Otra pelea cubana contra los demonios... y el mar, en las salas habaneras

El documental del psicólogo, editor literario y realizador Tupac Pinilla, se exhibe en los cines Yara e Infanta, y en otras instituciones fuera de la capital

Autor:

Rufo Caballero

Vivir en una isla no es un accidente superfluo. Se las trae. Es fiesta y tormento, puente y suspensión, entrecruzamiento e imposibilidad. Vivir en una isla como Cuba, ardorosa y ferviente siempre, resulta una experiencia única.

La cultura artística ha dado fe de ese sentimiento tan particular. En la plástica, de Romañach a Martínez Pedro, de González Puig a Mendive, de Kcho a Sandra Ramos, de Ibrahim Miranda a Fernando Rodríguez, el arte cubano ha trazado una parábola de la insularidad. La literatura también, desde luego, con pináculo en ese memorable poema: Testamento del pez, de Gastón Baquero.

En el audiovisual, tenemos dos películas tremendas: Una pelea cubana contra los demonios, de Gutiérrez Alea, y La ola, de Enrique Álvarez; posiblemente los casos más altos de una persistente voluntad de reflexión. Justo por estos días, se estrena en Cuba un hermoso documental que anima esta línea: Otra pelea cubana contra los demonios... y el mar, del psicólogo, editor literario y realizador Tupac Pinilla, con la colaboración de otro talentoso, Raydel Araoz, en calidad de director invitado. Esta otra pelea constituye un homenaje emocional de Pinilla a la localidad de Carahatas, otrora mundo de su abuelo, el recordado escritor costumbrista Enrique Núñez.

El primer logro del documental, y su mayor encanto, reside en la ausencia de trascendentalismo. Por suerte, no cargamos aquí con ningún fastidioso off que nos diga qué pensar, qué opinar, hacia dónde mirar. Para nada. Lo mejor de este trabajo se localiza en el (casi) libre fluir de su materia dramática, o sea, la vida de la gente supuestamente común, en Carahatas. Solo como interpretación muy posterior podemos deducir que se trata de un detenimiento en el precio, el costo, el valor, el gozo de la condición insular. Porque en verdad lo que se potencia todo el tiempo tiene que ver con las vibraciones más íntimas y profundas de la gente del pueblo, sus añoranzas, sus sobresaltos, sus tensiones.

La dramaturgia permite que ese tema mayor se concentre en dos asuntos primordiales: las consecuencias emocionales del desplazamiento forzoso (de Carahatas hacia Lutgardita, por las amenazas de ciclones y huracanes), y los problemas relativos al aprendizaje y el ejercicio de la pesca entre los más jóvenes pobladores. Pero lo más importante, insisto, está del lado humano de los testimonios: la agudeza de la cámara que repara en los gestos «menores» de los entrevistados, y así configura unos retratos de sumo valor antropológico y social, acerca de eso que hoy se llama «el dialecto cultural».

La fotografía de Otra pelea... resulta excelente, sobre todo en los planos de alta mar, donde las composiciones y la negociación con la luz reportan una belleza ajena a los exotismos y chauvinismos turísticos al uso. Salvo en los primeros planos, para mí infelices, en tanto las imágenes submarinas no anuncian lo que en realidad habría que anunciar (los rostros, las arrugas y la infancia, las esperanzas y los desvelos de la gente), la fotografía continúa el rigor cultural que se siente en el guión y la estructura general. La austeridad evita la bonitura de almanaque. Por otro lado, la texturización y la corrección de color fueron capaces de aminorar la distancia expresiva entre las imágenes de archivo (mínimas) y el rodaje.

Otro de los méritos de Otra pelea... radica en la sugestión del efecto-transparencia que consigue cuando los testimoniantes conversan entre sí, con familiaridad y naturalidad. Eso es maravilloso; la información aparece de modo aún más indirecto, y el método ratifica la humanidad de todo el tratamiento. Entonces, en virtud de lo anterior, cuando aparecen las entrevistas convencionales, frontales con respecto a la cámara, se rompe el hechizo comunicativo del código. Por otra parte, el tiempo fue evidentemente un tour de force: con 15 minutos menos, este documental, ya sin la ligera redundancia que lo recorre, estaría cerca de la perfección. El título también es muy largo.

Pero son faltas de ortografía que saltan justamente por la finura y la clase de todo el trabajo. Lo que más llama la atención de Otra pelea... es la humildad de su excelencia: abocado a un gran tema en términos conceptuales, la calidez del homenaje del autor a su abuelo (el guiño a Enrique se descubre hasta en el nombre del último huracán) y la devoción por la observación de la conducta humana aportan la relevancia de todo el discurso. Psicólogo y psicoanalista filoso, Pinilla (quien demuestra estar apto para empeños mayores en el audiovisual) sabrá que una de las grandes obsesiones de todo hombre se relaciona con la recuperación emocional del mundo afectivo de su padre, y quien dice del padre, dice del abuelo, o se refiere al peso placentero del legado cultural sobre las vivencias de la actualidad.

Con un sensible enfoque crítico, muy comprometido con el referente, sin excesos, sin subrayados odiosos, este documental, íntimo y coral, es entrañable. En el fondo está diciendo, también, que los ciclones y los huracanes asolan la Isla, nos obligan a cambiar de espacios, de costumbres, de comportamientos, pero todo eso resulta secundario, porque, en definitiva, nosotros le subimos la parada a natura, y formamos lo nuestro. Los verdaderos huracanes somos los cubanos, con esta vocación de salir adelante, y de hacer de la vida una aventura intensa siempre.

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