Por fin y para siempre Rachel - Cultura

Por fin y para siempre Rachel

El cuento que presentamos a los lectores obtuvo la segunda mención del premio El mar y la montaña, Guantánamo, 2004 y apareció publicado ese mismo año en la revista homónima

Autor:

Juventud Rebelde

Las mañanas eran largas, el cielo estaba sucio, y ella se llamaba Rachel.

Venía hasta mi puerta, pedía un café, dejaba la moneda junto a la taza, y partía sin demoras.

A veces lograba detenerla unos instantes:

—Hey, ¿adónde vas hoy tan apurada?

—Es la prima de una amiga. La entierran dentro de un rato. Disculpa. Llego tarde.

Mi café, y esto lo digo sin reservas, era el mejor de toda la calle. Y a ella siempre le daba la taza más bonita, la del asa intacta, la de las flores.

—¿Por qué mejor no pasas y te sientas un segundo? Capaz que te dé una fatiga...

—Yo estoy muy joven para que me den fatigas. Disculpa. No tengo tiempo.

Y se iba corriendo casi, con la cartera apretada al pecho y los hombros encogidos.

Era casi flaca, casi nerviosa, casi bella. Usaba el pelo en una coleta, espejuelos de cristales gordísimos, y sus dos incisivos centrales superiores quedaban separados por una rendija estrecha que le restaba años.

No es que tuviera muchos, en todo caso. Ni siquiera veinte.

Las noches eran tibias, las calles estaban mojadas, y ella no conocía mi nombre.

—Por cierto —arriesgué una vez. Me llamo Antonio. En realidad, Marco Antonio. Pero el Marco no me gusta, no sé, es un poco afectado... ¿Qué tú crees de eso?

—Lo que importa es lo que creas tú —me respondió. Disculpa, me están esperando. Es el velorio de mi tía.

Estoy seguro de que olvidó mi nombre al instante. Pero igual daba. Yo había cumplido con las normas. Imposible pedir más.

Sus dos pantorrillas bajo la saya parecían cuatro, ocho, treinta y dos, tan de prisa iba y venía entre los muertos.

Yo entendía eso. Yo mismo no soportaba los velorios ni los entierros. Solo por eso nunca le ofrecí compañía. Bien, admitamos; tampoco me creí capaz de mantener su paso.

Y no es que yo tuviera muchos años, en todo caso. Ni siquiera sesenta.

A veces, si pasaba por mi puerta antes de rayar el sol, tenía medio minuto, un minuto a lo más, para saborear mi café:

—Es el cuñado del sobrino de mi vecina

—decía sin separar la taza de sus labios tan finos y descoloridos. Lo entierran a media mañana. Era un hombre fuerte, ¿sabes? Eso lo mató. Ser tan fuerte. Se creía capaz de todo. Hasta de aguantar un saco de cemento caído de un quinto piso —y lo decía sin intención de bromas, muy severa y doctoral. Los muy fuertes son muy débiles. Se confían. Los aplasta la presión. El compromiso, ¿me entiendes? Ser fuerte es estar comprometido con ser fuerte ante los demás.

—Tú eres muy fuerte —le decía yo. Y no te veo débil. En nada débil.

—Yo no me confío —replicaba ella. Hasta luego. Disculpa.

Mis días empezaban mucho antes del sol, con una colada tras otra, hasta llenar seis o siete termos. Bastaban unas tazas limpias, un taburete, y una puerta abierta a la ciudad laboriosa. ¿Quién se resistiría a un buche de café? ¿A sosegar los pies a la sombra de un portalito, a cambiar unas palabras pobres pero valiosas sobre el clima, el deporte, la juventud, la faena?

Durante ciertas semanas, yo me sentía orgulloso.

En otras semanas, me preguntaba qué vida era aquella, y escondía una botella de ron bajo el taburete. Era un alivio prodigioso.

A veces, ella pasaba de noche con expresión reflexiva, aunque sin perder el paso, y yo aprovechaba la ocasión:

—Te veo pensativa, ¿algún problema? ¿Te puedo ayudar en algo?

—Es la amiga íntima de mi vecina, ya la están velando, y yo todavía tengo que comprar las flores. No sé cuáles le gustaban, y por eso... —sorbía el café, con bufiditos de angustia. Era una mujer débil. Enferma. No le gustaba la vida. Por eso la vida tampoco gustó de ella, y ya ves... En el fondo, hay algo de justicia en todo esto, ¿no te parece?

—No suelo creer correcto que la gente se muera... —empecé a decir, pero ella me cortó:

—Estás equivocado. Pero yo sé lo que quieres decir. Lo que no sueles creer correcto es que tengas tú que morir. Pero estás equivocado otra vez... Y yo también. Disculpa. Nada es correcto, nada es equivocado. Pero el café te queda muy bien. Disculpa. Hasta mañana.

