Francisco de Oraá cuenta cómo se inició en el mundo de la poesía

Desde el segundo grado cuando descubrieron que sabía leer y escribir sin que nadie le hubiera enseñado y hasta hoy, este poeta no ha dejado de escribir

Autor:

Juventud Rebelde

¡Extraña ocurrencia la de hablar de cómo comencé a escribir cuando ya estoy a punto de terminar!

Pues recuerdo que no alcanzaba dos palmos sobre la altura de la cama cuando sentía la convicción de que yo iba a ser escritor. Créanlo si quieren. Empecé a escribir en el segundo grado de Primaria al que me habían pasado luego de un mes en el primero porque sabía ya leer (nadie sabe de qué manera yo aprendí, créanlo si quieren, pues yo pienso que hay facultades que se heredan, como se heredan hasta las ideas y las actitudes ante el mundo, o por reencarnación, según los que crean en eso).

Eran cuentecitos muy breves, absurdamente tremendistas, como una versión del hijo pródigo, por ejemplo. Pero realmente nada de aquello valía nada, huelga decirlo. Unos años más tarde comencé a hacer versitos que tampoco valían para nada. Y a medida de mi evolución física, biológica, evolucionaban también mis letras, ayudadas por mi voracidad de lecturas. Todo papel impreso que yo encontrara y que contribuía también a empeorar mi vista, sin que yo discriminara ni forma ni contenido. Hasta que encontré un poema que me hizo pensar: «Esto es lo que yo quiero hacer». Incluso llegué a publicar en una revista para niños, muy bella, realmente valiosa, que quizá por lo mismo duró muy poco.

Y seguía leyendo, fuesen un cancionero o novelitas rosa, catálogos de editoras, etc. Pero también libros que regalaba un periódico una vez por semana, con letras de pequeñísimo puntaje, de autores famosos de toda literatura. ¡Ah! Y unos cuantos tomos de El Tesoro de la Juventud, en cuya sección «El libro de la poesía» presentaban grandes poetas, incluso en excelentes traducciones, que encontré en un baúl pintado de amarillo en mi cuarto. Aunque también yo me placía en muñequitos, comics (Superman, El llanero solitario, Fantomas, Tarzán, seguidos de un largo etcétera).

Entonces llegó el portento de los amigos, el primero a la altura del quinto curso de Primaria (asunto que ya conté en el prólogo a un libro suyo). Y llegó la publicación en revistas locales y de alcance nacional.

En cuanto a la familia, nunca estorbaron mi vocación ni hallaron mal en ello, se limitaron a aconsejarme que en aquel sistema los poetas se morían de hambre. Lo más que veían en alguien como yo, como una única salida, era que llegara a ser profesor. Y todavía agradezco el apoyo y la admiración de mi hermana mayor, que fue quien me enseñó a medir los versos.

Luego, en el horizonte familiar, saldría otro poeta, mi hermano Pedro.

Lo demás (libros publicados y a mí mismo, creo) lo conoce casi todo el mundo.

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