Marta Valdés es la música y la poesía personificada

Entregar el Premio Nacional de Música 2007 a la destacada compositora fue un acto de justicia pura, pero también de justicia poética

Autor:

Frank Padrón

La entrega del Premio Nacional de Música 2007 a la compositora Marta Valdés es un simple acto de justicia pura, mas también de la otra, la más difícil y acaso más buscada: la justicia poética, porque si, como rezó el acta de un jurado presidido por Juan Formell e integrado por Harold Gramatges, Digna Guerra y otras personalidades del arte sonoro en Cuba, «Marta es la música personificada», también ella es, sin duda, la poesía. De esa primigenia, sencilla, coloquial y, por tanto, pura, esa de la que tantos ismos y tendencias persisten en alejarse para enrarecer y complicar gratuitamente el lenguaje y, por ende, de sus funciones esenciales: la comunicación, la transmisión de belleza.

Justamente en esa claridad expositiva, en ese lirismo que hasta el menos culto entiende e interioriza, en esas claras y elocuentes Palabras (como se titula una de sus canciones emblemáticas) radica uno de los méritos mayores de la autora; su música tiene la nitidez del agua corriente, la fuerza de un pensamiento recio y sin dobleces, la puntería de un arco cuya flecha llega al mismo centro de la sensibilidad.

Marta descolló muy joven en el panorama musical cubano de los años 50, y entre los ya establecidos nombres de compositores de música popular como Piloto y Vera, Osvaldo Farrés, Orlando de la Rosa, Leopoldo Ulloa y otros muchos, ella se impuso tempranamente mediante preciosos boleros que cantaban al amor con una ternura y una autenticidad que encontraban complicidad en todos; luego llegó el filin con José Antonio Méndez, Portillo de la Luz, Ñico Rojas, y en un movimiento liderado e integrado por hombres, ella aportó la nota de la mujer, sin embargo, ajena a servilismos plañideros o militancias feministas: en sus piezas latía el reclamo de una igualdad que empareja y emparienta a los seres humanos al margen de su sexo o tendencia erótica, de ahí que sus obras hayan sido y sean interpretados por hombres y mujeres de todas las generaciones y líneas estéticas.

Musicalmente, Marta hereda la fuerza de la trova tradicional, pero se abre a tendencias que en el momento de sus inicios, cobraban vida (los ecos del jazz, de la chanson francesa, del bossa nova brasileño...), de donde emerge una expresión sui géneris, que ha trascendido el bolero o la balada para abrirse a otros géneros y ritmos de nuestro patrimonio musical: la criolla, la habanera, lo afro, asumidos por grandes voces nuestras de todos los tiempos, desde Vicentino Valdés, Bola de Nieve, Miguelito Cuní y Pablo Milanés hasta Argelia Fragoso, Alina Sánchez y Sexto Sentido.

Respecto a una de sus más fieles y sistemáticas intérpretes, Miriam Ramos realizó un disco con su obra (Canción desde otro mundo, de 1983, sello EGREM), el cual se convirtió en un pequeño diccionario sobre la obra de la importante autora cubana. A nuestra extraordinaria vocalista, no le importó incluso que algunas de las piezas que ella agrupara en su selección, conocieran ya varias y exquisitas «lecturas», de modo que aportó la suya, y con la complicidad de dos talentosos arreglistas (Lucía Huergo e Hilario Durán) llegaron renovados viejos y hermosos temas (Canción fácil, Canción difícil, Trini... Aunque no te vi llegar, Aves de Madera, Como un río, Mutis...).

Inaugurando el siglo XXI, Sara González lleva a CD, con la complicidad de Bis Music y su colección Tributo, el concierto que había ofrecido un año antes en el Teatro Nacional: Sin ir más lejos, donde la trovadora y su grupo ofrecían versiones muy singulares, con arreglos novedosos que modernizaban tímbricamente, abriendo con ello otro camino a esa obra y patentizando su vigencia y su valía.

Marta evoluciona desde sus iniciales (no por ello menos hermosas) Palabras hasta Hay todavía una canción, una de sus recientes piezas, en el lenguaje, en los criterios armónicos, en la empatía que logra con su inseparable guitarra (para la cual recibió clases de los míticos profesores Guyún y Leopoldina Núñez), acompañada de la cual dice sus temas con una pequeña pero afinada voz.

En ese largo trayecto de décadas le escuchamos cantarle a un canario, al gran amigo que ha muerto, a un actor polaco que le apasiona y una de cuyas películas recrea, a un artesano matancero, al poeta José Jacinto Milanés, al atleta Juantorena o a su colega Aida Diestro.

Sus canciones, como se aprecia, no solo son fruto de vivencias personales, y su espacioso universo musical también la ha llevado a escribir para el teatro, una de sus pasiones, de las cuales brotaron notabilísimas partituras para clásicos de la escena tales El perro del hortelano, El alma buena de Se-Shuan, El becerro de oro, La casa de Bernarda Alba y otros muchos, o del cine (Lucía, de Humberto Solás).

Marta Valdés recibió el Premio Nacional de Música, y todos los que hemos crecido y vibrado con sus canciones, estamos de fiesta, como lo está la cultura cubana toda. Felicidades.

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