Cuando llovía, correteaba con un paraguas lila, y completamente inútil.

—Ay... —se quejaba después de estornudar sobre la taza. Voy a llegar tarde otra vez. ¿Por qué siempre llego tarde a todas partes?

—Y... ¿a dónde te gusta ir?

—Pues... Me encantan las fiestas. Siempre estoy metida en una fiesta. Bailar. Tú sabes. Jugar a algo con los amigos, ya ves... —y se ensombrecía. Tengo que apurarme, parece mentira, qué falsa soy. Es un amigo mío, se suicidó ayer, lo encontraron esta mañana... Yo no era su amiga, yo no puedo haber sido su amiga de verdad, si él se suicidó. Yo hubiera hecho algo... Soy una falsa, una falsa, disculpa —y cruzaba la calle agitando su paraguas abierto, olvidando colocarlo sobre su cabeza.

Aquella mañana llegó con paso resonante, como si llevara a la espalda un fardo invisible. Sin esperar mi pregunta, explicó:

—Es mi papá. Bueno, no... Mi padre. Mi papá fue el otro, el que me crió... No estoy segura de si deba ir. ¿Está bien ir a enterrar a quien te abandona?

Yo le puse la taza delante de la nariz y repliqué:

—No sé, pero creo que algo hay de justicia en todo eso.

—Sí, tal vez.

Turbada, miraba sus zapatos.

Yo, acobardado, miraba sus zapatos.

—Una vez me enamoré, ¿sabes? —soltó así, muy súbita.

Yo estuve a punto de llevarme a la boca la taza que le ofrecía:

—¿Y qué se hizo de él...? No, deja, ya sé

—me estiré así, muy estúpido. Murió.

—No. No murió. Se fue —ella me frunció las cejas y aclaró. Un viaje. Ahora vive en Noruega.

Y no sé cuál de los dos se sentía más perplejo.

—Me voy, ya estoy tarde —dejó la moneda y salió de estampida.

—¡Oye, el café! —alcé la taza aún intacta.

—¡Tómatelo tú! —gritó de lejos, con una risa. ¡Yo invito!

Nunca la había oído reír.

Nunca había probado un café tan frío.

Aquella noche, retuve la taza un momento más entre mis dedos antes de dársela. Ella me miró, muy tiesa, como lista para huir.

—Te debo una invitación —le dije. ¿Qué tal mañana, un café como Dios manda, sentados aquí en el portalito, mirando la tarde?

—Mira, no sé, mañana...

—Oye. Nadie se muere los domingos. ¿Okey? Por lo menos, no este domingo, ¿okey? Este domingo es mi domingo. Y te lo quiero dar así, con un cafecito en la tardecita aquí en el portalito. Más nada que eso.

—Siempre hay algo más que eso —dijo, y era la misma sabichosa pedante y casi bella de cada jornada. Pero está bien. No te escapes a ninguna parte.

—No me gusta escapar —le aseguré—. Nunca me he escapado de ninguna parte.

—Ya habrá una primera vez... Ay, ya me demoré, disculpa. Es una amiguita del aula de mi sobrino. Cinco años. Es terrible.

Yo asentí. Era terrible. Pero ya estaba acostumbrado.

Ella dejó la taza y dio un pequeño brinco:

—Me voy, me voy.

—Sí, está bien.

—Sí, entonces mañana, cuando vuelva del entierro.

—Sí, cuando vuelvas.

—Ay, me voy, me voy.

—Sí, vete ya. Ven mañana. ¿Okey? Mañana, domingo, tarde, portalito, café.

—Sí, me voy, mañana, no te escapes. Me voy, me voy.

Y se fue.

Al otro día no hice más que dos termos de café. Los domingos no son de ver amanecer, a menos que se trabaje de sereno, o la parranda haya sido como Dios manda, una parranda de verdad.

La mañana pasó, y nadie vino por mi puerta.

El cielo estaba un poco menos sucio que de costumbre.

Mediodía. Tarde. El sol enrojecía, era ya solo una bombilla defectuosa.

Esperé un poco más, solo un poco más.

Recogí los termos, las tazas y el taburete, y salí a caminar la ciudad.

Pero la ciudad estaba vacía.

Michel Encinosa Fú (La Habana, 1974). Narrador. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana (1998). Graduado del 2do. Curso del Taller de Creación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS y de la UNEAC. Actualmente es editor en Ediciones Extramuros, del Centro Provincial del Libro y la Literatura de Ciudad de La Habana. Ha obtenido numerosos premios literarios y ha publicado, entre otros, Sol negro (Ediciones Extramuros, 2001) Dioses de neón (Letras cubanas, 2006) y Enemigo sin voz (Casa Editora Abril, 2008).

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