Tres grandes resucitan en el Museo Nacional de Bellas Artes

Homenaje a México es el nombre de la muestra de artistas de la plástica de la talla de Diego Rivera y Frida Kahlo, que  estará abierta al público hasta el 26 de noviembre

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Frida Kahlo, una de las grandes de México, está representada en la exposición. Año de excepciones este 2007 para el quehacer cultural cubano, su mes de septiembre entra en la historia como aquel en que lo aparentemente imposible y lo posiblemente soñado se disuelven entre lo ya real y tangible. ¿Quién entre nosotros pensó jamás en la posibilidad de mirar frente a frente y tutear a una obra de José Clemente Orozco? ¿Quién pensó incluso en la posibilidad de pararse a espaldas de Modesta, toda desnuda, y evaluar subrepticiamente las puntadas de su costura? ¿Quién pudo alguna vez ir al encuentro de las grandes obras? ¿Quién ha encontrado en los corredores de un museo a Rivera, Orozco y Sequeiros, todos ellos reunidos? Pocas serán las respuestas afirmativas, puesto que pocos son los que, no estando sumergidos en mundos oníricos o demenciales, han tenido la oportunidad de pararse frente a una obra maestra expuesta en toda su realidad. Sin embargo, lo que para muchos fuera alguna vez sueño lejano e ilusión incierta, hoy es auténtica oportunidad, puesto que desde septiembre el Museo Nacional de Bellas Artes nos propone, hasta el 26 de noviembre, Homenaje a México, lo que podría ser la exposición más importante del año.

Homenaje a México es, tal y como su nombre lo indica, un tributo que se rinde a dos grandes de la pintura latinoamericana de vanguardia: Diego Rivera y Frida Kahlo, cuyos aportes al desarrollo del arte del continente es de necesario reconocimiento. Para llevar a cabo dicho homenaje, que tiene en miras el centenario del nacimiento de Frida y el cincuentenario de la muerte de Rivera, se decidió organizar la exposición, desde el punto de vista temático, alrededor de uno de los movimientos más importantes del arte mexicano del siglo XX, dentro del cual estuvieron profundamente involucradas las vidas de esta trascendental pareja de artistas: Diego Rivera más directamente, puesto que su obra pictórica se desarrolla, en una buena medida, dentro del movimiento; y Frida, que si bien su producción plástica revela un transitar por senderos un tanto diferentes, se puede decir que su espíritu político estuvo intensamente imbuido por el estado de ánimo general que encarna y pone en escena el movimiento en cuestión.

Como muchos habrán sospechado ya, estamos refiriéndonos al Movimiento Muralista Mexicano, aparecido en la década de los años 20 del siglo pasado, momento de la más plena ebullición de un arte continental revolucionario en cuanto renovador y contestatario, ya desde el punto de vista del lenguaje plástico, ya desde el punto de vista de su ejercicio social. El Muralismo Mexicano, desde sus primeros momentos y gracias al apoyo prestado por el nuevo sistema de gobierno mexicano surgido tras la Revolución de 1910 (y en especial por el Secretario de Educación del momento, José Vasconcelos), logró expandir una amplia red de influencias que cubrió la muy vasta región del subcontinente. Precisamente por esto es que desde bien comenzado el siglo y desde bien comenzada la efervescencia vanguardista, logra erigirse como paradigma de arte de aquel período, puesto que en este movimiento se compendian el espíritu político-social de la Revolución del 10, la necesidad de recuperar una tradición artístico-cultural autóctona y descolonizada que sirviera como fundamento de la construcción de una identidad nacional y continental auténticas, y la de crear un lenguaje plástico nuevo que permitiera decir palabras absolutamente nuevas sobre lo propio problematizado.

Tomando en cuenta la importancia del Movimiento Muralista y, a su vez, la significación de Diego Rivera y Frida Kahlo para este, es que el MNBA decide sacar de los húmedos almacenes, y poner al alcance del espectador, una pequeña muestra (en realidad ínfima, según diría Abelardo Mena, encargado, junto con Yanet Berto, de la curaduría), de lo que en materia de este tema conserva. Con esto quiero decir que el homenaje eleva su nivel desde que es posible encontrar a un Orozco dentro del más sólido y desgarrador estilo expresionista, a un Rivera dentro del más pleno dominio de la técnica del óleo y a un Siqueiros que se mueve con facilidad pasmosa de la pintura al grabado y de la figuración a la abstracción.

Sin embargo, esta es una exposición que, a la vez que muestra una altísima calidad en el orden puramente plástico por la excelencia de las obras exhibidas, decae desconsoladamente en el orden expositivo, de manera que el material resulta excelente, mientras que el espectáculo en general desluce. Ciertos problemas curatoriales salen a la luz una vez que el espectador atraviesa el umbral de la sala transitoria del cuarto piso del Edificio de Arte Universal. En el difícil ejercicio de organizar una exposición, de seleccionar debidamente las obras y disponerlas en el espacio galerístico, el curador dejó en evidencia la dificultad que supone la integración y puesta en diálogo coherente de técnicas artísticas dispares. La poco acertada solución museográfica obliga a un ritmo entrecortado de visualización de la muestra, fragmenta la fluidez del tránsito del espectador por el espacio, corta la ruta en dos mitades que han sido separadas por un abismo de pinturas, todo lo cual podría haber sido evitado con una selección menos problemática de las obras a exponer.

No obstante, Homenaje a México no pierde los valores que ella encarna en sí misma. Llegar a convertirse en el espectador directo de artistas de la talla de los llamados «tres grandes del Muralismo Mexicano» es una oportunidad exclusiva que no debe dejar de ser aprovechada. Un pequeño desliz en el diseño museográfico no debe convertirse en el motivo del fatal sedentarismo y la pasividad que tienden a separarnos de las opciones culturales irrepetibles. De manera que, curado del quietismo y la pereza, quien comienza el ciclo por el Museo Nacional de Bellas Artes, llega sorprendido incluso hasta la Casa de las Américas, donde ha quedado inaugurada ya una exposición de artistas mexicanos contemporáneos dedicada a la Kahlo, y completa su propia visión de un fragmento fundamental de lo que fue el vanguardismo mexicano.

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