Un fantoche

El cuento que presentamos a los lectores de El Tintero pertenece al libro ¿Qué harás después de mí? recientemente reeditado por Letras Cubanas y que estará a la venta en la Feria

Autor:

Antón Arrufat

Antón Arrufat (Santiago de Cuba, 1935). Poeta, narrador, dramaturgo y ensayista. Premio Nacional de Literatura. Obtuvo el Premio de Novela Alejo Carpentier con La noche del aguafiestas. Su obra teatral Los siete contra Tebas (Premio UNEAC de teatro) fue recientemente estrenada en La Habana. Autor de una extensa obra, le será dedicada junto a Graziella Pogolotti la próxima Feria Internacional del Libro.

Cada noche, después de comer, salgo a dar un paseo por la ciudad. Hay ciertas noches en que me excedo caminando y otras en que regreso tras recorrer varias cuadras..., según el ánimo y el dolor en las rodillas. A veces, como hoy, un número reducido de personas avanza cerca o delante de mí. O soy yo quien me fijo poco en ellas. Lo que más me atrae es el hecho de caminar, el movimiento de mis piernas. Veo que una mujer, en sus hombros hundida una gastada piel de conejo, se dirige despacio hacia el Parque de la Fraternidad. Mientras mis piernas avanzan dos hombres conversan, las manos a la espalda, como si las llevaran amarradas con una cuerda invisible. Un niño desvelado arrastra un carrito de juguete... Me interno en los jardines del Capitolio con paso largo.

Pese al interés en mi ejercicio de caminante, me doy cuenta de que alguien parece seguirme. No sé si lo noto o lo presiento. Detrás de mí sus pasos, pasos perentorios que insisten. Me detengo y se detienen. Avanzo y avanzan. Doblo por un parterre y hacen lo mismo. Camino más de prisa y me dirijo a otra zona de los jardines. Pongo atención: indudable, se repiten a mi espalda. Debo volverme, darle a conocer que lo he descubierto, y sin embargo no me vuelvo. Continúo mi caminata simulando ignorarlo, un tanto inquieto y el oído atento.

¿Qué me permite identificarlo? Son los zapatos de un hombre y su modo de andar, pero lo inquietante es el sonido que emiten, un sonido turbador: metálico, semejante al que hacen las chapas de un bailarín de tap.

Al cabo de un rato logro zafarme de esta aparente persecución. Abandono los jardines y llego al cafetín donde acostumbro descansar de mis caminatas y tomarme una taza de café fuerte. Algunos parroquianos ocupan las mesas de mármol, ante sus tazas y en plena charla. Un viejo alemán de pelo ralo y tez reluciente, fumando placentero un tabaco, se sienta a mi mesa y trata, en un español de lentas vocales, de entablar una conversación acerca de la calidad y el precio de los tabacos. Soy parco con él, casi silencioso, y cuando termina su café se marcha en busca de un interlocutor más elocuente. Si fui parco, no dejé de ser observador. Cuando el alemán cruzó las piernas entusiasmado con su monólogo, clavé la vista en la punta de sus zapatos. Descubrir que no tenían herraduras me tranquilizó.

Al poco rato de irse el alemán y de ponerse a dialogar animadamente en otra mesa, irrumpe con grandes y espectaculares gestos un hombre vestido de frac, chistera, bastón y vistoso pañuelo rojo en el bolsillo superior.

Despojándose de la chistera y haciendo una reverencia, se anuncia con un aullido. La gente calla y presta atención. Conseguido esto, se encamina hasta la victrola, traza una gran parábola en el aire con la moneda entre los dedos, y pone un disco. No ha elegido nada en especial, simplemente introducido la moneda en la ranura y apretado el botón. Lo ha hecho casi con indiferencia. Mientras un disco cualquiera cae sobre el plato, refulgente por obra y gracia de las luces de la victrola, selecciona el centro del café, aparta algunas sillas molestas, se ajusta de un golpecito la chistera y, apenas suena la música, rompe a bailar.

En los primeros momentos creo que sigue la melodía, y luego me doy cuenta de que baila un tanto a su manera, como si escuchara y se dejara llevar por su propia música. Su cuerpo parece tener un ritmo independiente. Otras coinciden con el ritmo del disco, otras van por lados distintos.

En corto tiempo me siento fascinado. Tamborileo en el mármol y muevo bajo la mesa los pies al compás de la victrola o quizá de su baile. No puedo dejar de hacerlo ni dejar de observar sus contorsiones, sus giros, sus piernas que se alzan hasta la cintura, cómo se agacha para después incorporarse, su pañuelo rojo que salta del bolsillo, vuela en el espacio y regresa a su lugar. El frac, algo mustio y ajado, proporciona a sus movimientos cierta graciosa elegancia.

Los parroquianos y un número de curiosos que entran en el café atraídos por su baile, forman un círculo a su alrededor. Pronto más de cincuenta espectadores lo rodean entusiasmados.

Cuando el disco termina, alguien de estos entusiastas, tal vez el alemán conversador, deposita en la victrola otra moneda. El hombre del frac repite el baile, idéntico en su forma, sin dar muestras de cansancio. Sonríe, agradece con ademanes exagerados y con una voz que me estremece. Es una voz entrecortada, elemental. Voz que me impresiona como algo en desuso. Pasa girando entre los espectadores que ríen de sus disparatados movimientos, se inclina y vuelve a agradecer.

Me alzo de mi silla y me coloco entre el grupo de espectadores. Él ahora está en el medio del círculo. Parece caminar encima de una cuerda tendida en el suelo. Abriendo los brazos para mantener el equilibrio, se desliza por ella.

Ya no me cabe duda: he visto brillar las herraduras en la punta de sus zapatos, las he oído durante todo el baile. Es el hombre que me siguió por los jardines del Capitolio. Cuando de nuevo la música termina, oigo el mismo sonido que iba detrás de mí.

Alguien deposita otra moneda. Él parece adquirir nueva vitalidad. La cara, las manos, las ágiles piernas, retoman su anterior energía. Baila, baila.

Súbitamente salto en medio del círculo y comienzo a bailar. El hombre del frac me mira en silencio, se aparta y desaparece como quien deja paso a un sustituto previsto. En una de mis contorsiones lo veo salir del café. Oigo por última vez el sonar de sus chapas en el pavimento de la calle.

Sé que me aplauden. Escucho los vítores. Pero mientras giro incansable no son personas ya, sino una masa amorfa que me aprisiona, entre repentinos silencios y bravos inmediatos.

Bailo toda la noche. Al día siguiente vuelvo al café. Al otro día y al otro. Así todos los días bailando sin remedio, al compás de la música que hacen sonar manos desconocidas.

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