Los sonetos de Shakespeare

Esos versos se recuerdan entre las cosas imperecederas de este mundo

Autor:

Juventud Rebelde

Entre las pruebas de envanecimiento literario más notorias y regocijadas de la literatura universal, podríamos citar el soneto 55 de William Shakespeare. En el inicio mismo del poema, Shakespeare afirma: Ni el mármol, ni los dorados monumentos de los príncipes, sobrevivirán a estos versos poderosos. El autor de Hamlet y Macbeth tuvo que haber sido un hombre muy consciente no solo de su talento, sino sobre todo de la pujanza literaria que ya tenían sus creaciones en una época verdaderamente crucial para el desarrollo de las letras y las artes.

La primera edición de los sonetos se hizo en 1609, en vida de Shakespeare, ahora el lector cubano puede adquirirlos gracias a su publicación por Arte y Literatura. Desde entonces, y a lo largo de casi 400 años, mucho han crecido las suposiciones y las polémicas acerca de la compleja, laberíntica historia que ellos tienden a contar a través de diversos sujetos: el Poeta, el Amigo del Poeta y la Dama Oscura. Aunque la crítica, a menudo llena de presunciones de gran riqueza, también habla de un Poeta Rival —se ha pensado en Christopher Marlowe, pero no hay pruebas definitivas.

Largamente se ha hablado, por otra parte, de las diversas tradiciones poéticas que se funden en los sonetos, desde la lírica grecolatina hasta las canciones renacentistas. Se trata de argumentos que han querido apuntar, de manera indirecta, la naturaleza trascendentalista y arquetípica, y por tanto «irreal», del Amigo del Poeta y de la Dama Oscura, sin que nos adentremos en la ignota identidad del «Inspirador» o la «Inspiradora» de los versos, figura misteriosa que aparece en la dedicatoria escrita por Thomas Thorpe, el impresor del volumen de 1609. Pero, sin que nada de esto resulte incierto, sucede que las interpelaciones del Poeta se sostienen precisamente en esa pasión tallada a relieve en los versos, una pasión muy cabal, muy material, de la que se alimentan los detalles más íntimos de la biografía del autor de Romeo y Julieta.

Esos asuntos de la sensualidad, el erotismo apasionado, el amor carnal, la sublimación del deseo y la concreción del intercambio amoroso, lo mismo con la Dama Oscura que con el Amigo del Poeta —ella ha sido llamada también Dama Morena, y él admite el calificativo de Buen Ángel: los dos personajes son, en definitiva, dos fracciones de una sensualidad sin restricciones—, son cuestiones que se enturbian y embrollan desde el punto de vista lingüístico y estilístico. El inglés que Shakespeare forjó dio lugar a una lengua maleable, polimórfica, henchida de sentidos dobles y triples. Una lengua casi particular —como decir de su propiedad— en la que el poeta alcanzó a incorporar las tradiciones líricas a que hice alusión y varios segmentos del habla popular inglesa de la época, cuyas numerosísimas lexicalizaciones, poco a poco reconstruidas por siglos de ciencia filológica, corroboran que tras los sonetos —y, asimismo, tras las piezas dramáticas— hay una densidad de significados y referencias de notable especificidad que suelen escapársele al lector común.

Pero los sonetos de Shakespeare admiten varias lecturas, desde la que hacen los críticos —armados de tesauros y duchos en comparar textos y etapas diversas de la evolución de un mismo idioma— hasta la que disfrutan los estudiantes y esas venturosas gentes comunes que continúan interesándose en los libros. Las obsesiones centrales de Shakespeare, relacionadas con el amor, los celos, la eternización del sentimiento amoroso, el poderío de la metáfora, la dignidad de la poesía, el vitalismo urgente de la juventud, el goce de los dones que se revelan en el deseo, el paso del tiempo, la muerte, la belleza del cuerpo y su inminente caducidad, son ideas y desasosiegos que nos llegan a todos por igual, pues se expresan en una voz elevada, conclusiva, a veces cortada por el dolor o avivada por la emoción.

Flash Gordon, personaje de una historieta con buena fortuna dentro del mundo audiovisual contemporáneo, tiene un simpático amigo, el doctor Zarkov, que, en la versión cinematográfica de 1980 (famosa por la música del grupo Queen) es sometido a una especie de lavado de cerebro por parte de la malvada Aura, hija del emperador Ming. Pero el doctor se salva. ¿Cómo lo logra? Recordando, entre otras cosas imperecederas de este mundo, los sonetos de Shakespeare.

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