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El ballet Tema y variaciones cumplió 60 años

Ha sido definido por Alicia Alonso como su «más rica experiencia» con el coreógrafo y maestro ruso-estadounidense George Balancine

Autor:

Juventud Rebelde

  Alicia Alonso e Ígor Youskévitch en Tema y variaciones, de George Balanchine. Si a Alicia Alonso le hubiera sido negado el don de la palabra, sus manos serían su voz. Cuando ella habla enfatiza con el gesto, y sus movimientos son tan elocuentes, que parece que la danza se hubiera apoderado de sus brazos. Está sentada en una butaca blanquísima. Sus piernas cruzadas son una suerte de changement de pied italiano que dejan ver su antológico en dehors. Los pies dibujan aquella misma posición —para descansar, asegura—, que aún hoy hace hablar a críticos, bailarines y público de la «quinta Alonso».

Tita, Sissi y Robin, tres perras de enigmático pedigrí, rivalizan por recabar la atención de la dueña que, sonriente, trata de complacer a las contrincantes. Delante de nosotros, una humeante taza con café — ¡qué rico, verdad! Lo que no me gusta tan caliente—, que sus dedos de princesa china, coronados por unas uñas como salidas de una leyenda milenaria, voltean de cuando en cuando.

«Sí, no hay dudas de que George Balanchine ocupa un lugar especial entre aquellos maestros y coreógrafos con quienes estuve muy vinculada en el Ballet Theatre», me dice, al tiempo que acaricia una de sus peculiares cejas.

«Él fue uno de los que más contribuyó a mi desarrollo artístico. Fernando y yo llegamos a Estados Unidos hacia 1938. Ya por esa época tuve a Balanchine como profesor en la School of American Ballet, y luego, cuando pasé a formar parte de lo que hoy es el American Ballet Theatre, trabajé directamente con él en varias de sus coreografías».

—En cuáles, Alicia?

—Recuerdo Waltz Academy, Apolo y, muy especialmente, Tema y variaciones.

—Tema y variaciones, con música de Piotr Ilich Chaikovsky —la Suite para orquesta, No. 3 en Sol Mayor—, festeja este año el aniversario 60 de su estreno, el 26 de noviembre de 1947, en el City Center de Nueva York. Usted la ha definido como su «más rica experiencia con Balanchine»...

Alicia no me deja continuar. Entrecruza sus manos. Con un gesto rapidísimo vuelve a separarlas. De pronto, sus uñas comienzan a percutir ágilmente el cristal de la mesa. Bien sabe que la provoco con mi pregunta. Ya forma parte de la leyenda el duelo entre titanes que constituyó el montaje de ese ballet. Alicia Alonso e Ígor Youskévitch —una de las más famosas parejas de toda la historia de la danza—, ponían pasión y vida en cada movimiento, lo cual se alejaba de la manera en que Balanchine concebía el arte coreográfico.

El maestro ruso-estadounidense confiaba firmemente en la autosuficiencia del ballet, de ahí que su poética coreográfica se asentaba en el principio de que ni el argumento, ni la escenografía, ni el vestuario debían distraer la atención del principal sentido del ballet: el baile mismo, la danza en estado puro.

Esa es la razón por la cual la mayoría de sus ballets son abstracciones, bien de la música sobre la que son coreografiados, o bien de los temas en que se inspiran.

Así, pues, durante el montaje de Tema..., el coreógrafo comenzó a agregar nuevos pasos y dificultades, para que los bailarines se concentraran solo en el baile y la técnica. Sin embargo, no resultó así. A mayor dificultad, mayor expresividad, más entrega... Y Balanchine se dio por vencido.

De esta manera, cuando se presentó la obra por vez primera, el público pudo disfrutar de una de las piezas más difíciles técnicamente de todo el catálogo coreográfico de Balanchine.

—En Tema..., Ígor y yo trabajamos muy duramente. Él y yo teníamos una manera muy particular de concebir el baile de pareja, que para nosotros debía ser expresivo, cálido..., como una conversación, como un diálogo. Esto, claro, se alejaba bastante de las maneras que había establecido Balanchine. Como coreógrafo, lo importante para él estaba en la métrica, en el fraseo.

—Alicia, ¿en realidad Tema y variaciones era tan difícil como se ha dicho?

—Desde luego. Demandaba mucha técnica. Tanto para Ígor como para mí. Balanchine se entero de que Youskévitch no estaba muy complacido con su variación, pues según Ígor tenía poca técnica. Y le dijo entonces: «Muy bien, vamos a hacer una variación más brillante para ti. Vamos a coreografiar algo más complejo. Ya verás...». De ese modo nació una de las variaciones masculinas más difíciles y de mayor virtuosismo técnico, de todas las ideadas por Balanchine. Al final, Ígor sonriente le decía: «Gracias por matarme».

«En lo que respecta a mí, fue también una labor muy ardua, muy intensa. A veces me desesperaba, pues Balanchine tomaba un tiempo musical de a cuatro, y me pedía bailarlo a cinco. Y sentía un compás detrás de mí mientras giraba, como si la música me estuviera persiguiendo. En cambio, él era tan musical —dominaba tanto la música, que algunas veces dirigía los ensayos con la partitura en la mano o la iba leyendo para cuidar todos los detalles— que al final uno siempre terminaba a tiempo. Esto exigía mucha concentración.

«En esta creación se pasó todo el tiempo retándome, estableciendo una especie de lucha entre mi fuerza técnica y la coreografía. Me desafiaba: “¿Usted cree que podría hacer aquí entrechat-six?”, y yo contestaba: “Lo haré”. Entonces agregaba: “¿Podría hacer ahora pas de chat en tournant?”, y yo: “¡Si usted quiere, lo haré!”. Y así continuaba atormentándome, añadiendo nuevos pasos, nuevas dificultades, para ver cuándo yo iba a decir: “No, no puedo”. Pero, ¿sabes?, nunca cedí. No, no, no».

Ahora el rostro de Alicia es el de una adolescente pícara. Levanta el brazo y con su dedo índice erguido, enfatiza el enunciado. Lo mueve asombrosamente de izquierda a derecha. Y continúa: «Por eso la versión de Tema y variaciones, tal como se estrenó, era técnica y musicalmente muy, muy compleja. Imagínate que cuando otras bailarinas hicieron después ese ballet —algunas eran mis amigas, como María Tallchief, esposa de Balanchine—, me comentaban: “Pero, Alicia, ¿cómo tú permitiste que pusiera esto o aquello? ¿Cómo vamos a hacer nosotras ahora?”, y yo les respondía: Bueno, querida, eso lo puso Balanchine, eso es idea de él...».

—¿Es cierto que en la actualidad los solistas principales no suelen bailar las variaciones originales que Balanchine montó para usted y Youskévitch?

Me mira fijamente. Esboza una sonrisa.

—No te voy a contestar esa pregunta. Sería muy injusto con los bailarines de hoy.

Alicia se queda pensativa. El codo en la mesa, la mano en la sien. La contemplo en silencio. Robin salta a su regazo, Sissi piruetea entre sus pies y Tita corre de un lado a otro de la sala. Alicia vuelve a sonreír y comienza a beber de su taza con café.

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