Tejer la despaciosa urdimbre de los días

Autor:

Juventud Rebelde

Creo que fue Astor Piazzola quien dijo algo así como que el tango era un pensamiento triste bajo la forma de un baile. De ese modo esbozaba una paradoja inquietante y revelaba sin «cerebraciones» confusas un modo de ser rioplatense.

Un contrasentido similar puede ser hallado en numerosas zonas de la literatura y el arte latinoamericanos, es cierto, pero el encanto, la voluptuosidad y la tristeza de la idea bailada pueden acaparar la imagen en su totalidad y dejarnos huérfanos de un concepto tan plácido como inaplicable a cualquier otra cosa que no sea un tango. Aun así me gustaría pensar que solo una percepción similar pudo mover los propósitos de Edda Fabbri cuando escribió Oblivion. También me seduce la idea de que solo otra paradoja, la de la espontaneidad del acto de escribir unida al ejercicio de rumiar los recuerdos que la han desvelado por años, pudo hacer de un libro inicial, de su primer libro, una verdadera joya del género testimonial.

Oblivion, que significa olvido, en inglés, no solo es el título de una pieza muy famosa de Astor Piazzola, es, además, el nombre que, incrustado en el pórtico del libro de la Fabbri, nos obligará a transitar por la obra con una triste melodía bisbiseando en los oídos. Es una treta muy necesaria e inteligente para advertirnos que las páginas que se avienen solo tendrán sentido a partir de un obligado recurso a la dicotomía memoria/olvido. Tengamos en cuenta que en cierto momento la autora nos señala que tenemos derecho a olvidar, también a desconfiar de los recuerdos. Ella revela con sabiduría: «No sé si uno escribe para olvidar o para recordar».

A pesar de la brevedad y la aparente sencillez, esta mujer, ex miembro del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros de Uruguay, es capaz de provocar una serie de raros y encontrados sentimientos: el dolor que nos traspasa hasta convertírnoslo en propio, lo trágico y lo dramático, todo ello sublimado por el placer de lo que pocas veces se discursa desde lo poético. Y es la delicadeza de la poesía el elemento que recorre el texto desde las primeras páginas, pero que solo posterior a la lectura nos induce a la apertura de los significantes de una palabra-título-de-tango, que a primera vista nos resulta incongruente con una realidad a la que poco a poco accedemos, primero, desde nuestra ingenua posición de voyeur y, más tarde, involucrados por las estrategias de un relato perfectamente concebido, como prisioneros de esa misma cárcel de mujeres que solo puede ser revelada —he ahí la incapacidad de la memoria— por el verbo.

El libro ha sido concebido para dar fe de dos tiempos de una misma tragedia. En el primero se narra el instante (1971) en que la autora fue encarcelada. Y es aquí cuando conocemos de la cotidianidad de un presidio, del papel que juega el silencio, la incomunicación, el desamparo político y el absurdo moral en un mundo al margen de la condición humana. En el segundo momento se atropellan los sucesos: una fuga, una vuelta a la cárcel en 1972, la salida de la prisión por la amnistía promulgada en 1985, el retorno a lo que pudiera ser el mundo real: «Tengo que empezar por el final. Tengo que inventar algún final aunque sea provisorio, para poder empezar...», hay desesperación, perentoriedad en esta frase inicial y final de la autora. ¿Es que intuye que el silencio, en sí, no es capaz de obrar garantías?

Llama la atención que, aunque denuncia y descorre las cortinas de un pasado reciente, Oblivion para nada se convierte en un panfleto regurgitado por el odio, lo cual no impide que, de una manera casi real, accedamos al sufrimiento ajeno. Dueña de una autenticidad conmovedora, Edda Fabbri se vale de la poesía no como adorno, mucho menos para minar la dureza de la realidad o para endulzarla, sino para hacérnosla ver tal como ha aparecido, con el paso de los años, en su memoria invadida por un presente confabulado con la injusta pero natural indiferencia. El mundo de las prisiones de mujeres en Uruguay durante la dictadura militar, el absurdo de un universo dominado por un poder despótico e inhumano, el recurso vital de la palabra escrita como instrumento de denuncia y de autosalvación, son algunos de los elementos más significativos de este libro. Oblivion, no lo dudo, habrá de convertirse, desde ya, en una obra maestra del género testimonial. Edda Fabbri ha sabido tejer bien la despaciosa urdimbre de los días.

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