Reclamo teatral femenino

La companía teatral cubana Teatro Estudio Macubá y la francesa Akwaba-Ka-Théatre se unen para llevar a escena la pieza  Los monólogos de la vagina 

Autor:

Frank Padrón

Fátima Patterson, directora de Teatro Estudio Macubá y una de las actrices de la puesta en escena de Mujeres. Santiago de Cuba.— Dos compañías teatrales, una de aquí (Teatro Estudio Macubá) y otra de Francia (Akwaba-Ka-Théatre), se han unido para llevar a escena una pieza bien conocida: Los monólogos de la vagina, de Eve Ensler, dentro de la puesta que han titulado simplemente Mujeres, un homenaje a ellas. Christine Matos, del segundo colectivo, es la directora artística invitada para montar esa pieza con el grupo que en esta cálida ciudad oriental lidera Fátima Patterson.

El resultado es una puesta inteligente, audaz, que pone una vez más sobre el tapete la necesidad de hablar (o mejor, dialogar) de quien ha sido condenada al silencio desde que el mundo es mundo, y como si fuera poco, ha sido inmovilizada, invisibilizada y discriminada por células patriarcales y machistas, que empiezan en el hogar y terminan en los más amplios espacios de la sociedad.

Mérito inicial de este montaje ha sido el conferir a las voces, como el propio título indica, proyectadas teatralmente mediante monólogos, una sobreimpresión o intersección que les ha aportado un sentido mucho más dinámico desde el punto de vista escénico: la vieja prostituta, la loca, una prisionera, la escritora, una muñeca, la co-esposa, la profesora, la repudiada, son algunas de las féminas que intercambian exigencias y quejas, todo con un alto nivel literario que hace de la pieza, en tanto literatura dramática, una obra notable.

La vagina es sinécdoque (tropo literario y artístico que intercambia la parte con el todo, emblematizando indistintamente uno u otro) o alegóricamente, habla desde la más llana literalidad, para sembrar en el auditorio la duda, la autoevaluación, la mirada introspectiva y multilateral (hacia la sociedad toda, hacia el núcleo familiar y laboral, hacia el interior de las parejas) sobre necesidades que aún hoy mismo siguen latiendo.

A veces en coro, otras en intercambio verbal, o acaso en soliloquios que se espetan a la cara del espectador (nunca indiferente), el espectro que abarca este reclamo feminista es amplio, como los propios personajes suponen: la mujer africana, convertida en todo un mueble con «valor de uso» limitado; la madre mutilada, de allí mismo, que prepara una fiesta para perpetuar el acto en su propia hija y así de generación en generación; la de Afganistán, repudiada cuando se cansa de compartir el lecho y los (¿?) derechos; la ramera que comprueba tristemente cómo acabó su tiempo, dentro de una «profesión» en la que el retiro equivale al desempleo absoluto, al desamparo; la esposa a la que fuerzan a un matrimonio indeseado; la intelectual que lleva al papel sus inquietudes y problemas; la madre involuntaria; la que extravía la razón ante el peso de la culpa y el maltrato; la maestra que transmite en las aulas algo más que planes docentes o libros gastados por la tradición injusta; la marioneta solo empleada como objeto de placer... Mujeres que suben a escena y cuyas vaginas lanzan verdaderos manifiestos.

La puesta de Christine Matos ha sido cuidadosa en la alternancia y combinación de voces y participaciones, de modo que apreciamos indudable coherencia en el discurso; el apoyo escenográfico, con accesorios muy prácticos y cómodos para la dinámica escénica, y el vestuario (con presencia acentuada del naranja que se acerque a la tonalidad del miembro físico); la música y el sonido, complementando más que incursionando en énfasis innecesarios, son recursos expresivos que aportan lo suyo al feliz desarrollo de la representación.

La propia espontaneidad de la misma actúa tal correlato de los monólogos, siendo ellos tan irreverentes (en el mejor sentido), tan diáfanos, tan espontáneos: el modo, digamos, en que legitiman el placer sexual sin falsos pudores ni innecesarios eufemismos; en que combinan lo trágico o lo serio con el humor y lo (aparentemente) frívolo: la vagina toma el poder, la mujer que representan muchas veces (cuando no habla, como hemos dicho, literalmente) renuncia a ser costilla y se presenta como una parte del cuerpo mucho más útil y (auto) suficiente.

«Cuando una de ellas habla —escribe Matos en el programa de mano— las otras forman un coro que renuncia de manera caricatural a las orejeras de la sociedad, que toma a broma las aventuras vaginales, la injusticia sexual, que vive y canta las escenas de lo cotidiano o simplemente se identifica con el autor de nuestros sufrimientos y de nuestros placeres: el hombre».

Como es de suponer, en una puesta así las actuaciones no pueden darse el lujo de ser meramente correctas o discretas; tienen que sobresalir, que imponerse, que saturar el escenario y la sala toda, y es aquí donde la labor de Fátima, Teresa García Tintoré, Risset Mineto Allende, Consuelo Duany Patterson y Yamilée Coureaux Bargalló, se torna superlativa: rotando sus diversas mujeres, protagonizando unas veces, y otras formando parte del coro, sobresalen por labores ajustadas y sensibles, plenamente identificadas con sus variados roles. Ellas comparten con sus homólogas en la platea y contribuyen a concientizar el auditorio (masculino) de las necesidades y conflictos femeninos.

Con Mujeres, Teatro Estudio Macubá se anota una indudable victoria, al sumarse al movimiento escénico contemporáneo con personalidad y originalidad, a la vez que nos invita a seguir los rumbos de las tablas por estos lares donde, como vemos, también el arte de Talía arroja muy buenos frutos.

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