Exposición de paisajes de Raúl Jesús García promueve el desconcierto

La original muestra del artista plástico pinareño se expone en la galería del centro cultural Fresa y chocolate de la capital cubana

Autor:

Rufo Caballero

Inundación, óleo sobre lienzo del artista de la plástica Raúl Jesús García. El paisaje parece cosa fácil hoy día, pero no lo es. En modo alguno. Si existe un género difícil en la actualidad, reacio al juicio de valor claro y pronto, ese es el paisaje. ¿Por qué? ¿Por qué la apreciación estética de este género incomoda a cientos de especialistas en el mundo y pone en ascuas los criterios supuestamente asentados?

El primer gran renovador del paisaje moderno fue el inglés Guillermo Turner (1775-1851), a quien se le considera no solo un precursor del Romanticismo —tendencia que se establecería más que todo en Francia— sino incluso del Impresionismo. Con una palabra resolveríamos el conocimiento de la aventura de Turner: subjetividad. A partir de este notable pintor, el paisaje no tendría que reproducir miméticamente el entorno natural, ni cumplir con los parámetros del ilusionismo. Por lo menos, no necesariamente. Después de Turner, cuanto importa es la visión interior del paisajista, la dimensión del prisma que mira, imagina y siente, más que el rigor de quien reproduce con virtuosismo y resulta eficiente siempre que semejante.

El verismo naturalista entra en crisis, y la subjetividad del creador, por lo general atormentada, plasmará ese paisaje que siente y «ve» en su mente: el color y la luz, recursos expresivos por excelencia, suplantan el rigor de la composición clásica. Turner anticipa la gran cualidad romántica: el estado de la naturaleza es un índice del estado emocional del artista o poeta; al tiempo que, efectivamente, vislumbra un hallazgo que solo décadas más tarde, con el Impresionismo, se concretará: el delineado del tema irá cediendo ante la primacía de las formas culturales y la investigación plástica en torno a la luz y demás componentes de la expresión.

Hasta aquí todo sería relativamente fácil: el artista se liberó de las ataduras de la reproducción mimética, gracias al proyecto autónomo del arte moderno. Pero todo se complejiza con la llegada del posmodernismo, a partir, aproximadamente, de los años 60 del siglo XX. Con este se afinca el gusto por el simulacro, por el juego mimético como otra posibilidad de conjugar arte y vida (algo que la modernidad había ensayado de otra manera), por el espejismo cultural como fascinante ejercicio de estilo. El mall, los gigantes centros comerciales, serán reproducciones de la estructura de la ciudad, a otra escala, y algunas nuevas ciudades comienzan a diseñarse como emulación de la estructura interna de un ordenador: «la ciudad computadorizada». El mimetismo deja de ser un problema; por el contrario, se convierte en un paradigma estilístico y funcional de primer orden. Claro, ya no será una reproducción ingenua, contenta con la veracidad de la similitud, a la manera de la Escuela de Barbizon (la que también hizo parte importante de la modernidad, todo sea dicho), sino un proceso estético mucho más complejo y, a veces, desfachatado.

En este contexto, ¿qué esperar de un paisaje pintado hoy? ¿Cuál sería la norma para valorarlo? Más cuando en Cuba, a mediados de los años 90, tuvo lugar un fenómeno sumamente interesante: volvió el gusto por «el específico» y por los géneros pictóricos (el retrato, el bodegón, el paisaje), aunque casi siempre como subterfugio, y hasta como ironía del arte en relación con la (im)posibilidad de su claustro, de su cerrarse en sí mismo.

En medio de tanto tira y encoge, donde el paisaje puede ser todo y nada, aparece la exposición Espejismos y ensoñaciones, de Raúl Jesús García, en la galería del centro cultural Fresa y chocolate. A las complejidades aludidas anteriormente, se adiciona otra: Raúl es pinareño. Y con esto no doy lugar a los célebres chistes sobre los pinareños, esa gente noble y maravillosa, sino a un nuevo condicionamiento del análisis: no son pocos los especialistas que aseguran que existe una verdadera «escuela pinareña del paisaje», en tanto puede seguirse toda una tradición de artistas interesados en registrar y recrear esa geografía del mogote, ciertamente tan inspiradora. Los creadores que en los últimos años han dignificado esa tradición son justamente aquellos que convierten la motivación física en otra cosa, los que han pintado su propio paisaje interior, que no deja de ser pinareño ni cubano; los que han compartido su mogote interior, y han personalizado el tópico de la geografía incitante.

