Tela por donde cortar o rabia con qué acabar - Cultura

Tela por donde cortar o rabia con qué acabar

Autor:

Juventud Rebelde

Un narrador con demasiado humor —léase en el sentido medieval que se le daba al término—, Ernesto Pérez Chang vive en la penúltima frontera de La Habana (poco faltó para que fuera de esa extraña región que conocemos como «interior» o «provincia»), en un lugar cuyo nombre tiene sabores a progreso y modernidad: Reparto Eléctrico. Desde finales de los años 90 se dio a conocer como hacedor de cuentos, y hoy, con varios premios importantes en su mano (como el David y el Julio Cortázar) y una presencia afortunada en los circuitos editoriales, parece convenir en que la literatura es puro juego. Su afirmación destapa no pocas ronchas, especialmente en los serios. En el fondo, si es juego puro, no está bien claro. Al menos no para mí. En todo caso, estoy seguro de que se toma en serio el juego de la escritura. Y si no lo hace, al menos lo aparenta muy bien... o le sale mejor.

—Ernesto, ¿en qué momento nació en ti esa vocación por la escritura o, para mejor decir, esa vocación por contar historias, sean cortas, largas o medianas, no importa la extensión... o sí?

—Tú le llamas vocación, pero también podríamos llamarle invocación o, peor todavía, equivocación. Todos comenzamos arañando sobre lo ya escrito por otros, invocando un poder acceder a la escritura como trascendencia de uno mismo. En ese acto siempre estamos a punto de equivocarnos. Alguien me hablaba hace poco de su gran seguridad en lo que hacía (escribir literatura). Exhibía aires de quien había llegado a no sé dónde (pero estoy seguro de que era un lugar olímpicamente alto) y a mí, tales certezas me ponen la carne de gallina, porque adolezco de esa seguridad. Solo sé que un día de mi infancia me encontré convertido en un mentirosillo y quise hacer de tal defecto una loable aventura. Ahora, cuando invento una historia estrafalaria, unas veces me regañan, pero siempre alguien se confabula y hasta me premian. Creo que no deberían hacerlo, no se los aconsejo.

—La hora de la narrativa se te da muy bien, pero, ¿acaso la de la poesía no? ¿Coincidirías con la idea de un crítico literario, el uruguayo Leopoldo Mesa, que considera que tu poesía crea atmósferas más profundas y humanas que las de tu narrativa?

—¿Crees que se me da muy bien la narrativa? Pues creo que después de lo que has dicho te consideraré para siempre mi mejor amigo. Deberías enseñarle a decir cosas como esas a algunos que no me quieren. La poesía no es que no se me dé bien, es que fatalmente no se me da. Sé que se «me escapa»... ¡Ah!, pero aún así, de vez en cuando, como para tentarme a hacer el ridículo, un demonio me obliga a perseverar en la agonía. Si Leopoldo Mesa dice lo que dice, habrá que creerle tanto como a mí —y aseguro que no resulto un sujeto muy confiable—, pero creo que su afirmación tiene en cuenta el modo en que construyo los personajes de mis historias: son fantoches, máscaras, los hago moverse en un universo irreal, en un carnaval. Los fuerzo a actuar. La poesía, en cambio, no puede ser forzada, ni planificada, ni prevista. La respeto tanto que no me atrevo a llamarla literatura. Indiscutiblemente, cuando es buena, es divina.

—Cierta vez confesaste que escribías sobre la mesa de una Singer. ¿Escribir, para ti, no sería otra cosa que tejer, coser y cantar... o algo más que lo que hace «El Malpensante»?

—No creo que sea tan enredado como eso, pero tampoco debe andar muy lejos. No obstante, nos gusta complicar las cosas y elaborar teorías sobre la escritura. El hombre elabora teoría sobre todas las cosas, hasta teorías sobre la teoría. Si has tomado en tus manos un manual de música o de costura, habrás notado que son complicadísimos los procedimientos. Bemoles, corcheas, tesituras, puntadas, cortes, entallamientos, etc. Uno termina por abrumarse. ¿No te has puesto a pensar que tal vez por eso la mayoría de las personas prefiere ser escritor?

—Aun cuando estemos obligados a batallar con el tema de las novedades en el mundo literario —algo que nos viene de la economía capitalista y de las mentalidades burguesas—, me gusta, para llevar la contraria (y, dicho sea de paso, llevarte a ella), darte a ver como una siempre vieja novedad dentro de lo que hoy se hace. ¿Por qué no quieres ser una novedad? ¿Crees que lo hayas sido, crees que lo seas? ¿Te interesa(ría) serlo?

—No soy ni siquiera una novedad. El término me recuerda aquello de «tenemos una novedad en la familia», lo cual sabes tú cuan funerario se traduce. Soy un «tipo» que escribe porque es de las pocas cosas que al parecer hace decorosamente mejor que otras. Lo hago ahora, hoy, y como pocos me conocen aún puedo llegar a sorprender. Me interesaría ser siempre interesante para unos lectores que jamás llegaré a conocer.

—Ya hemos hablado de cuentos y poemas. Sin embargo, no podemos esconder que ejerces el trabajo de editor y que, además, has movido tus hilos y dedos dentro del mundo de la crítica, el ensayo, la investigación y la promoción literarias. ¿Cómo consigues conciliar tantas zonas de ese continente que es la literatura? ¿A la hora de (des)vestirte como crítico literario, no temes que tus juicios sobre determinada obra estén permeados de una buena dosis de parcialidad, y que arrimes la sartén a tu lado? Es más, aunque parezca una perogrullada, háblame de la parcialidad o imparcialidad a la hora de enjuiciar el hecho literario.

—Conciliar todo eso no es una proeza. Hay personas que hacen mucho más. Van al cosmos, buscan petróleo en el Ártico, descubren la vacuna contra aquel cáncer del cual todos temen morir y al final de la jornada, incluso, escriben como dioses. No me pidas que te mencione un ejemplo. No conozco ninguno, pero sospecho que habrá de existir. Como crítico, soy alguien que a veces ejerce la crítica —esto lo dijo Daniel Díaz Mantilla. Y cuando sucede, soy imparcial, cometo cualquier cantidad de pecados y no solo arrimo la sartén sino que me la robo y la transformo en una olla. Si te hablo de la parcialidad o la imparcialidad, entonces tendría que hacer escandalosas confesiones. No me tientes, que me traiciono.

—Muerto el perro, se acabó la rabia, dice el refrán. ¿Te atreverías a decirme cuántos perros hay que matar para que se acaben ciertas rabias? No seas escueto ni me digas que comulgas con Fernando Vallejo.

—No hay que matar a ninguno. La literatura, toda, es cuestión de perros rabiosos. Cuando los escuchas a todos, aunque aúllen, suenan como canarios.

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