Logros y retos del XI Festival Nacional de Teatro para Aficionados Olga Alonso

Estos festivales han trasladado hasta las periferias experiencias de otras latitudes, pero es necesario lograr un evento más participativo

Autor:

Miguel Ángel Valdés Lizano

Foto: William Martínez El Escambray espirituano es la escenografía de un mar verde que parece devorar a los arrieros, veleros de las serranías. Al subir el telón cada mañana, Fomento y sus caseríos emergen en el decorado como islas, donde se entrelazan las subtramas de personas comunes en esa gran función que es la vida.

Casi todos estos actores de la cotidianidad rememoran a Olga Alonso, instructora de arte fallecida en la década del 60. La visión sobre la joven habanera se reconstruye constantemente en el imaginario popular.

Como cada año, el Festival Nacional de Teatro para Aficionados que lleva su nombre, representó, en su XI edición, un punto de giro en la dramaturgia fomentense. La cita alcanzó mayor connotación al coincidir con uno de los pocos eventos de su clase en nuestro hemisferio: el II Festival Latinoamericano y Caribeño de la Asociación Internacional de Teatro Amateurs (AITA), organización nacida con el objetivo de emplear las modalidades escénicas, en función de la superación cultural de las sociedades.

Sin aires fríos, ni premios flacos

El Festival Olga Alonso nos llegó enriquecido por la labor de los integrantes de la Brigada José Martí. Como expresara Jeidy Martínez, instructora de arte de Ciudad de La Habana, el evento contribuyó a canalizar las inquietudes creativas de jóvenes como ella, más allá de la función didáctica que desarrollan habitualmente en las aulas. Además, agrega, posibilitó a brigadistas de toda la Isla conocer la realidad del público fomentense.

El encuentro se convirtió en la encrucijada de múltiples estéticas y modalidades del arte de las máscaras. El teatro de calle alcanzó ilustre exponente en Sancho en la ínsula de Barataria, del pinareño grupo Histrión. La obra fundió actores y muñecones. En esta misma cuerda se destacó Opis, de Guantánamo, quien nos regaló Historia de un carnaval, para acercarnos a la naturaleza de las fiestas en el oriente cubano.

Otro espectáculo sugerente llegó desde Camagüey con Teatro de la Tierra. La otra tempestad, pieza que a través de la intertextualidad, la sorprendente dirección de los aficionados y el preciso empleo de recursos escenográficos, recreó el choque entre el «Viejo» y «Nuevo» Mundo. Por su parte, Casandra, colectivo de Pinar del Río, retornó al evento para cautivar al público, en esta oportunidad con La mala suerte. También los agramontinos de La Andariega recibieron ovación por Los machos, una denuncia a los estereotipos sexuales persistentes aún.

El entusiasmo de los participantes borraba en cada presentación cualquier frontera entre actor y espectador, para adentrarnos en la piel del personaje; buen parámetro para tomarle el pulso al movimiento de aficionados en Cuba.

Momento de distanciamiento

Según Zulema Armas, funcionaria de la AITA, el comité organizador se propuso revertir las limitaciones materiales de Fomento, carente de salas de presentaciones convencionales, para convertirlas en fortalezas, mediante el empleo de parques, portales, así como otros espacios abiertos.

La alternativa resulta loable en el intento por lograr un evento más participativo, que llegó incluso hasta localidades montañosas como Sopimpa y Agabama. La iniciativa ayuda a redescubrir rasgos identitarios a veces perdidos en el imaginario colectivo de los lomeríos.

Sin embargo, resulta incomprensible que mientras sesiona el principal acontecimiento cultural del municipio espirituano, una pipa de cerveza le haga la competencia y también que en un poblado como Casa Zinc, una obra despierte apatía hasta el punto de recibir a los actores con tres o cuatro espectadores. ¿Dónde está el sentido de pertenencia hacia el festival?

Tal vez alguien diga que, a pesar de tantas ediciones, el público no esté totalmente familiarizado con estas opciones. No obstante, en todo caso allí radica la novedad sociocultural: en analizar cómo estas personas distantes de los centros artísticos citadinos, asumen el hecho teatral y lo aprovechan en beneficio colectivo.

Para ello, resulta necesaria mayor identificación con las personas comunes. ¿Dónde está el cambio de paradigma que concibe a los espectadores como partícipes activos? Para llegar más a la gente de pueblo es imprescindible enrolarlos en la concepción y dirección del evento, conocerlos más, aprovechar a sus líderes de opinión, mostrar más el teatro por dentro...

A pesar de todo, estos festivales han aportado mucho, porque trasladan hasta las periferias experiencias de otras latitudes  como la del grupo colombiano Fundación La Tortuga Triste, así como las transmitidas a través de talleres como el impartido por Carlos Díaz, uno de los actuales patriarcas de las tablas en Cuba.

Así, con un final abierto hasta el próximo año, termina la obra. Sin dudas, el esfuerzo conquista aplausos. No obstante, la escena queda vacía. Seguramente en cartelera, desde ya, para la próxima edición, se anunciará a la serranía; protagonista verdadera.

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