Entrevista inédita al artista Enrique Almirante

La conversación con el destacado actor cubano está contenida en el libro Rostros que se escuchan  que prepara Letras Cubanas

Autor:

Juventud Rebelde

Enrique Almirante, como el justiciero Robin Hood, en la popular serie homónima ES soleada la tarde del 3 de junio de 2004, cuando llego a su acogedor apartamento en calle 19 esquina a G en el Vedado habanero. Me recibe como siempre con su ancha sonrisa y voz inconfundible, la misma que nos hace imaginarnos a Kazán, el cazador, a través de aquel rostro que se escucha mediante la radio... Después del amable saludo nos encaminamos al acogedor saloncito próximo al balcón y allí rodeados de trofeos y múltiples reconocimientos, comienza a mostrarme las fotografías que guarda con amor. Qué difícil se hace escoger una, para que acompañe este trabajo. ¿Qué hacer ante las caracterizaciones de Samarkán, Robin Hood, Sandokan, Chance Wayne...? Mientras nos ponemos de acuerdo, le pido a Enrique Almirante que me cuente su vida.

«Nací en La Habana, en el seno de una familia de la clase media. Tuve una niñez y juventud normal. Nunca pasé hambre ni tuve preocupaciones económicas. Jamás pensé en ser artista. En el barrio había un gimnasio muy bueno y yo me entrenaba en varios deportes. De allí salieron los primeros campeones centroamericanos y panamericanos. Hice ejercicios desde los 11 años, lucha, levantamiento de pesas, boxeo... Ese era el mundo en que me desenvolvía y además estudiaba, la primaria, la secundaria... Estando en el bachillerato, un día fui a visitar a mi tía que tenía un comercio y me había pedido que le ayudara con los libros de la tienda. Me puse a estudiar comercio y a trabajar en la contabilidad de la tienda, pero sin presión. Lo hacía como entretenimiento, no era una vida laboral estricta, claro era el sobrino.

—¿En qué momento empieza a interesarse por el arte?

—A unas cuadras de mi barrio, San Lázaro entre Águila y Crespo, estaba la RHC Cadena Azul, una de las primeras emisoras de radio del país por su alcance y programación en esa época. Cerca de mi casa vivían muchos artistas de la Cadena Azul. En el edificio de enfrente, residían Carlos Badías y Santiago García Ortega; en la de al lado, Paul Díaz, también cerca Juan José Castellanos, el narrador de La novela del aire. Y al lado, estaba el Patronato del Teatro. Muchos me embullaban para que me iniciara como artista. Pero yo no me decidía porque pensaba que no tenía condiciones.

—¿Qué lo decide a dar este paso?

—Mira, a mi grupo de deporte se unió Ricardo Román, que ya era un actor conocido de Cadena Azul, y empezó a embullarnos a leer guiones de radio por las noches. Pero yo no me decidía. Sucedió que un día, después de inaugurarse la televisión, sacaron al aire un programa llamado Modas y modelos, y cada semana una tienda exponía lo último de la moda. Llegó el momento que le tocó al comercio de mi tía. Yo fui a ver la exposición y comencé a conversar con las modelos, cuando fue a empezar el programa, me fui a retirar y me dijo la directora del programa: no, no se vaya, quédese ahí conversando con la modelo, se va a ver mejor. Y me quedé.

—Muchas personas piensan que usted es de Santiago de Cuba. ¿Por qué la confusión?

—Coincidió que cuando me iniciaba como actor, la Cadena Oriental de Radio, una emisora muy buena que transmitía desde Santiago de Cuba, había tenido un éxodo muy grande de actores y actrices, los cuales se habían trasladado para la capital del país. Esta emisora tenía una programación dramática muy buena y lanzó una convocatoria para contratar actores de La Habana. Me ofrecieron un contrato y quemé las naves, me fui para Santiago de Cuba.

—¿Cómo se produce su regreso a La Habana?

—Se venció el contrato y vine de vacaciones, con la idea de regresar si no encontraba trabajo. Estando aquí hice una prueba en la CMQ con Hilda Saavedra como compañera, quien ya era actriz allí. Me aceptaron para hacer tanto radio como televisión. Eso sucedió a principios de 1953.

—¿Siempre trabaja en la CMQ?

—No. En CMQ estoy hasta 1954, cuando fui contratado por el canal 4. Ahí protagonicé Samarkán. Recuerdo que la escribió Sergio Doré y la dirigió Sirio Soto. Se transmitió al principio durante dos domingos, y después se hizo diariamente en un pequeño estudio al lado del Río Almendares. También allí llevamos al aire El jinete Materva y su ayudante Salutary. Después vino Historias del puerto, un policiaco que también dirigía Sirio Soto. Por supuesto, todo era en vivo.

—Se puede decir que es en el canal 4 donde usted se inicia como actor de televisión con mayúscula.

—Pienso que sí, porque fue donde comencé a hacer un trabajo más profundo, personajes más importantes. Además de esos programas que te señalé, trabajaba en El Spirit, con Enrique Montaña, Maritza Rosales y Rogelio Hernández, me contrataron para Un romance cada jueves, junto a Raquel Revuelta y Manolo Coego, que eran los protagonistas. Asimismo se adaptaban obras de teatro universales, zarzuelas españolas y películas de éxito. Recuerdo que estuve en películas como El séptimo cielo. Esta adaptación la protagonicé después en CMQ con Gina Cabrera en el espacio Sueños de mujer.

—Enrique, esas aventuras por las que el pueblo le identifica, como Robin Hood, ¿cuándo se empezaron a transmitir?

