Luz silenciosa: la gran decepción - Cultura

Luz silenciosa: la gran decepción

La película del mexicano Carlos Reygadas, de las más esperadas en la fiesta del celuloide en Latinoamérica, no cubrió todas las expectativas

Autor:

Rufo Caballero

Fotogramas de Luz silenciosa. Posiblemente la película más esperada del Festival haya sido Luz silenciosa, del notable realizador mexicano Carlos Reygadas. No todo el mundo tiene la gracia de comenzar su carrera con una obra maestra, como lo fue Japón, donde el joven y agudo director narraba, con total belleza y convicción, la historia de un artista hastiado del mundo, a punto de suicidarse. Justo en el fin del mundo, aquel pintor retornaba a la vida, gracias al amor y la generosidad de una anciana, entre otras motivaciones.

Luego llegó Batalla en el cielo, una película menos redonda, pero significativa de todas formas. Hablando de redondez, allí Reygadas volvía por sus fueros en cuanto a mostrar con hermosura cuerpos y acciones que en otras miradas hubieran resultado grotescos.

Luz silenciosa, con una carrera internacional no menos exitosa, vendría a ser la consumación de la primera tríada de culto. Sin embargo, la confrontación de la película, ya en la concreta, hace pensar de nuevo en la terrible relatividad de los premios y los cultos apresurados.

El gran problema de Luz silenciosa está en la incongruencia entre su exceso de estilo y su endeblez dramática. Nadie niega que Reygadas entrega otra vez una inspirada puesta en escena. Aunque desde un sentido más paisajístico y externo que verdaderamente audaz, la fotografía ostenta un innegable nivel profesional. La dirección de no-actores resulta virtuosa: Reygadas extrae genuinas emociones a su espontáneo casting; los naturales intérpretes logran combinar intensidad afectiva y sobriedad de la expresión. El tempo, moroso (como si la densidad fuese un valor per se), contribuye al disfrute de una experiencia estética de cierto calibre. Pero el problema sobreviene al constatar que se trata de demasiado recipiente para tan poca sustancia; demasiado estilo para tan escasa enjundia argumental.

Porque, a nivel dramático, Luz silenciosa, a pesar de emplazarse en una cultura y un espacio natural peculiares, cuenta, de manera convencional y deslucida, el triángulo amoroso mil veces visto. Ahora, se sabe que no hay crimen alguno en contar un triángulo de amores y afectos cruzados: el problema está en hacerlo de forma telenovelera, con pésimos diálogos y una buena cantidad de lugares comunes y de frases hechas. Ella dice: «Tú has sido el mejor hombre que yo he tenido». Él responde: «No sé cómo voy a poder vivir sin ti». ¡Por favor! ¿Esta es la vanguardia? Si esta es la vanguardia, yo no quiero saber qué puede ser la retaguardia. Esos diálogos, ¿no los escuchamos la semana pasada, en la telenovela de turno? Una envoltura virtuosa, una puesta muy expresiva, no consiguen que se olvide el manido tratamiento dramático.

Alguna vez un amigo, que sabía muchísimo de cine, pero más de la vida que de cine, me comentó lo siguiente: «Rufo, le pides demasiado al cine; si una sola secuencia de una película logra conmoverte, esa película valió la pena». He recordado esa sabia sentencia, ahora que reparo en que Luz silenciosa tiene una buena secuencia. Incluso, una gran secuencia. Es aquella en que el director resuelve el desplome de la esposa, bajo un aguacero torrencial. La manera como cae la mujer, el detalle de la sombrilla azul que se pierde bajo la lluvia, la invalidez del esposo cuando va por la infortunada, son momentos de gran cine. Cierto. Pero duele ver que alguien con esta destreza y este conocimiento acerca de hasta dónde puede remontarse el cine, se encargue a la exposición de tamaño homenaje al lugar común y el efectismo vacío, incluido el golpe bajo, ruidoso en un filme de este carácter, a propósito del posible despertar de la muerta, truculencia del peor gusto.

Luz silenciosa es la típica película engañadora. El valor formal de su envoltura es tal, la densidad fortuita de su exposición hace pensar de tal modo en que presenciamos un producto «difícil» y complejo, que el espectador no muy avisado se confunde: esto debe ser muy bueno. Pero es como si nos entregaran el pañuelo de una plañidera envuelto en un exquisito papel de regalo, con su lazo y todo.

Sigo pensando en Carlos Reygadas como en un hombre talentoso, con mucho que aportar a la cinematografía latinoamericana. Vuelve a conseguir aquí una extraña capacidad de observación de una cultura y su comportamiento, con una mirada escrutadora, de sensible valor antropológico. Pero a nivel dramático, lamentablemente, su filme no logra pasar gato por liebre. Luz silenciosa viene a ser como un capítulo de una rara telenovela «metafísica», cuyos minutos pasan, en ralenti, ante un espectador receloso. La película comienza con un amanecer, y concluye, faltaba más, con el crepúsculo. A menudo, la «alta cultura» incurre en más estereotipos que esa cultura diáfana, del día a día. La próxima vez será, estimadísimo Reygadas.

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