Minuciosos (recargados) arquetipos

American Gangster, el más reciente filme de Ridley Scott, es arquetípico en varios géneros convencionales, y destaca por su pomposa obviedad

Autor:

Joel del Río

Denzel Washington y Russell Crowe protagonizan American Gangster. El británico Ridley Scott, transplantado a Norteamérica después de conquistar el éxito, ha creado una película arquetípica por lo menos en una media decena de géneros convencionales, recombinados originalmente: el cine de aventuras crecido por la minuciosa reconstrucción de época (Los duelistas), la ciencia ficción distópica plena de seres y momentos aterradores (Alien); de nuevo la ciencia ficción pero con sesgo romántico, policiaco y filosófico (Blade Runner), el thriller de acción física pensado a partir de la road movie feminista (Thelma y Luisa), la épica de aventuras en tiempos de peplos y coliseos (Gladiador)... De modo que cada nuevo título dirigido por el eminente realizador se convierte, inmediatamente, en una promesa para sus admiradores, y en motivo de cautelosa prevención para quienes prefieren recordar que él es, también, el principal «culpable» de empresas altamente cuestionadas como Leyenda, 1492, La recluta Jane o Hannibal.

Con su título ampuloso y generalizador, American Gangster, la más reciente obra de Ridley Scott pretende combinar entretenidamente, a lo largo de dos horas y media, los arquetipos inherentes al cine policiaco (Serpico, El príncipe de la ciudad) y al mafioso-criminal (Caracortada, Jackie Brown, pero, sobre todo, El Padrino) en un conjunto que destaca por su pomposa obviedad, por la falta de concreción y por lo predecible en casi todos sus giros supuestamente más «impactantes».

¿Qué espectador se mantiene todavía lo suficientemente ingenuo como para no imaginar que —en una película donde el policía es Russell Crowe y el criminal es Denzel Washington— todo se supedita al duelo de titanes, a nivel histriónico y entre sus respectivos personajes? Pero Steve Zaillian, el guionista, intentó encubrir la carta de la conflagración entre los divos en toda la primera mitad de la película, y procedió con el método de las vidas paralelas, que mantiene separados, artificiosa y largamente, las peripecias de sus dos principales personajes.

Por supuesto, hay un punto en que policía y criminal se cruzan, y entonces comienza prácticamente otra película, en un momento cuando el espectador ya está bastante harto de una obra cuyos hacedores, todos, parecen demasiado conscientes de que están construyendo algo importante, una denuncia de la corrupción a todos los niveles en la Norteamérica urbana de los años 70, cuyo ambiente es recreado —también hay que decirlo—, con extremado detalle en cuanto a la ambientación, la música, el vestuario.

Por supuesto que no estamos ante una mala película. Es demasiado alto el nivel profesional de los implicados (los dos astros dominantes, el director y el guionista probadamente eficaces, la fotografía que recurre a desempeños semidocumentales para mejor revelar la época, el detallista diseño de producción marcado por lo retro y por el inusitado homenaje a la cultura afronorteamericana, mediante uno de sus hijos no precisamente heroico ni elogiable) y, además, saltan a la vista algunos giros medianamente asombrosos de la trama, como el final conciliador entre quienes se prefiguraban en tenaces antagonistas, y el impacto de la secuencia donde se descubre que el rey del narcotráfico recibía su mercancía, procedente del sudeste asiático, en los sarcófagos de los soldados norteamericanos muertos en la Guerra de Vietnam.

Pero a este combate entre gigantes —Crowe y Washington llegan a este filme pertrechados con el Oscar y la descomunal celebridad consiguiente— le falta grandeza moral y emotividad, calado en el diseño de los respectivos caracteres, y solo en la recta final los astros deciden regalarnos algo del mucho brillo que pueden destellar, pues hasta ese momento sus interpretaciones no trascienden los marcos del oficio y la disciplina. Están secundados por un cuadro notable de actores y actrices secundarios, quienes aportan color pero no profundidad al relato rectilíneo uniforme de ascenso, caída y redención.

Zaillian basó su guión en un polémico artículo sobre «la realidad» de la mafia negra y el narcotráfico en Nueva York en los años 70, y para huir de la posible acusación de racismo más o menos sutil (repetición del esquema ancestral: blanco civil y bondadoso-negro narcotraficante y corrupto) su filme deriva gradualmente a la justificación y/o alabanza de lo ilícito y delincuencial. Pero incluso en su apología soterrada del «pobre» criminal, decidido a mejorar su vida, y la de su familia, a cualquier precio, American Gangster tampoco aporta demasiado a una lista de «ilustres» delincuentes inscriptos en la historia del cine. Hay decenas de películas fuertes, que el fárrago de tantas redundancias consigue emocionarnos con el retrato de la noble cruzada contra la corrupción, y a favor de la verdad y la justicia, el épico espectáculo de crimen, castigo y redención. Todo ello ha sido contado mejor en otras ocasiones. Ridley Scott llega tarde y yerra el tiro.

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