Alain Kleinman y el color de la remembranza - Cultura

Alain Kleinman y el color de la remembranza

El pintor francés de origen judío que escogió La Habana para su primera exposición en el continente, revela a JR sus secretos sobre la temática de la memoria, con que atrapa su pasado y el de su pueblo... Y la de La Habana

Autor:

Juventud Rebelde

La escalera, obra inspirada en una de esas añejas estructuras vistas en París, tiene una especial significación para el pintor francés Alain Kleinmann, y por ello la trae a La Habana, para compartirla con el público cubano. La pintura de Alain Kleinmann quedó atrapada en el pasado. Y aprendió de los años el color de lo añejo, la imprecisa figura, la materia que a retazos se quebranta.

Al contemplarla sientes que estás participando del hallazgo de un pergamino, milenariamente escondido en una vasija de barro. Tanta remembranza invita a la fantasía, a realizar tu propio viaje desde los confines lejanos servidos por el artista.

Viajero en el tiempo es la primera exposición de Kleinmann en el continente latinoamericano. El edificio de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes presenta una selección de 44 piezas, donde se puede apreciar la tipología de la memoria, temática con la cual el creador ha dado a conocer su obra en instituciones relevantes como el Museo de Pompidou en París, el Palacio Velázquez de Madrid y la Galería Tretiakov de arte contemporáneo en Moscú.

En esta ocasión Alain Kleinmann nos regala, junto a sus más conocidos cuadros que se insertan dentro del llamado arte judío, una nueva memoria: aquella que se esconde en la vetusta arquitectura de La Habana.

— ¿Por qué la memoria?

—Provengo de una generación de judíos de Europa del Este, hija de aquella que sufrió la gran violencia histórica del Holocausto. Para saber quién soy y cómo he tenido la suerte de vivir, me sentí obligado a trabajar sobre mi memoria y la colectiva.

—¿Cómo se inserta su obra dentro del arte judío?

—La ley judía precisa la manera en que nosotros podemos realizar nuestras representaciones. La condición es que nunca se lleve a cabo una imagen perfecta, de manera que no se establezca ninguna ambigüedad con la idolatría.

«De ahí que en mi obra se insertan rostros desdibujados, como corroídos por el tiempo, que no pueden identificarse con una persona específica, con alguien que tenga un nombre y apellidos, sino más bien fisionomías de rasgos cotidianos, cosmopolitas.

«Esto es muy importante para mí porque aunque trabajo específicamente mi memoria, la judía, pretendo también atrapar la idea de la memoria universal.

«En esta exposición hay muchos ejemplos de esta intención: están las series sobre la arquitectura de La Habana Vieja; Cariátide, que expresa el aliento de las construcciones, pero del continente europeo; y aparecen fotos de familia que pueden evocar el recuerdo de muchas otras que han existido en Francia».

—¿Establece alguna diferenciación para atrapar las memorias de culturas tan diversas?

—Creo que la diferencia la debe establecer la cultura misma; yo solo procuro adentrarme en el pasado utilizando su propio lenguaje, a partir, por ejemplo, de documentos de familias diferentes.

—¿Son documentos reales o se trata de su visión personal?

—En realidad se trata de una larga historia. Comencé este trabajo cuando al morir mi tía me quedé con un gran paquete de fotos que ella me había dejado. Pasé muchas horas mirando cada una de las imágenes; habían sido tomadas en Rusia y no tenía la menor idea de quiénes pudieron ser aquellas personas que aparecían retratadas. En mi imaginación trataba de reconocer a un posible tío o primo, pues mi tía ya no estaba allí para contarme la verdadera historia contenida en cada instantánea.

«Fue así como comencé a trabajar la pintura con algunas de esas fotos y después adquirí otras en mercados de anticuarios. La única regla que me impuse fue que las personas parecieran comunes, sin historias propias, para provocar, quizá, mi misma experiencia. De manera que cualquier persona pudiera proyectarse imaginativamente e identificar rasgos familiares o de conocidos».

—¿Cuál fue la estrategia a la hora de representar la memoria de La Habana?

—Evidentemente hay una diferencia entre estas obras y lo que tradicionalmente he hecho. Pero la verdadera respuesta, la más honesta, es que el cambio no responde a algo planificado. Es más bien el resultado de un primer acercamiento al espacio cubano, un sentimiento específico que nació cuando unos años atrás visité la capital y quedé obsesionado con esta arquitectura maravillosa. Durante mi estancia me dediqué a estudiarla, y para ello tomé muchas fotografías y realicé varios diseños.

«Cuando llegué a París con todos esos materiales, quise darles forma a tantos sentimientos. Experimenté con polvo de oro y de plata, lo que me permitió expresar la increíble riqueza escondida en la pátina que envuelve la ciudad. Era un poco tratar de encontrar toda la emoción que encierra la vieja Habana, que es única en el mundo.

Quienes se acercan al edificio de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes por estos días, también pueden apreciar una visión de la ciudad desde el pincel de Kleinmann. «En la búsqueda de un material que comunicara lo antiguo, encontré el azúcar. Bien mezclado con cola acrílica producía ese nuevo «vocabulario» que estaba persiguiendo. Y nada mejor que este producto, tan simbólico de la cultura nacional cubana para expresar su arquitectura.

—La obra La escalera se aparta mucho de este estilo creado para las habaneras. ¿Acaso fue esta pieza la que lo inspiró a realizar Escaleras de la vieja Habana?

—Pues sí, es una vieja escalera de París. Esa en especial ha desempeñado un papel muy importante en mi trabajo. Una de las grandes emociones que yo viví cuando conocí el Centro Histórico de la capital fue encontrar mi escalera multiplicada por cien, y eso de algún modo me estimuló a realizar esta serie cubana.

—El mundo del cigarro es muy singular entre las demás piezas que, de algún modo, se insertan en la arquitectura y el arte judío.

—Esta serie sobre el tabaco pertenece a mi universo abstracto. Para mí realmente no existe mucha diferencia, puesto que toda mi obra gira en torno a la abstracción, aun cuando incluyan elementos figurativos. Para lograr la textura que tienen estos cuadros, fabriqué especialmente una pasta de papel que contiene además picadura de tabaco cubano.

—¿Un viajero en el tiempo no teme quedar atrapado en el pasado?

—Para que un árbol tenga frutos, tienen que existir antes las raíces, un tronco y también ramas. El pasado es la savia indispensable de la cual se alimenta ese gran árbol. Trabajar sobre la memoria no es una actitud pesimista ni nostálgica, es una manera de comenzar a hacer el futuro.

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