban, se hacía tarde, el bergantín zarparía al amanecer hacia el continente. Norton la calmó, saldrían, saldrían. De Julieta no quería ni hablar: adolecía de una trivialidad que la desmerecía mucho ante sus ojos, había abandonado al grande de sus amores y ahora se había amancebado con un terrateniente de Yorkshire, monárquico para mayor identidad; bien le iría cuando el Soberano recobrara sus fueros; pero estaba seguro de que, con su inconsistencia demostrada, para entonces estaría en entendimientos con alguno del bando perdedor. Julieta no lo acompañaba a Francia, pues ya la había dado por enajenada. Eran tiempos equívocos, las familias se bifurcaban, a veces con un enconado malquistamiento, y esta tribulación les tocaba sufrirla a los Norton; pero si era la voluntad de Dios, que fuese así. Melisenda volvió a entrar nerviosa: ya los esportilleros cargaban las cajas, el pañero debía entrar a revisar sus objetos personales para decidir cuáles llevaba. Para colmo, continuaba Norton, Fairfax había renunciado a su función de Comandante en Jefe del Ejército que pasaba al intrigante Cromwell; y el extremista Lilburne había abandonado su prisión en la Torre y andaría libre, urdiendo nuevas conspiraciones. Stanton era consciente de haber hecho un pobre papel ante el pañero; quedó como un adocenado que seguía, como el borrego, al rebaño, sin criterio ni honor. Intentó una explicación: las cosas no podían seguir como estaban, Inglaterra necesitaba un cambio; Cromwell era un competente gobernante; su papel consistía en equilibrar las fuerzas contendientes: cuando el Rey era un tirano, Cromwell apoyó a los Independentistas; cuando el Ejército venció al Rey y se creyó omnipotente, y los presbiterianos quisieron disolver el Ejército, Cromwell estimuló a los niveladores; cuando los niveladores comenzaron a ganar el control del Ejército, hizo aperturas hacia el Rey; cuando el Rey se alzó en armas por segunda vez, favoreció al Ejército; cuando el Ejército, animado por sus victorias, purgó de presbiterianos al Parlamento, Cromwell comenzó a aplastar a los monárquicos; en eso andaba ahora. No se trataba de oportunismo, ni de astutas confabulaciones: el arte del político consistía en adaptarse a las circunstancias, saber avanzar hacia un objetivo dentro de una corriente y en el momento propicio, cuando los elementos se muestran a su favor, desviar la corriente para acercarla aún más a su meta. En eso Cromwell era un intuitivo político, se movía con fortuna, y los años estaban transformando el instinto en adiestramiento. Él seguía a Cromwell, no veía otra alternativa coherente y creía que era el Teniente general quien, en definitiva, alcanzaría lo que se habían propuesto. Norton discrepaba, por supuesto.(...)

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