Dudar significa pensar

Según José Orlando Suárez, Premio Nacional de la Enseñanza Artística 2007, existe un déficit horroroso de espiritualidad que está provocando una crisis de valores en todo el mundo

Autor:

Juventud Rebelde

Ver la obra de arte como si fuera una partitura  es un consejo que Tajonera siempre da a sus alumnos. Foto: Roberto Morejón Hay hombres que, como dijo Martí, tienen en sí el decoro de muchos. El profesor José Orlando Suárez Tajonera es uno de ellos. Cuarenta y cinco años ha dedicado a la enseñanza, en especial a la artística. Siempre entusiasta y abierto al diálogo sobre las más variadas temáticas.

No exagero si les digo que este maestro es un sabio. Un catedrático del Instituto Superior de Arte (ISA) que no ha perdido la capacidad de asombro y está convencido de que «el primer deber de un maestro es enseñar a sus alumnos a dudar de lo que se les dice, porque dudar significa pensar».

Lo conocí hace algunos meses gracias a la poetisa Juana García Abás; y desde entonces tengo la certeza de que el doctor Tajonera no da solo lo que sabe, sino también lo que es. Sus lecciones son un pase de entrada por caminos más seguros, un goce que el espíritu agradece. Pues cada encuentro con este profesor titular que ya ronda los 80 años permite desarrollar, además del intelecto, la afectividad y voluntad, al tiempo que agudiza la necesidad de conocimiento.

Muchos de los grandes artistas de la Cuba de hoy, como Fabelo, Montoto, Zaida del Río, Juan Carlos Cremata y otros tantos pertenecientes a varias generaciones del ISA, han sido sus alumnos. A ellos ha dado la vida y lo sigue haciendo. Con infinita humildad, este filósofo de mirada serena y ademanes elegantes ayuda a comprender los procesos de creación y percepción de la obra artística, a descubrir «no solo lo visible, sino también lo invisible de su estructura».

Los aportes del doctor Tajonera a la educación estética del arte en la Isla, disciplina en la que es considerado pionero, o mejor todavía, el padre, lo hicieron merecedor recientemente del Premio Nacional de la Enseñanza Artística 2007.

«El arte es uno de los medios más potentes de la educación estética de la personalidad. No se enseña. Lo que se hace es coadyuvar al desarrollo de la sensibilidad del artista y al fortalecimiento de su intelecto. Tampoco refleja la realidad, sino que crea una nueva realidad partiendo del contenido objetual de esta», expresó a JR, el también profesor emérito, quien durante años fue maestro de la cátedra de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, en la Universidad Complutense de Madrid.

Ver la obra de arte como si fuera una partitura (sistema semiótico material que encierra un contenido espiritual poético) es un consejo que Tajonera da siempre a sus alumnos. La realidad de determinados fenómenos y objetos —y en eso insiste mucho— no es solo esa que percibimos mediante los sentidos. «Posee otro grado superior que se nos revela a través de una capacidad espiritual denominada estimación, que puede ser desarrollada y depende de la cultura». Y es que la relación que puede haber entre la intensidad y la belleza con el sentido y la forma, no se ve ni se toca. «Eso hay que estimarlo, es algo que el artista tiene que descubrir apoyado en el contenido objetual de la partitura o texto, que puede ser danzaria, musical, teatral, literaria...». 

—En ocasiones resulta difícil para neófitos entender los códigos comunicativos de algunas manifestaciones artísticas, aunque eso no signifique que dejen de disfrutarlas. ¿Cómo apreciar el arte desde la posición de un simple espectador?

—Hay dos niveles en la comprensión del arte: uno común, empírico, y otro de conciencia sistematizada, teórica o artística. Decía Marx que no solo con el pensamiento, sino con todos sus sentimientos se impone el hombre en el mundo. Creo que el secreto está precisamente en eso, en entregarse con franqueza y sanamente ante la obra a ver qué recibes de ella.

«Incluso, el especialista en un primer momento debe ver el arte como un espectador más, con espontaneidad, y luego como crítico. Esa primera lectura (a nivel empírico) no se puede perder. Hay que anotarla, mantenerla, porque después no se repite. No vibra igual. Es como en el amor, que hay que entregarse sin miramientos, limpio, entero, completo, porque si no lo estás frustrando de entrada. Con eso basta para enfrentarse al arte».  

—¿Cuáles son los principales problemas que afectan el desarrollo de las artes desde el punto de vista estético?

—No se saben mirar las manifestaciones artísticas. En la danza, por ejemplo, están estimulando mucho en el público la técnica por la técnica; y la danza no es eso, sino lo que está detrás de cada interpretación. «Usted va al ballet y muchas veces ve lo mismo, salvo algunas excepciones donde todo en el escenario resulta genial, como la Giselle de Alicia Alonso. La técnica en el arte es un medio (no un fin) para revelar una poética, que debe ser distinta en cada bailarín. No se reduce al dominio perfecto de lo físico. Se trata de una categoría de máxima amplitud que debe tocar los tres niveles que integran la personalidad: lo físico-somático, lo psíquico —mental u emocional— y lo espiritual. Por lo tanto, toda técnica debe ser altamente espiritualizada».

—¿Qué importancia confiere a la estética de la música en la formación integral del individuo?

—La música es el elemento constitutivo fundamental del universo y por supuesto del hombre, que es el resultado de la evolución común. Es una asignatura que contribuye a la formación integral del ser humano. Resulta verdaderamente fascinante pensar que la música estuvo en los orígenes y estará en las postrimerías.

