Grupo de teatro callejero Gigantería desborda su arte

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El grupo de teatro callejero Gigantería desborda su arte desde hace ocho años en la Plaza de Armas, demostrando que el teatro puede hacerse más allá de escenarios y lunetas

Cada día cientos de transeúntes desandan las calles del Centro Histórico de La Habana. Lo que quizá pueda ser un viaje predecible y cotidiano se transforma a la vuelta de la esquina: zancos, colores, malabares, estatuas vivientes y ritmos pegajosos al compás de la corneta china hacen del caminante un actor, partícipe de una magia que inunda las antiguas calles de la ciudad.

El grupo de teatro callejero Gigantería conjuga perseverancia y voluntad para que, más allá de los obstáculos materiales, el buen trabajo artístico lo convierta en un referente del teatro de calle en Cuba.

Algunos con las herramientas que brinda el trabajo de aficionados, otros sin formación teatral, todos guiados por un teatrólogo soñador, se unen bajo el empeño común de trascender los habituales límites del arte.

Historia de los gigantes

Gigantería es uno de los mayores exponentes en el país de la técnica de las estatuas humanas y potencia al máximo el valor de la gestualidad. Comenzaba el año 2000 y el Festival de Danza Callejera presentaba a un nuevo grupo de artistas que se adueñaba de las calles desde la mirada de sus largas piernas de madera y de sus habilidades teatrales.

Gigantería vio la luz a partir de la comunión de tres grupos de teatro: Somos la Tierra, Tropazancos y Cubensis, quienes al cabo de un año se separaron. Uno de los principales inconvenientes era la falta de liderazgo y con ello la óptima coordinación de los trabajos.

Somos la Tierra, que operaba en espacios urbanos y emprendía acciones ecológicas, tuvo como antecedente al proyecto teatral Chispa, dirigido por Vicente Revuelta en Teatro Estudio entre 1997 y 1999.

Rememorando aquellos tiempos, Roberto Salas, director de Gigantería, comenta que la base del trabajo radicaba en la experiencia comunitaria. «Para Revuelta resultaba más importante la espiritualidad que la técnica teatral, y su manera de pensar ha marcado nuestro quehacer posterior en cuanto a la importancia del trabajo en colectivo».

Andrés Pérez, miembro fundador, asegura que Vicente manejaba la actuación alejada de los requisitos académicos. «Fue determinante en nuestra formación», enfatiza.

Basándose en esos conocimientos Gigantería presentó Ceiba y tiñosa, su primer espectáculo de gran magnitud. En este confluían diferentes códigos artísticos, pero el peso de la actuación recaía en la oralidad, lo cual implicaba una limitante en la comunicación. Por ello esta primera presentación demostró la necesidad de apoyar sus actuaciones con la gestualidad y la música para lograr mayor entendimiento.

Actualmente el repertorio del grupo ha evolucionado. Si antes los montajes estaban dirigidos solo al público infantil, con simples dramaturgias como El trompeta de mercaderes y Pájaro en mano no muerde, hoy se añaden otros con guiones más elaborados como Sueño de una fiesta de San Juan, inspirado en la obra de Shakesperare Sueño de una noche de verano.

El arte y la calle

Muchos elementos enriquecen la labor creativa de Gigantería. Rescatadores de tradiciones de la cultura afrocubana y de festividades carnavalescas, este grupo «dialoga con la historia», al decir de Salas. Del mismo modo que dos siglos atrás los habitantes de la villa celebraban en las calles sus jolgorios, Gigantería retoma esos espacios para su quehacer.

Explica Salas que el trabajo encierra muchas variantes: «Tenemos la modalidad del Pasacalles, en la mañana, donde la improvisación gana en protagonismo al interactuar con la gente.

«Además tenemos espectáculos los fines de semana en los que nos acercamos más a la dramaturgia teatral establecida, con un lenguaje escénico más depurado. En algunos casos buscamos más implicación con el público mediante juegos y animaciones, y otras veces demandamos un espectador más pasivo, como sucede en Sueño de una noche de San Juan.