¿Qué hace Raúl Jesús con el paisaje? ¿Complace a tirios y a troyanos? ¿Los divide para siempre? ¿La suya es una interpretación moderna del afuera, o una relectura posmoderna?

Creo que en este minuto, Raúl Jesús tiene desconcertada a media Habana por una razón salomónica: su pintura se mantiene equidistante de todas las opciones. Su paisaje no deja de acusar el posible virtuosismo de la reproducción: si bien no resulta mimético, nada hace por escamotear el oficio del dibujo, la perspectiva atmosférica, la gradación de color y el juego con la temperatura de los tonos. Pero, al mismo tiempo, se trata de un paisaje rabiosamente sujetivo, no verificable como no sea en la especulación artística del pintor. Ahí está la aparente paradoja y la gracia del paisaje de Raúl: sin dejar de observar, sin dejar de «reseñar» de un todo el afuera, esa realidad visible y tangible, el artista pinta escenas absolutamente debidas a su imaginación y a su juego de referencias con la Historia del Arte (escenas naturales voluntariamente concebidas «a la manera de...»): una ciudad costera asolada por la noche inclemente y enigmática —especie de fuego negro—; una campiña brumosa y atormentada, al cabo de la cual se anuncia un misterioso naufragio; una extraña cascada «aérea» sobre los mogotes, que más bien parece la imagen alucinante del deshielo salido de la aproximación de la capa de ozono (todo esto, ¿en el trópico?), etc. No vemos al hombre descrito; sin embargo, los paisajes comentan situaciones emanadas del conflicto de lo humano con lo social y hasta con lo nacional. Lo social entendido siempre como lo contradictorio (lo aciago y lo placentero) de la escena rural.

Así, el espacio artístico de Raúl Jesús se llama incertidumbre, perplejidad. Él conduce el paisaje a tierra de nadie: a su propia geografía; una naturaleza de la inventiva y del rebasamiento de la menor tiranía mimética. Y esa propia sensación despierta en el espectador: lo descoloca, le crea una crisis de interpretación, lo deja sin asideros nítidos. Y ello, francamente, está muy bien, porque ahí reside el privilegio del arte: desbancar todas las certezas, desactivar todas las seguridades, comenzar siempre de cero.

Frente a la obra, resulta incluso peligroso establecer jerarquías, porque, al intentarlo, el crítico no hace más que transparentar sus preferencias estéticas, sus debilidades o sus prejuicios. Pongo un ejemplo: en algún momento he pensado que son mejores aquellas obras de mayor síntesis expresiva, donde el efecto de transfiguración de lo real suscita la impresión de un juego estético con los códigos de la fotografía, y donde la condensación de la idea pictórica, lejos ya del descriptivismo, asegura una comunicación más penetrante y sugestiva, de impacto casi más gráfico que propio de la contemplación académica. Al opinar eso, puedo estar: a) revelando un subconsciente apego hacia el modelo moderno del paisaje, tan tendente a la autonomía de la expresión, casi un homenaje a Turner; b) superponiéndole a lo anterior un gusto determinado por el ademán intergenérico distintivo de lo posmoderno: el montaje entre pintura, fotografía, diseño; c) denotando un prejuicio contra el ilusionismo y la semejanza, cuando ya sabemos que estos pueden ser intencionales ejercicios de estilo y de juego cultural.

Entonces, caballeros, lo mejor es disfrutar. Disfrutar y nada más. Ante la polémica que levantan las piezas de Raúl Jesús, no hay que cruzarse de brazos, pero tampoco permitir que a uno se le ponga la cabeza mala. Darse, como el propio artista, la libertad de las mareas, y gozar la gracia y la virtud de estos paisajes suspendidos en el desconcierto. A fin de cuentas, Espejismos y ensoñaciones llega a evidenciar, una vez más, que se acabaron los despotismos en el arte y que todas las hegemonías son ya hoy historia antigua. La recepción de estos paisajes debe sudar la misma condición que los inunda: libertad. Libertad estética. Es que sudar no sería un buen término, ahora que hablamos de disfrute. La recepción debe deleitarse justo con aquello que invita a una notable gozadera artística.

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