Orquesta de Cámara de La Habana: una muestra de buen arte - Cultura

Orquesta de Cámara de La Habana: una muestra de buen arte

En esta agrupación confluyen la experiencia de un destacado director como Iván del Prado y el talento de sus jóvenes integrantes

Autor:

Juventud Rebelde

El experimentado Iván del Prado dirige actualmente a la orquesta de Cámara de La Habana, una de las mejores de su tipo en el país. En la primera mitad del pasado siglo, nació la Orquesta de Cámara de La Habana conducida por el compositor y director de orquesta José Ardévol. Dicha agrupación defendía los más altos valores de la música universal, y cubana en particular, trascendiendo en el tiempo como uno de los aciertos culturales de su época.

Cuando, en mayo de 2006, acudimos a la convocatoria del maestro Iván del Prado a la actividad fundacional de un proyecto bautizado con el mismo nombre, supimos que sería igualmente un acontecimiento significativo para la música de concierto en nuestro país.

Así se ha mantenido hasta la actualidad, situada por muchos en un lugar cimero dentro de las agrupaciones de su tipo en Cuba, camino que han sabido forjarse mediante el compromiso con el arte. Y es que la Orquesta de Cámara de La Habana es una suerte de diamante pulido, donde confluyen la mano de un experimentado director de orquesta como Iván del Prado y el talento de sus jóvenes integrantes.

Cada concierto resulta un verdadero descubrimiento si tenemos en cuenta la sutil e interesante selección del repertorio, que ofrece la posibilidad al público cubano obras escasamente ejecutadas en nuestros escenarios. A ello se suma la valía de las interpretaciones que nos acercan al verdadero espíritu del compositor y, más importante aún, al estilo y la personalidad de quien las muestra.

Tales presupuestos brillaron en su más reciente presentación en el Teatro Auditórium Amadeo Roldán, donde comenzaron con la Serenata en Re Mayor Kv. 239, de Wolfgang Amadeus Mozart, que resulta un perfecto juego mozartiano «a lo barroco», en tanto utiliza la alternancia de solistas y orquesta a la manera del concerto grosso, así como armonías propias del siglo XVII en perfecta comunión con el estilo compositivo del genio salzburgués.

La interpretación tuvo en la expresividad de fraseo y los brillantes contrastes dinámicos sus máximos argumentos, a tono con las exigencias que en la actualidad abogan por incorporar a estas composiciones antiguas los elementos expresivos de la música que han quedado con el paso de los siglos posteriores.

En ella es de resaltar la intervención de los solistas Laura Pérez y Raynel Joubert, quienes se mantuvieron dialogando armoniosamente durante toda la obra. La primera destacó con un hermoso sonido, mientras que el segundo utilizó su innata facilidad violinística para establecer una interacción musical muy elocuente entre ambos. A ellos se unieron la violista Indira Pérez, el contrabajista Rubén González y el timpanista Ian Díaz, con apariciones en breves cadencias que asumieron de forma muy acertada.

Luego vino Variaciones sobre un tema de Frank Bridge Op. 1, donde descubrimos a un Benjamín Britten joven (la compuso a los 23 años) en cuanto al tratamiento de la armonía, pero maduro en conceptos, al desarrollar descriptivamente cada variación con una creatividad increíble; poniendo a prueba a los más exigentes intérpretes debido a las complejidades que entraña.

La Orquesta de Cámara de La Habana enfrentó el reto mostrando una interpretación virtuosa. Y no me refiero al simple hecho, muchas veces banal, de alardear con las habilidades técnicas que se posee, sino de asumir una postura inteligente ante la música. El maestro Iván del Prado posee la capacidad de hacer escuchar cada una de las líneas orquestales con gran nitidez, conjugándolas entre sí a través de sus timbres y movimientos melódico-armónicos. Así, el espectador está al tanto de todo cuanto ocurre dentro del pentagrama, siempre como resultante de un balance inteligente entre las partes y de una sonoridad empastada en toda la orquesta; situación que no se manifiesta cotidianamente en otras audiciones.

El programa continuó con La pregunta sin respuesta, de Charles Ives, donde este plantea su propia filosofía de la existencia humana. Dentro del conjunto sobresalió el trompetista Fadev Sanjudo en sus solos, con especial control en la emisión y el sonido.

Para el final fue el Tríptico Botticelliano, de Ottorino Respighi, célebre compositor italiano de principios del pasado siglo. La obra, basada en tres cuadros del pintor Sandro Botticelli: La Primavera, La adoración de los magos y El nacimiento de Venus, está dotada de una enorme diversidad temática, ambientes y preciosas sonoridades enriquecidas con la utilización del arpa, la celesta y el piano dentro de la orquesta.

Quizá en este sentido los instrumentistas de viento estén en alguna desventaja, atenuada por la falta de instrumentos más eficientes. Sin embargo, esto no interfirió un resultado bastante positivo dentro de la masa orquestal; donde podríamos significar las apariciones de la fagotista Alina Blanco, la clarinetista Dianelys Castillo, el flautista Erasmo López y la oboísta Ayamey Castañeda. La concertino Patricia Quintero, amén de sus intervenciones individuales durante el concierto, asumió su papel de manera muy profesional.

Al salir de cada entrega de la Orquesta de Cámara de La Habana reafirmo que una excelente interpretación acrecienta los valores de la partitura, y también el respeto a esta. La mano del ejecutante contribuye sobremanera al éxito de la música. Encontrar, pues, una agrupación como esta es una garantía de calidad, tanto para el compositor y su obra, como para el público en general. Con ello quisiera convidarlos a seguir de cerca a esta orquesta cubana, a la cual debemos agradecer tan extraordinaria muestra de buen arte.

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