«Hemos tenido otras formas de trabajo, como talleres literarios, de música y del uso de los zancos, que van evolucionando junto con la dinámica del grupo.

«Lo innegable es que hemos crecido en la calle, desde la calle y para la calle, y esto ha determinado en gran medida las características del grupo».

Convertir al transeúnte en público inesperadamente implica un enriquecimiento artístico constante y a la vez grandes retos. Llamar la atención, hacer uso de los más disímiles espacios y transformar los obstáculos en materia para la labor teatral, son algunos de sus desafíos cotidianos.

«Trabajar fuera del teatro permite interactuar en un ambiente real, con un público que viene caminando y se encuentra el teatro ante sus ojos y lo único necesario es sensibilidad», refiere Andrés.

Uno de los pilares de la presentación cotidiana de Gigantería es el estatismo, para captar la atención a partir del silencio. Significa ir más allá del bullicio cotidiano e imponer su presencia de una manera atípica, en la que no se ha incursionado mucho en nuestro país.

Otro elemento sustancial es la música. En su mayoría las piezas parten de las tradicionales congas orientales asumidas por el sexagenario Tomás Oliva, quien de maquinista ferroviario pasó a ser el alma rítmica del grupo. A pesar de su edad es un incansable partícipe de las peripecias de Gigantería y, corneta china en mano, asegura: «Lo que hacemos me llega, no puedo estar tranquilo».

Mirar adentro

Luego de más de cinco años, este pproyecto es una presencia habitual en las calles y plazas del Centro Histórico de La Habana. Foto: Franklin Reyes El intercambio diario de experiencias aminora las deficiencias de aquellos que carecen de formación teatral profesional. Bernardo Pitaluga afirma que no haber pertenecido a una escuela le incita a buscar maneras propias, en aras de la originalidad, en lo cual influye el público sin proponérselo.

«Defendemos la idea de que sin academia se puede hacer arte de calidad», agrega Salas.

Por esto una secretaria, una cajera, un panadero, una maestra, un artesano y otros han tomado al grupo como laboratorio para crecerse y descubrir sus potencialidades.

«Me enamoré del trabajo del grupo. Me cuesta mucho apropiarme de los personajes porque carezco de la técnica, pero con dedicación lo he logrado», afirma Mayuli de la Torre.

«Soy otro de los fundadores —comenta Eric Herrera—. Estudiaba Historia en la Universidad y me vinculé al teatro. Aunque conocía las herramientas de este arte, Gigantería ha significado un aprendizaje constante en cuanto a la música y al mundo del teatro callejero».

A su vez, Andrés afirma: «Estamos aquí porque un día decidimos dedicarnos a esto, porque nos motiva esta experiencia de vida. Lo importante es madurar, y tener claro que el teatro es uno solo y debe asumirse como tal».

Más allá de la heterogeneidad del grupo, la creación colectiva define su labor, pues tienen como premisa respetar el necesario espacio de libertad individual para crear.

Trabajar con alegría

Gigantería tiene su base en la autogestión. Sus limitaciones en la obtención de recursos para maquillaje, vestuario y escenografía coexisten con sus ansias de hacer.

«Cada obra que presentamos tiene su base en la autogestión; por ello intentamos que cada producción sea artesanal, reciclando constantemente. También la programación y la difusión van por nuestra cuenta», explica Salas.

Otro reto indiscutible es la carencia de un local propio, que les facilite los ensayos y el almacenaje. Recorrieron variados espacios, hasta que la Oficina del Historiador de la Ciudad les ofreció temporalmente una habitación cercana a la Plaza de Armas, a modo de sede. Aun así este buen empeño no alcanza para acoger sus necesidades y sueños.

Gigantería es como una ciguaraya, dice Roberto Salas. «Sus ramas son fuertes y flexibles y constantemente intentan acomodarse a las circunstancias en busca de estabilidad y fortaleza».

Mientras tanto, estos gigantes sueñan y les ofrecen la posibilidad de soñar a todo el que transita por las calles del Centro Histórico de La Habana Vieja.

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