El ujier y otros relatos

El tintero pone a disposición de los lectores tres relatos breves nacidos de la imaginación del joven narrador cubano Rafael de Águila.

Autor:

Juventud Rebelde

El ujier

Un ujier conduce a un grupo de hombres a través de un largo pasillo. Los hombres, serios y reconcentrados, no hablan entre sí. Cada cierto tramo el ujier se detiene y abre una puerta adosada al muro. Todos se afanan en mirar dentro, quedan pensativos, exigen garantías, el guía se encoge de hombros y nada dice. Tras muchas dudas algún hombre decide entrar, el ujier le palmea la espalda, le desea suerte, e intenta cerrar; el hombre quiere antes saber si la elección le es propicia, si no ha equivocado el camino, el ujier nada dice pero le sonríe con ternura, su deber es abrir ante todos la puerta, permitir que hagan elección. No les toma cariño a los usuarios, sentimiento que en su labor carecería de objeto. En ocasiones (esos raros privilegios que otorga la experiencia) ciertos indicios le hacen intuir errores de elección, mas el reglamento prohíbe alertar a ser alguno. A cada grupo se asigna un ujier, cuando este ha logrado que todos hayan hecho elección regresa y toma otro grupo. Así ha resultado siempre, nadie duda de la eternidad del ciclo. Un buen ujier no debe reflejar signo alguno que pueda ser interpretado como señal de aprobación o rechazo ante cualquier elección probable, debe poseer un rostro frío, inequívocamente neutro; solo así puede tenerse la certeza de que los hombres, libres de toda interferencia, elijan por sí mismos. Duro es el oficio; durante años se vaga por infinitas galerías, corredores en los que se abren millones de puertas, y el ujier, conocedor del espíritu humano, ha logrado intuir que las acciones de un hombre son las acciones de todos, que los hombres resultan tan repetitivos como las reses, tanto tiempo de ujier no ha hecho sino reforzarle esa idea. Ahora, sin embargo, un hombre le mantiene preocupado; al inicio fue de los primeros en examinar cada camino, después comenzó a verle juzgar cada vía con mirada hueca, fue testigo de cómo le ganaba la desesperanza o quizá el hastío. El ujier comienza a traicionar su arte; teme que el hombre carezca del valor mínimo para hacer elección y le impulsa a obrar con elocuentes miradas. Llega el día en que quedan solos. El ujier, gran psicólogo, alcanza a percatarse del gesto cansado y con toda la experiencia con que su dura profesión le ha dotado, trata de infundirle ánimos; no quedará sin puerta, asegura, restan cientos de galerías por recorrer. Una tras otra el hombre rechaza todas las puertas, apenas pierde tiempo en mirar dentro. El ujier se alarma; jamás se reportó caso igual. Llega el instante en que se sabe en la última galería y le insta, fervientemente, a elegir. Traiciona definitivamente su credo al confiarle un secreto: la decimotercera puerta le deparará no pocas alegrías, «es una buena puerta», le anima. La mantiene abierta el doble del tiempo que admiten los reglamentos. Al ujier le bullen las esperanzas; el hombre suspira, se detiene a mirar dentro, mas pronto le ve negar con la cabeza. Apesadumbrado, el ujier declara que han arribado al límite. «¿Es que no te ha agradado camino alguno? Los había muy buenos», alcanza a decir en un hilo de voz. El hombre señala galerías oscuras. «¿Qué tienen ahí?» El ujier no lo sabe, jamás se ha autorizado a entrar en ellas, ni siquiera se les menciona. El hombre se tiende en el suelo y bosteza. El ujier explica que deben recomenzar el camino, debe elegir, no puede ser tan difícil, millones han elegido antes, él puede mostrarle vías muy seguras. «¿No comprendes que de no lograr que elijas no puedo regresar?», suplica. El hombre le mira muy serio. «Ya elegí», asegura. El ujier lo piensa mucho, no puede abandonar al resto, a los que en la galería inicial aguardan. Consternado, anuncia que debe retornar por otro grupo. Desde el suelo el hombre alcanza a tenderle la mano, «Que tengas suerte», le desea. El ujier toma el camino de regreso. El hombre le sigue con la vista. Pobre tipo, piensa.

