Roly Berrío, referencia de la canción trovadoresca contemporánea

El cantautor cubano protagonizó otra edición del Patio de Baldovina, espacio que el último viernes de cada mes puede disfrutarse en la sede capitalina de la revista La Jiribilla

Autor:

Juventud Rebelde

Roly en el espacio dedicado a la buena música. Foto: Kaloian Santos/ La Jiribilla Otra edición del felizmente reiterado Patio de Baldovina, espacio del último viernes de cada mes, trajo las canciones de Rolando (Roly) Berrío. Bajo las alas protectoras del ángel de La Jiribilla, llegaron hasta el patio de la sede capitalina de esta revista digital, las canciones de uno de los más importantes trovadores de su generación. La ocasión sirvió, además, para dar un merecido aplauso y homenaje al equipo de realizadores del espacio A guitarra limpia, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, por sus diez años de trabajo.

Roly Berrío, ex integrante del mítico trío Enserie donde militara con Levis Aliaga y Raúl Cabrera, se ha convertido, desde su trabajo en solitario, en una de las buenas referencias de la canción trovadoresca contemporánea. Compositor de imaginación desbordante, donde igualmente se mueve por registros de hermoso lirismo que por el absurdo y la humorada, hasta una suerte de costumbrismo actual alzado desde el amor o los más disímiles motivos y anécdotas para sus textos, este trovador ha ido perfilando un estilo propio y una calidad en su obra que lo ubican a la vanguardia de la canción más actual. La rica savia y constante ambiente creativo de ese potente polo trovadoresco en el que se ha convertido la ciudad de Santa Clara, tiene en Roly Berrío a uno de sus mejores exponentes.

Con su estilo desenfadado, informal en escena, lo que no impide su profesionalidad al encarar cada tema, Roly tiene la rara virtud de convertirse él solo en un show. Solo en el escenario, aunque esta vez tuvo la compañía ocasional de Sady y de Julio en las flautas en algunos temas, su presencia llena todo el espacio. Cada interpretación es un espectáculo en sí misma, cada canción lleva sus gestos, sus mensajes y todo un andamiaje de símbolos más allá del texto y de la música, que se tornan en sólido canal de comunicación hacia el público. Por cierto, un paréntesis a propósito del respetable, los responsables de atender a quienes desde La Jiribilla llevan adelante este espacio, deben prever una cantidad de sillas congruente con la asistencia. La escasa cantidad de asientos trajo consigo que un buen número de personas escucharan el concierto de pie, o sentados en los más disímiles lugares, con la correspondiente dispersión y los inevitables pero molestos diálogos, movimientos, murmullos y demás interferencias.

Y en esta tarde, además de varios números menos conocidos y recientes, regresaron los temas más esperados de Roly Berrío. Es, en cada una de sus presentaciones, un gustazo lo mismo irse hasta Matanzas en botella, llorar o reír derramando alguna que otra lágrima china, acompañar a su autor a limpiar el barrio, con la mano y con los pies, detenerse en la reflexión que trae consigo el vender a los muertos, que disfrutar de esa invocación de beso que concluye con el aplastantemente placentero reclamo de que toda tu boca se me venga encima. Muy a propósito del nombre de este espacio, vino esa tremenda canción que se llama El patio, honda remembranza de la niñez y de los espacios cercanos que siempre perduran en el recuerdo. Y qué decir de Olor, sin dudas una de las hermosas canciones que se han escrito en nuestra trova de todos los tiempos y una de las altas varillas de calidad para el quehacer trovadoresco más actual.

Para el final, llegó la muy simpática broma de Bernabeu, con acento portugués incluido que puso lista para el cierre de la tarde. A pesar del pedido de Roly de que otros trovadores se sumaran, una vez terminada su propuesta, vino muy bien la mesura y el pronto final del concierto. No todos los espacios troveros deben terminar en la consuetudinaria y por lo general maratónica descarga, casi siempre con grandes desniveles de calidad y plagadas de inexactitudes, desafinaciones, baches y otros demonios sobre la escena, y que al final termina siendo una mera sucesión de cantores sin ton ni son, por la lógica carencia de un ensayo previo o una mínima planificación. Ese tipo de desbordes terminan haciendo más daño a la trova, a los propios trovadores y al público, habitual o reciente, que los silencios oportunos y los cierres cuando se debe.

Aplaudimos por ello a los de La Jiribilla y ojalá sigan practicando esa bien pensada contención y orden y concierto para este proyecto. En tanto un espacio sea serio y bien armado, asimismo será el arte que brote de sus invitados y así serán los resultados y recuerdos que dejen en el público asistente. Luchar por mantener esa seriedad, ese respeto al arte y al rigor profesional para ofrecerlo, que no son sinónimos ni de aburrimiento ni de hierática formalidad, es una de las batallas de este Patio. A la larga, tanto los artistas como el público agradecerán los resultados. En tanto, con alas del ángel guardián de La Jiribilla, guitarra en la diestra y poesía en el alma, que siga sobrevolándonos la buena trova.

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