La palabra en tiempos de (re)fundación

Tintazos Butterfly effect Poesía de... José Martí Leer, esa felicidad Premios de la crítica 2007

Autor:

Pedro De La Hoz

Ilustración: Armolo ¿Cómo lograr que la palabra exprese el cuerpo de la nación?, ¿de qué manera abrir nuevos caminos sin traicionar esencias?, ¿cuál es el justo precio de una entrega necesaria e impostergable?

Estas preguntas flotan sobre el aire de este octubre en uno y otro confín de nuestras islas, y aun en otras latitudes, dondequiera que un escritor o escritora asuma su compromiso con los suyos y su época.

Como telón de boca, más que de fondo, dos referencias históricas y la ansiedad de nuevas circunstancias. En las primeras se entrelazan el recuerdo del inicio cuatro siglos atrás de la trama literaria urdida a partir de la composición del poema épico Espejo de paciencia, por Silvestre de Balboa, escribano del cabildo de la villa de Santa María de Puerto Príncipe, y la memoria de Perucho Figueredo completando el 20 de octubre de 1868 las estrofas de lo que devendría nuestro Himno Nacional.

En el texto de Balboa, asomó un héroe singular: el negro Salvador Golomón —recreado magníficamente muchísimos años después por Alejo Carpentier en la novela Concierto barroco, uno de cuyos protagonistas, Filomeno, desciende de la estirpe de aquel guerrero. No es posible obviar los vasos comunicantes entre la sustancia del poema y el ímpetu que llevó a Figueredo a escribir los versos de un canto de combate entonado precisamente pocos días después de que Carlos Manuel de Céspedes, en La Demajagua, unciera al grito emancipador la decisión de liberar a los esclavos.

Si desde entonces se transparentó la entrañable e indivisible unidad de patria y justicia social, esas nociones, que nos han acompañado siempre, se han convertido en estos momentos en acicate de reafirmación para todos los cubanos —entre ellos, desde luego, las mujeres y los hombres de letras— inmersos en la ardua, paciente y laboriosa tarea de reconstruir un país devastado por dos poderosos huracanes.

Muchas y diversas han sido las respuestas, pero la vocación ha sido la misma: servir, y cobrar y hacer conciencia del valor de la palabra en estos nuevos tiempos de fundación.

En vísperas del 20 de octubre, al aire libre, un nutrido grupo de personas se agolparon en una acera del centro de Nueva Gerona, en la Isla de la Juventud, para escuchar a los Premios Nacionales de Literatura, Reynaldo González y Miguel Barnet. Uno evocó a la Cecilia Valdés, de Villaverde; otro, las peripecias de los gallegos en Cuba. Ni el calor insoportable ni la impertinencia de la hora lograron distraer la atención. Padre e hija —no pregunté sus nombres— explicaron tanta avidez: para él, «tener a escritores entre nosotros es algo que nunca dejaremos de agradecer»; para ella, «esto es una forma de aprender». Luego supe que solo una semana atrás habían podido regresar al amparo de su hogar, con el techo arruinado por la fuerza de los vientos.

Otra geografía, la de Barcelona, España. Escritores cubanos exponen razones y criterios en la Feria Líber. La campaña mediática que presenta a los literatos de la Isla como seres adocenados no ha cesado. Un diario como El País solo da cabida a quienes dan la espalda. Sin embargo, una muy talentosa joven poetisa y novelista pinareña, Glevys Coro, no se sonroja para decir: «La mayor fortaleza del escritor nacido en Cuba, radicado en Cuba, descansa sobre la saludable circunstancia de tener mucho de qué escribir y poder hacerlo con el mayor desprejuicio del mundo».

El escenario alucinante del poblado Manuel Sanguily, en la costa norte de Pinar del Río, sitio por donde Gustav primero y luego Ike salieron a la mar al término de sus faenas destructivas, hizo que el poeta y ensayista Víctor Fowler, autor del excelente libro El maquinista de Auschwitz, Premio de la Crítica en el 2004, se detuviera a contar la inefable experiencia de una jornada en la que acompañó a los niños actores de La Colmenita y concluyera su crónica con breves y contenidas palabras que se explican por sí mismas: «Fui adonde sentí que debía. Escuché el llamado que merecía ser escuchado. Compartí con quienes, en medio de los golpes y sin imaginar que así fuera, me purificaron. Elegí».

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