Vida de la ciudad

El fuego comenzó en un restaurante de la parte céntrica, nadie supo las causas, apareció como suelen hacerlo los eventos que no se esperan, sin aviso. Ante las primeras llamas los vecinos acudieron con baldes de agua, por un instante pareció que podrían lograrlo, después el fuego se agitó con violencia y los vecinos nada pudieron. Entonces llegaron los bomberos con sus carros-bombas, las gruesas mangueras color gris, hacia lo alto se estiraron largas escaleras que relucieron al sol. A la tarde ni el fuego decrecía ni el agua dejaba de fluir, la pelea era pareja y los elementos pulseaban con suerte idéntica. Los vecinos se ofrecieron para ayudar y fueron admitidos. Muchos se sorprendieron de que el fuego avanzara hasta la periferia, barrios alejados del centro ardían y las autoridades se esforzaban por convencer a la gente de la necesidad de abandonar las casas. A la puesta del sol el cielo tomó un curioso tono rosado y desde abajo las llamas mixturaron cielo y tierra en un lienzo de colores cálidos, espectáculo tan digno de verse que hasta los bomberos, enemigos como lo son de esas tonalidades, no dejaron de admirarlo. Fue en la noche que las llamas inundaron toda la ciudad y creció el ejército de pueblo y bomberos que se afanaba contra ellas, el fuego y el agua peleaban duro y las fuerzas dejaban de favorecer para entonces a esta última; las llamas volatilizaban los grandes chorros de agua y el humo resultante ascendía veloz alimentando los cúmulos y nimbos que flotaban por encima. Más agua, solicitaban a gritos los bomberos, y no dejaban de llegar carros-bombas, mangueras de mayor calibre, aullaban otros, y se les hacían llegar tales, hombres hubo que se lanzaron entre las llamas, se adentraron resueltos armados de mangueras y jamás volvieron, quedaron las mangueras vomitando agua a su libre albedrío, ya sin manos para sostenerlas pero vivas, irredentas, bullentes aún de esfuerzo. Ya en la madrugada las llamas alcanzaron las lindes y tropezaron con los árboles, más allá estaban los campos de verde oscuro adonde solía irse la gente de solaz los fines de semana, se extiende al campo, gritaron los bomberos, el fuego, sin embargo, se detuvo en el verde, serpenteó paralelo a la barrera de hombres y agua que se le oponía y retrocedió, fue un grito de victoria a una sola voz, los hombres se regocijaron ante aquel primer signo de manifiesta debilidad, las mangueras multiplicaron entonces sus chorros, para entonces las había que regaban espuma, volutas que lo llenaban todo de color blanco, a las narices un hálito jabonoso, desde aviones se dejaba caer enormes bloques de agua y un ruido como de sartén hirviente barrenaba los oídos. El fuego, obstinado, volvió a recorrer la ciudad en remolinos de espanto y ya no quedaron casas que barrer ni avenidas que borrar, se acabó, gritaron desfallecidos los hombres, con tristeza se les vio recoger las mangueras, subirlas a los carros, y aunque no era fin de semana se fueron todos al campo, sobre el verde esperaban las mujeres y los críos, los ancianos lloraban la pérdida de la ciudad, los heridos, llenos de rabia, no dejaban de ofender al fuego. Los carros de agua quedaron inertes a un lado y todos se dedicaron a cuidar de los heridos, les vendaron, les inyectaron para aliviar el dolor, les lavaron las heridas para desalentar infecciones, las mujeres premiaron con besos a los bomberos más abnegados y a los muertos se les enterró con honores y discursos. A la mañana siguiente todos dormían y algunos carros a los que no se hubo de arriar las escaleras las dejaron brillar al sol, largas como bambúes. Desde el sitio que antes había ocupado la ciudad se levantaba muy negro el humo. Columnas y columnas de humo negro. Los cuervos graznaban y el cielo, impregnado de gris, se llenaba de auras.

Excelencia del proceso

El Departamento Uno es el elemento más importante de la estructura; tiene la misión de hallar los sitios donde existan piedras; atendiendo al carácter continuado (y a pesar de todo algo errático) del proceso, las piedras han comenzado a escasear y los expertos de esta área deben esforzarse para encontrar un buen sitio.

El Departamento Dos tiene la tarea, a todas luces titánica, de transportar las piedras desde el sitio de origen hasta el de destino. Una flota de transportes terrestres, marítimos y aéreos asegura con eficiencia este cometido, flota que actúa con reconocida disciplina y absoluta seriedad.

El Departamento Tres recibe las piedras y tiene a su cargo el cuidado y almacenaje hasta que los clasificadores del Departamento Cuatro arriban al sitio y comienzan su difícil labor; estos hombres, concienzudos y enigmáticos, clasifican cada piedra atendiendo a color, peso, tamaño y constitución química; ya sea basalto, mármol, granito o feldespato. Una vez debidamente clasificadas las piedras son introducidas en una cámara donde por diez días son sometidas a muy bajas temperaturas con el fin de eliminar cualquier plaga, si ello no bastara se les fumiga con bromuro de metilo en proporción capaz de causar la muerte a un elefante. Esto ya lo hace el Departamento Cinco que goza de vasta credibilidad puesto que jamás piedra alguna ha sido detectada como portadora de plagas una vez concluida esta fase.

El Departamento Seis está constituido por un grupo de expertos que juzga y da fe de la total calidad de cada ejemplar de piedra, una vez seguros de esto se emite un documento con las debidas diligencias, documento que debe ser firmado por cada uno de los participantes.

El Departamento Siete no es menos importante, tiene la responsabilidad de embalar y estibar las piedras sobre transportes destinados a esos efectos, operación que debe observar normas muy estrictas.

El Departamento Ocho transporta las piedras bajo extremo cuidado con el ánimo de que no se reporten averías o pérdidas. Todo acontecimiento de esa naturaleza es catalogado como grave y se investiga con meticulosidad.

El Departamento Nueve vigila las vías para asegurar que no existan elementos que las obstaculicen y de esa manera garantiza la seguridad del proceso, sus miembros son los más fuertes y sagaces, y esta resulta una actividad gratificante y debidamente retribuida.

El Departamento Diez descarga las piedras con gran cuidado en los sitios de destino final y debe velar porque tales sitios coincidan en cada caso con los sitios primarios en los cuales fue hallada cada piedra para, de tal suerte, no afectar el ecosistema. Es precisamente en este último Departamento donde se concentran las quejas ya que la región se ha ido quedando sin piedras lo que incide negativamente en la continuidad del ciclo. Se sospecha de la existencia de un grupo secreto, una red delictiva cuya actuación se concentra en el desvío de las piedras, en impedir que estas arriben al sitio inicial del cual fueron tomadas.

Esto ya constituye un problema de seguridad nacional y para enfrentarlo se ha decidido la creación del Departamento Once.

Rafael de Águila Borges (Ciudad de La Habana, 1962). Tiene dos libros de cuentos publicados, Último viaje con Adriana (Editorial Letras Cubanas, 1997) y Ellos orinan de pie (Letras Cubanas, 2006). Relatos suyos también figuran en las antologías Poco antes del 2000 (Letras Cubana, 1998) y Los gatos de Estambul (2008).

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