Delirios y pasiones de María Estuardo, desde las tablas - Cultura

Delirios y pasiones de María Estuardo, desde las tablas

Reflexionar sobre el papel del individuo y en especial de la mujer en la historia, es una de las claves de la más reciente propuesta de Doris Gutiérrez y la Compañía Hubert de Blanck

Autor:

Osvaldo Cano

El interés por reflexionar sobre el papel del individuo —y en especial de la mujer— en la historia, resulta una de las claves de la más reciente propuesta de Doris Gutiérrez. La actriz devenida en directora, junto a un elenco de la Compañía Hubert de Blanck, nos convida a contactar con María Estuardo, pieza de la dramaturga italiana Dacia Maraini, en la legendaria sala de la calle Calzada entre A y B, de la capital cubana.

María Estuardo resulta un texto complejo en la medida que demanda de los espectadores concentración y perspicacia. La trama se ubica en la víspera de la ejecución de la soberana de Escocia en plena Inglaterra isabelina. A partir de esta situación límite la autora hilvana una obra donde la acción en presente se sustituye por el análisis de los hechos y las coyunturas históricas que propiciaron la ejecución de la reina católica por los protestantes ingleses. Lo intrincado de la pieza no radica solamente en la exploración de las intrigas políticas que actuaron como condicionantes, convirtiendo al individuo en objeto de la historia y no en sujeto capaz de determinar el curso de los acontecimientos, sino que proviene también de la contraposición de aspiraciones, angustias o pasiones con los roles históricos que les tocó asumir a ambas estadistas y a la indagación en el universo femenino en medio de una sociedad y una época que dictaminaban de oficio su condición subalterna.

Doris Gutiérrez ha ido labrándose un camino como directora. Espectáculos como Los soles truncos o Los días felices, avalan su quehacer. Con María Estuardo nos pone en contacto con una autora que prefiere focalizar tantos los conflictos internos como las fuerzas que movilizan y determinan las acciones individuales. Tales preferencias inclinan a Gutiérrez a interesarse, con especial énfasis, por el trabajo interpretativo. Ese es precisamente uno de los puntos fuertes de un montaje que parte de un texto que, por momentos, se torna denso y que apela, con insistencia, a la concatenación de eventos que en no pocas ocasiones son desconocidos por la platea.

La puesta se enrumba por el camino de la sobriedad y la economía de medios expresivos. El ámbito creado por la propia directora es minimal y lóbrego. La escena aforada en negro, un trono y un escabel, junto a algún que otro elemento, son los escasos objetos con los que interactúan las actrices. Útiles estos cuyo valor semiótico es palpable, pero que las dejan prácticamente sin asideros. Esto termina siendo otro reto para las intérpretes. El trazado del espacio es simétrico: de un lado el palacio de Isabel, del otro la celda de María. Fronteras que solo se rompen a causa de los esperanzados sueños de la cautiva. Estas delimitaciones provocan que las entradas y salidas se tornen reiterativas y previsibles, algo justificable en el caso de María, pero que pudo prevenirse en el de su contrincante.

Los atuendos diseñados por Carlos Repilado se distinguen por su elegancia y sobriedad. El uso simbólico de los colores o la capacidad para remitirnos a un período distante y convulso son también aciertos del vestuario. Garriga en las luces circunscribe espacios mostrándonos de este modo los límites que enclaustran a ambas rivales; Garciaporrúa en la música refuerza tensiones o nos ubica en la época a partir de una sonoridad que sugiere el Renacimiento.

Marcela García. Foto: Pepe Murrieta El nivel actoral es bueno, sobre todo si tomamos en cuenta las dificultades emanadas de un texto que se regodea en la reconstrucción, el relato o la exploración psicológica, pero que se desentiende de la acción en presente, las pasiones desenfrenadas o los enfrentamientos directos. En sentido general, la gestualidad es parca, mesurada, parsimoniosa, como corresponde tanto a la etiqueta cortesana como al rango y la investidura de las involucradas. La joven Marcela García se lleva las palmas gracias a una labor donde se combinan la fuerza natural de la actriz con su capacidad para poner de relieve matices e intenciones, así como hacer visible las transiciones o los cambios de tono.

Geraidi Brito resulta una coherente y vigorosa contraparte capaz de sostener el duelo con García, solo que debe cuidar un ligero seseo que aflora en ocasiones. Alainne Pelletier transparenta con inteligencia las contradicciones que acosan al personaje que asume. Nancy Rodríguez consigue, a base de oficio, acercarnos una imagen coherente de la criatura que encarna.

Con este estreno Doris Gutiérrez se afianza como directora. La puesta de María Estuardo constituye un momento de interés en nuestra cartelera teatral.

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