«La estética es la disciplina de los valores humanos universales. En ella surgen y se desarrollan los principios de la moralidad (el mundo interno de cada sujeto y su relación con los demás), no de la moral, que es lo que se impone desde afuera. Estudia las leyes, categorías, códigos y principios en que se sustenta la belleza. La ética no se da sin la estética ni esta sin la ética. Martí lo planteó, él mismo fue un ejemplo de eso.

«Pienso que la estética es y será la ética del futuro. La tragedia del siglo actual es que existe un déficit horroroso de espiritualidad motivado por la quiebra de la moralidad, que está provocando una crisis de valores en todo el mundo (aunque muchas veces no se quiera admitir).

«El hombre, con su egoísmo y desamor, está enfermando a la naturaleza, y eso es otra consecuencia de la quiebra de la moralidad, motivada por el déficit de espiritualidad de fines del XX y comienzos del XXI. Nos hemos olvidado de la armonía, que es una categoría musical esencial. Es importante que insistamos en las cualidades espirituales del hombre, porque la crisis es a nivel de planeta. La música puede ayudar mucho en ese sentido. Pero para eso hace falta un poco de paciencia y valor».

—¿Qué lo motivó a consagrarse al estudio, enseñanza, e investigación de la Estética?

—Desde muy niño la audición de las grandes obras musicales me producía una sensación como de elevación que no podía explicarme. La música me ha acompañado en diferentes etapas de mi evolución. En la juventud estudié en el Conservatorio Municipal de Guanabacoa.

«Al graduarme en la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público, en la Universidad de La Habana, mis inolvidables profesores, los doctores Sergio Aguirre, Carlos Rafael Rodríguez y Julio Le Riverend me invitaron a ingresar en la Escuela Superior de Filosofía y Economía Política Raúl Cepero Bonilla, en la especialidad de Filosofía. Allí se me despertó la preocupación por el Ser y tuve la sensación de que la filosofía, al igual que la música, proporciona la elevación de lo objetivo a lo subjetivo y el descubrimiento de la verdad.

«Posteriormente hice estudios superiores de Filosofía en la especialidad de Ética en la Universidad Lomonosov, de Moscú, y de Estética en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de Moscú, donde me gradué como Doctor en 1982. Fui el primer cubano y latinoamericano en obtener ahí ese grado científico.

«Ya en mi madurez, con motivo de impartir Estética en la Facultad de Música del ISA, matriculé de nuevo en la escuela nocturna del Conservatorio Gerardo Guanche, para actualizarme y poder servir mejor a mis alumnos. Allí se produjo mi encuentro con el maestro extraordinario Juan Enrique Guerrero, quien me introdujo en algunos enigmas y misterios de la música que me llevaron a crear la asignatura Algunos problemas estético-filosóficos de la música.

«El arte incomparable de Alicia Alonso, que conozco desde sus comienzos, me reveló a la danza como movimiento espiritual del cuerpo transfigurado y motivó en mí la creación de otra asignatura: Problemas estético-filosóficos de la danza».

—Usted estudió también Arte Dramático y protagonizó varias obras en los diez años que actuó como profesional. ¿Qué nos puede referir de esa etapa?

—La recuerdo con gran cariño. Me gradué en la Academia de Arte Dramático de La Habana en 1953 y posteriormente obtuve la nominación al mejor actor del año por el Patronato del Teatro por mi actuación en la obra El hombre que casó con mujer muda, de Anatole France, con la gran actriz cubana Marisabel Sáenz.

«Siendo aún alumno participé en obras presentadas en el Patronato de Teatro y Teatro Adad. Al terminar mis estudios actué como actor profesional en las producciones de diferentes compañías teatrales, con grandes estrellas como Marta Muñiz, Doña Fernanda Ladrón de Guevara, Magda Haller, Hortensia Guzmán, Fela Jar, Conchita Brando, Berta Santos... Recibí grandes elogios de la crítica por la actuación en Prohibido suicidarse en Panamá, Muertos sin sepultura y El hombre que casó con mujer muda. Tuve gran éxito en la comedia italiana La hora soñada durante 204 representaciones, cosa no usual en Cuba. Actué también en radio y en la televisión, donde protagonicé Los habladores, de Miguel de Cervantes, bajo la dirección de José Antonio Alonso. E integré la Compañía Farseros, bajo la dirección de Julio Martínez Aparicio».

—¿Por qué abandonó las tablas?

—Al regresar a Cuba, después de doctorarme, me solicitaron que impartiera Filosofía y Estética en la Facultad de Arquitectura y de Superación, de la Universidad de La Habana. Comencé allí en 1963, y luego en el ISA en todas las facultades. Puedo decirle que jamás he pronunciado la palabra «no». Durante todos estos años he aprendido más de lo que he dado.

«Este tiempo significa para mí como el afinamiento de ese gran orden, cuerpo, mente y espíritu, que me entregó el sentido del respeto y la consideración absoluta por la otredad, y me hizo comprender la estructura individual innata del hombre y relacionarme con esa esencia inmaterial de la personalidad. Experiencia que me ha enriquecido en el ejercicio de la docencia, tanto en Cuba como en otros países. Tuve muy buenos profesores en mi formación, como los doctores Elena Arrechea, Felipe Sánchez y José Cantón Navarro. A ellos llamo los imprescindibles».

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