—En 1963 fui el fundador del espacio Aventuras en el canal 6 de la Televisión Cubana en la nueva etapa. La primera fue 20 000 leguas de viaje submarino, de Silvano Suárez. Era la época en que recesaron todos aquellos espacios al estilo norteamericano, como Patrullas de caminos, Bat Masterson, El sheriff de Cochice, etc., para sustituirlos por otros con un mayor contenido, utilizando la literatura universal.

—¿En qué otros proyectos de televisión usted se involucra en la década de 1970?

—Fue una etapa muy buena, pues se inaugura el teatro y el cuento en televisión. Y yo estuve en el primer Teatro ICR junto a Raquel Revuelta y Enrique Santiesteban, con El dulce pájaro de la juventud, de Tennessee Williams, dirigido por Roberto Garriga.

—Usted también inauguró El Cuento Universal en televisión. ¿Quién fue la contrafigura?

—Maritza Rosales, que estuvo magistral. Era una obra de María Ortoll titulada Entre dos pisos. Estábamos bajo las órdenes de Silvano Suárez y Carlos Piñeiro.

—Entre las telenovelas que protagonizó. ¿Por cuál siente mayor cariño?

—Bueno, eso es muy difícil... El personaje que Maité Vera creó para mí en El viejo espigón, para compartir la escena al lado de esa gran actriz que es Asenneh Rodríguez, nunca lo olvidaré. Ya en mi etapa más madura, las dos últimas obras de Xiomara Blanco, Tierra Brava y Destino Prohibido, las he trabajado con mucho amor. Considero a Xiomara una directora muy capaz y una escritora muy buena. Tú sientes que no estas diciendo cosas por hablar, todo tiene un sentido.

—Dentro de la televisión también ha mostrado su arte en importantes espacios policiacos como En silencio ha tenido que ser, El regreso de David, Julito el pecador, En la frontera del deber, Para empezar a vivir..., con una característica: lo ubican en los más disímiles papeles negativos y aún así se gana las simpatías del pueblo. También, durante varios años lo vimos en el rol de Coronel jefe de la Seguridad del Estado en Día y Noche. ¿Alguna anécdota?

—Cómo no. Una vez estuvimos filmando en Matanzas en la Brigada Provincial. Fui a bañarme a Varadero, salí del agua y voy pasando por donde está el policlínico en trusa, donde había parqueado un automóvil de la brigada de criminalística. Los combatientes se cuadraron y me dijeron: «Hay aquí un ahogado, ¿usted quiere pasar a verlo ahora?». Y yo les contesté: No, me informan después, y seguí mi camino. Hace poco estaba en la acera del Focsa y vino un policía: «Almirante, usted me perdona si es una indiscreción, pero ¿usted es coronel de verdad? Lo miré muy serio y le respondí: ¿Y qué tú crees? Él me dijo muy nervioso: «Perdone, ya comprendo, ya comprendo», y siguió su camino.

—Enrique, usted pasó por todas las etapas de la televisión desde 1953, hasta nuestros días. Si compara lo que se hacía antes, cuando la televisión era en vivo, con lo de hoy. ¿Cuál etapa le gusta más?

—La televisión en vivo. Era como hacer el estreno de una obra de teatro, sabías que no podías equivocarte. Creo que uno trabajaba con más tensión, con más amor quizá. Ahora se trabaja más relajado. A veces haces una escena que te quedó muy bien, que lo diste todo y el director te dice que hay que repetirla por cualquier problema, yo siento que ya no me queda igual, aunque pongas todo el interés.

—Si tuviéramos que regresar a la televisión en vivo, ¿cree que estaríamos preparados para asumir con éxito ese reto?

—Creo que no. Tendríamos que ganar un entrenamiento, una disciplina, sobre todo eso, y mucha organización del trabajo. No es imposible, se puede hacer. Pero hay que ganar todo eso que hemos perdido.

—Y de su participación en el cine, ¿qué nos puede decir?

—Todo comenzó con Nuestro hombre en La Habana, una película inglesa que se filmó en 1959, donde actuaban tres Premios Oscar. Estuve luego en la primera película que hizo el ICAIC: Historias de la Revolución, que dirigió Tomás Gutiérrez Alea. Después hice El huésped, con Raquel Revuelta —nunca se estrenó—; El bautizo, que se estrenó y nunca más se puso, aunque era una película simpatiquísima, con un elenco con el cual el pueblo se identificó mucho: Eloísa Álvarez Guedes, Dulce Velasco, Idalberto Delgado, Agustín Campos, Asenneh Rodríguez, Alden Knight, Salvador Wood... Participé en Cecilia, El jíbaro, en Río Negro, más tarde en dos largometrajes rodados en Perú: El socio de Dios y Tupac Amaru. En Colombia grabé Tiempo de morir, un guión de Gabriel García Márquez; en Venezuela, Mascaró; en República Dominicana, una película norteamericana, y ahora últimamente estuve en Pata negra, española al igual que El misterio Galíndez, donde tuve una pequeña participación, pero que considero muy importante, pues hago el papel del dictador Rafael Leónidas Trujillo. Y la última El loco soñador.

—Enrique, ¿y la radio?

—Después de la experiencia en la Cadena Oriental de Radio, toda la década del 50 hasta principios de los 70, hice mucha radio en distintos espacios. Pero lo que más me marcó fue el personaje de Kazán, el cazador, que estuvo en el aire seis años. Lo dirigió Carlos Paulín hasta que se terminó. No olvido tampoco el Rodolfo de Los tres Villalobos, en su última etapa.

—Si tuviera que escoger entre todos los medios, ¿con cuál se quedaría?

—No sé qué decirte, me sorprendiste, porque en todos me he sentido bien, trabajé en todos con amor, pero nunca me había hecho esa pregunta... aunque creo que sí, soy muy de la televisión. Sí, sin lugar a duda, la televisión es mi casa.

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