La ganadora del concurso de cuentos La Casa Tomada prioriza escribir

La joven profesora de Derecho de la provincia de Ciego de Ávila Anisley Negrín Ruiz siente la literatura como una necesidad espiritual 

Autor:

Juventud Rebelde

Foto: Fernando Sánchez CIEGO DE ÁVILA.— Es menuda y bien delgada. Calza tenis y viste un batón de tela gris, que le hace realzar sus aires de estudiante, aunque hace tres años que no lo es. Ahora Anisley Negrín Ruiz es profesora de la asignatura de Derecho de la Propiedad Intelectual, en la Universidad Central de Las Villas Marta Abreu.

Sin embargo, el desenfado estudiantil aún persiste en su persona. Quizá no le interese sumergirse en ciertos moldes de la academia. A lo mejor su interés es continuar con esa irreverencia que le hace observar la realidad y sacarle las historias, que escribe por las noches, justo en la madrugada, cuando el cansancio del día quiere cortarle la inspiración.

Cuando uno habla con ella, se le nota la persistencia del carácter. Y ahí está una de las claves para entender cómo ganó, con su relato Las horas, el concurso de cuentos cortos La Casa Tomada, que auspicia la UNEAC y la Asociación Hermanos Saíz en Ciego de Ávila.

«Yo nunca había escrito relatos cortos, confiesa. Esta es la primera vez; lo hice para probarme a mí misma que podía y el resultado es este: un premio. Es como para escribir otro cuento, en verdad».

—¿Por qué no habías escrito cuentos cortos con anterioridad? ¿Por qué ahora?

—Los cuentos largos se me dan con facilidad. Lo que pasa es que quise probarme. Un día apareció una historia, Por si llega el invierno. La escribí y me salió un cuento corto. Me fluyó, me sentí a tono y dije: «¿Y por qué no escribes otras?». Así surgieron todos los relatos breves que forman mi libro Morir por los ojos.

—¿Qué tiempo demoras en escribir un cuento?

—Yo soy desbordante. Me salen rápido, el problema está en rectificar. Una vez me propuse avanzar con un libro de cuentos y escribí tres historias por día. ¿Parece fácil, verdad? El sufrimiento llegó a la hora de tachar.

—¿Es cierto que solo lees a los autores contemporáneos para mantenerte informada?

—Exactamente, los leo para disfrutar; pero la lectura de ellos no la hago de la misma forma que con los clásicos, a los que sí voy para permearme de todas sus influencias.

—¿Hay algún autor del momento que te haya marcado?

—Ena Lucía Portela. Influyó mucho en los momentos iniciales, esos en los que la catarsis es muy necesaria.

—¿Qué clásicos han influido en ti?

—Los escritores rusos junto con los ingleses y norteamericanos. Sin olvidar la literatura asiática, en especial la japonesa, creo que la anglosajona y la rusa son los pilares de la narrativa moderna. Sus autores trabajaron mucho con los sentimientos. Todos ellos, de una forma u otra, continúan influyendo en mí.

—¿Existe algo especial en esas literaturas que no encuentras en otras?

—Sí, existe: el derecho a equivocarse. Los rusos y los anglosajones mostraron a los humanos en los momentos de transición. Sus personajes creían en su verdad, aunque sintieran que estaban errados.

—¿Por qué mantuviste en secreto tu vocación de escritora cuando empezaste a dar clases en la Facultad de Derecho?

—Por la misma razón por la que uno tiene algo muy íntimo y no quiere mostrárselo a todo el mundo.

—¿Temías alguna reacción en contra?

—No, simplemente no consideraba importante decirlo.

—¿Tu labor como docente dificulta la vocación de escritora?

—No; trato de respetar mis deberes y organizo mi horario. Por eso siempre estoy al tanto de lo que pueda ocupar mi tiempo.

—Y cuando aparece un imprevisto, ¿qué haces?

—A los imprevistos yo no les hago caso.

—No se conocen mucho los jóvenes con vocación de escritores y que estudien Derecho. ¿Cómo llegaste a esa especialidad?

—Por unas pruebas de ingreso que estaban muy difíciles...

—¿Cómo es eso?

—Realmente yo quería Periodismo, incluso salí bien en la prueba de aptitud. En segunda opción pedí Letras, pero las pruebas de ingreso me cambiaron el mundo. Me quedé con Derecho.

—¿No pensaste en cambiar de carrera?

—Sí, pero al final me gustó el Derecho. Vi que con él podía nutrirme de historias con posibilidades de ser contadas. Lo pensé un tiempo y al final decidí quedarme. Letras a lo mejor me daba mucha técnica, pero también me podía quedar floja con la Historia.

—Escribes de noche, imagino que con cansancio...

—Sí, a veces con bastante cansancio.

—¿No temes que por el agotamiento termines escribiendo sin la calidad que deseas? ¿Crees que sea mejor otro horario?

—Lo que me importa es escribir todos los días. Es cierto que si estás cansado resulta un riesgo. Puedes terminar garabateando cosas que no quieres decir; pero ese riesgo hay que enfrentarlo.

—¿Cómo eludes los peligros y evitas que la calidad sufra?

—Hay una premisa: una no puede decir boberías. A veces es preferible escribir un renglón que tenga decencia, a páginas que su mejor destino es el cesto de la basura. De todos modos los peligros no me preocupan, porque no estoy apurada.

—¿No estás apurada? ¿Y por qué no?

—La literatura no es una carrera de velocidad. Escribes porque sientes que tienes algo que decir. Tampoco me preocupa que me digan escritora. Lo que sí me importa es escribir. Esa sí es la prioridad de mi vida.

Foto: Fernando Sánchez

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