El lápiz de Manuel Rivas

Autor:

Juventud Rebelde

Hace 11 años leí por primera vez El lápiz del carpintero, a sugerencia de Eugenio Marrón. «Busca esa novela, que te va a encantar», me dijo un día en Holguín.

¿De quién es?, le pregunté. De un tal Rivas, dijo, Manuel Rivas, gallego él. Anoté ese nombre en la libretica de los encargos, sabiendo que iría a Madrid, a la presentación del libro Nuevos narradores cubanos. Entre las tallas de zapatos de mis hijos y las mochilas de escuela que querían, escribí Manuel Rivas.

Así empezó mi fascinación por este escritor (no me ruborizo al confesarlo). Cuando me pidieron esta nota sobre Manuel Rivas, me pareció lo más natural del mundo. Llevaba más de diez años volviendo locos a todos mis amigos y amigas, a mi familia, hasta a mis cuentos los tenía hartos. Porque me empeñaba en citar, en homenajear a este escritor gallego tan valiente, tan magnífico, tan que ponía siempre la misma foto suya en cada libro. No debe ser tan guapo, pensaba yo, cuando no se atreve a variar su imagen, pero eso ya es harina de otro costal. No sé cuál será el nombre del artículo suyo que yo robé, pero en mi cuento Bésame mucho, le doy crédito, y digo «Un español que se llama Manuel Rivas escribió en una revista que las miradas tienen manos». De eso hace ya tres años, así que espero ser perdonada. Me legitimo a mí misma si hago una reverencia ante la magnificencia del modo con que escribe este hombre. Su ternura, su bravura, su desenfado, su autenticidad, lo ameritan.

Sin embargo, he de decir que me ha costado un enorme trabajo escribir sobre esta novela que leí hace 11 años.

No es lo mismo leer por el mero placer de leer, que hacerlo sabiendo que después se esperan comentarios plagados de palabras eruditas, analíticas, escudriñadoras, frases que hablan del metatexto, de la polisemia, de narradores omniscientes, de intertextualidades y de otras cosas que soy incapaz hasta de pronunciar.

Así que les digo que El lápiz del carpintero, no la novela, sino el lápiz, es un símbolo. Me asombro de mí misma, pero sí, estudié con tesón franciscano cada frase de la novela cuando la volví a leer, justo ahora. Les cuento: Puse un disco de Serrat (aunque sea un catalán, que le canta al Mediterráneo), abrí una botella de vino tinto, encendí un cigarrillo Ducados, que son los cigarros españoles de picadura que parece más cubana, y me senté a escribir estas palabras.

La novela, que es una cosa lindísima, créanme, trata de un vigilante que se llama Herbal. Un pobre diablo, que era carcelero cuando los tiempos de la caída de la República española. Un tipo ordinario que le cuenta a María de Visitación en más de cien páginas cómo él admiraba hasta el delirio lo que tenía que reprimir. Un hombre vulgar que de tanto serlo, vive con dos personas sentadas en el tronco de su oreja: Un pintor, a quien derribó y cuyo lápiz conserva como a un trofeo y un siniestro hombre de hierro, el anti-pepe Grillo, digamos.

Pero no, Herbal no es precisamente el protagonista de esta novela. Es el doctor Da Barca, socialista, humanista, que tiene la belleza tísica de los tuberculosos. Un viejo maravilloso nacido de cubanos, preso durante 19 años que cuenta y no cuenta de la cárcel de Santiago, conocida como La Falcona. Un hombre que recitaba poemas de Martí. Un tipo increíble. Que no cuenta, sino que se decide a morir en la novela. Un hombre condenado a dos cadenas perpetuas. Por si resucita, por si se salva de la primera. Pero no. Tampoco. La novela El lápiz..., ¿Cómo no lo vi antes? es, además de una cosa linda, un redondel perfecto donde no falta ni sobra nada. Donde Cuba y Galicia parecen de lejos lo que de cerca son, dos hermanas.

Uno de los fusilados, Pepe Sánchez, canta antes de morir ¿Y tú qué has hecho?, esa emblemática canción de Eusebio Delfín, más conocida como En el tronco de un árbol».

Pero debe ser mi imaginación que divaga. Dombodán, el retrasado, o Genghis Kanh el guardaespaldas de Da Barca, son los protagonistas. Presos, fusilados, esplendorosos. O Marissa, la mujer del doctor. No solo fiel y bellísima, sino nieta de un hombre que aprendió, por capricho de nuevo rico, a recitar a Lope de Vega, a la canción del pirata de Espronceda, y a revisar ese libro que fue imprescindible para la generación de nuestros padres: Las cien mejores poesías castellanas de Marcelino Menéndez Pelayo.

O no. La verdad verdadera tal vez sea que es el lápiz el protagonista, que fue de Antonio Vidal (carpintero), luego de Pepe Villaverde, (otro carpintero que decía que se vive como comunista si se ama y en proporción a cuánto se ama, lo que a mí me hizo recordar al Che), más tarde el mismo lápiz, que parece más duradero que la esperanza de un pobre, cayó en manos de Marcial Villamor, sindicalista y por supuesto, pintor, quien a su vez, antes de que lo mataran los paseadores que iban de caza a La Falcona, se lo regaló al pintor que se puso luego a vivir en la oreja del carcelero Herbal. Pintor que fuera asesinado, pero que antes explicó qué era el Pórtico de la Gloria, de modo que nadie entendiera nada.

Tuve que buscar ese Pórtico, y enterarme que es lo que antecede a una catedral compostelana, realizada por el maestro Mateo en el año 1188.

Por si fuera poco, me puse a buscar el contexto histórico de El lápiz del carpintero, antes de que Aquellas pequeñas cosas, en el disco de Serrat, junto al vino y los cigarrillos Ducados que parecen cubanos, terminaran por embriagarme. Y apareció, como un fantasma divino, el cubano Pablo de la Torriente Brau. Es más, apareció Miguel Hernández, el zapador que escribió la Elegía segunda. Reviso sus Obras completas, de la Editorial Losada, y además de sus desgarradores poemas, encuentro, en hoja aparte, la reproducción del «ingenioso menú» hecho por sus compañeros en el penal de Ocaña. Al leerlo, comprendí el homenaje que le hizo Manuel Rivas: Permítanme leerles un breve pasaje de su novela (página 51, de la edición cubana de Arte y LIteratura).

Miguel Hernández, muerto de la misma enfermedad del Doctor Da Barca, y con igual condena, dice:

«Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan. No temáis que se extinga su sangre sin objeto, porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto».

Cuba y España unidas para siempre, en el luto de sus muertos. Huellas, cicatrices, que nadie ni nada puede borrar. «De una forma vestida de preclaras has perdido las plumas y los besos, con el sol español puesto en la cara y el de Cuba en los huesos», dice ahora Miguel en el momento en que escucho en la voz del catalán lo más bello que se ha escrito jamás, que es, quién lo duda, Las nanas de la cebolla.

Hace 11 años, dije que era una cosa muy linda. Preciosa, digo hoy.

Como un dolor fantasma, como la certidumbre del amor, como el dolor de una memoria que se resiste, como nosotros mismos, a morir.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.