En días como estos - Cultura

En días como estos

Tintazos El guardián Iluminada por la creación Poesía de... Leyla Leyva Lima De la lectura a la escritura Tejer la despaciosa urdimbre de los días

Autor:

Juventud Rebelde

En días como estos resulta muy difícil no caer en lugares comunes, huir de frases hechas. No escribir textos sobrecargados de emoción es ahora casi imposible.

Decir, por ejemplo, que Carlos Cremata (Tim) no es solo el creador y guía de La colmenita, sino un ser extraordinario que dedica su vida a la pedagogía, o contar que los cubanos, cuyas casas quedaron en lamentable estado por el paso de los huracanes, no muestran la derrota que era de esperar, es ya conocido.

También se sabe que somos más productivos cuando estamos en medio de graves crisis, que nuestra tradicional solidaridad se duplica, que somos quizá el pueblo mejor preparado para resistir cualquier tipo de catástrofe, porque siempre nos ha amenazado la posibilidad de una guerra que sabemos devastadora.

Decir cosas así, en días como estos, puede ser retórico.

Sería lugar común alabar nuestra condición de entrega, nuestro desprendimiento, el altruismo de nuestros artistas, el sentido del humor que aflora a pesar de todo, y la certeza de que nos vamos a recuperar aunque demoremos decenios y nos falten de inmediato los muchos millones de pesos que se necesitan.

Puede parecer chovinista la afirmación de que en ningún otro país del mundo los artistas se ofrecen para ayudar, para colaborar en las formas que sean necesarias como en el nuestro.

Dicho todo lo anterior, y sabiendo que seré tildada de padecer de exagerado patriotismo, no queda más opción que compartir la intensa impresión que sienten los más de 300 artistas (cantantes, actores, actrices, magos, comediantes, narradores, poetas, pintores) que en días como estos recorremos la Isla, o permanecemos en distintos lugares durante semanas.

No queremos ser simples espectadores sino contribuyentes, obreros útiles con las herramientas que mejor conocemos.

Las anécdotas se multiplican día a día: cada quien tiene su propia historia, su cuento particular, su novela en ciernes, su futura dramaturgia, su próxima película, una nueva canción, un posible poema. Cosas que nadie puede arrebatarnos.

Nada quedará sin registro. A la memoria de quienes sufrieron el espanto de la indetenible fuerza del mar y de los vientos, se unirán las obras que perpetuarán esos momentos junto al largo proceso de la reconstrucción, que es lo que vivimos ahora.

Desde Gibara me cuenta un amigo que, al finalizar una de las funciones, se acercó a la brigada cultural un hombre cuyo aspecto impedía calcular la edad. Visiblemente afectado, apenas cubierto por un pantalón hecho jirones, pidió hablar. Dijo en público que no tenía más propiedades que la ropa que llevaba puesta, que su casa no existe más, pero quería entregar como agradecimiento a la brigada lo único que pudo recuperar del mar: un caracol.

Unas mujeres artesanas del lugar se acercaron para obsequiar a las actrices unas carteras hechas a mano, como regalo por el aliento que les habían llevado. Que alguien me diga si eso es melodrama, si nuestro orgullo de cubanía es injustificado, si este pueblo no merece la victoria.

En Sanguily, de La Palma, en Pinar del Río, conversamos con Juan Osvaldo Roig, hijo de un zacateca que construyó el central Niágara (posteriormente llamado Sanguily), quien nos hizo pasar a su casa, y nos brindó café. Nos contó que en una hora y 40 minutos, miembros del ejército evacuaron en cuanto vehículo fue encontrado disponible, a los 7 000 habitantes de la zona ante la amenaza del desbordamiento de la presa Mártires de La Palma, y que al regresar, las propiedades personales estaban intactas, aunque fueron destruidas alrededor de mil viviendas.

Insistió en que bebiéramos de su agua (que sabíamos escasa), y descalzo nos mostraba su techo, recorriendo la casa absolutamente en desorden, tratando de encontrar sillas en donde sentarnos. Mientras conversábamos, las canciones de La colmenita, ese colectivo que funciona como una familia idílica, desbordaba al pueblo que se arremolinaba frente al único sitio con electricidad.

Todos querían disfrutar del jolgorio repentino. Pensábamos que solo los niños acudirían al espectáculo, pero nos equivocamos. Con la excusa de que los más pequeños olvidaran por un rato la crítica situación, los adultos los acompañaban. En realidad nadie quiso perderse semejante fiesta. Tim Cremata mostraba un entusiasmo inusitado, era él mismo una tormenta.

Un desbordamiento humano que actuaba con la fuerza más fuerte de cualquier huracán.

Sus niños (no sé cómo) lograron olvidar el agobiante calor de esa tarde, se disfrazaban animando a todos y contemplé, avergonzada desde mi cómoda posición en el portal de Roig, cómo una conga fabulosa arrastraba al pueblo incorporando a ancianos, a jóvenes, a esos otros niños que no tienen la fortuna de ser dirigidos por Cremata, pero que igual quieren reír, cantar, jugar como si nada les hubiera ocurrido.

No importa si se es cursi cuando del corazón se trata: no temo parecer sensiblera si cuento que las palmas lloran la muerte como nadie, que las que permanecen en pie están inclinadas hacia el mismo lugar, como quien señala «fue por aquí, no lo olviden». Ni cuando digo que los bohíos de techo de guano fueron los únicos que resistieron, como diciendo «por algo hemos existido siempre». Tampoco me avergüenza reconocer que sentí pena por disponer de luz, de privilegios elementales como agua fría, o la posibilidad de no tener que dormir cada noche contemplando las estrellas directamente encima de la cabeza, como les sucede a tantos compatriotas en días como estos. Nos complació mucho ver a las brigadas de recuperación trabajando sin descanso. Al llegar a la cabecera del municipio de La Palma, mientras esperábamos al nuevo cambio de ropas de la tropa menuda con la que viajábamos, vimos un poste de luz inclinado, vencido justo frente a la Casa de Cultura. Una hora después, avanzado ya el repertorio Ajiaco de sueños, de Cremata, que los habitantes del lugar disfrutaban con igual intensidad que los de Sanguily, una brigada había reparado el cablerío, enderezado el poste, y aquí paz y en el cielo gloria.

Tim diría más tarde que La colmenita recibió más fuerza que la que ellos pretendieron llevar, que todo había resultado como un premio para el panal.

Nos falta mucho por hacer. Tanto, que puede parecer imposible, pero nada será más útil que adoptar cultura de país ciclonero. Reparar daños, ofrecer fuerza, recursos y ánimos, y a la vez prepararnos para los huracanes que vendrán, es el único modo de no dejarnos sorprender.

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