Momentos del 21 Festival Internacional de Ballet de La Habana

El reestreno de La bella  durmiente... fue un grandioso espectáculo que retoma los clásicos con lograda contemporaneidad. La  bailaora española María Pagés impresionó con la presentación de Flamenco y poesía

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Sesenta años después de haber sido fundado, el Ballet Nacional de Cuba puede vanagloriarse de contar con un repertorio rico y diverso que causa envidia a cualquier otra compañía del mundo y, sin embargo, su directora general y creadora, Alicia Alonso, amante de la perfección y de la belleza, buscadora incansable de la máxima expresión del arte, no estaba del todo feliz. Sabía que mientras no regresara a cartelera La bella durmiente del bosque —sin duda entre los más exigentes títulos de la danza clásica—, la compañía no estaría completa.

Esa es la razón por la cual en estos días no hay quien pueda librarse del contagio de regocijo que invade al Ballet Nacional de Cuba, después que la versión de la prima ballerina assoluta inspirada en el original de Marius Petipa, subiera finalmente a las tablas del Gran Teatro de La Habana con dos funciones que evidenciaron, no solo que la Escuela Cubana de Ballet se mantiene en espléndida forma, sino también que la coreografía de la Alonso ha permanecido inmune al paso del tiempo.

Si alguien tuvo alguna duda de que La bella... hubiese podido envejecer tras 22 años inactiva, las dos esperadas presentaciones protagonizadas recientemente por los primeros bailarines Viengsay Valdés y Rómel Frómeta; y Anette Delgado y Joel Carreño, demostraron que si como bailarina Alicia se adelantó 20 años a la técnica, como creadora supo retomar los grandes clásicos e insuflarles contemporaneidad a través de un serio trabajo dramatúrgico, podando todo aquello que entorpeciera la comunicación con un público amplio y diverso, y dotándolos de una frescura que, al parecer, permitirá que estas obras se puedan reponer con éxito una y otra vez.

Tanto es así, que quienes tuvieron el privilegio de asistir al reestreno en la sala García Lorca de La bella durmiente del bosque ni siquiera se pudieron percatar de que habían transcurrido tres horas cuando cerró el telón, y sus manos ardían después de tributar cerradas ovaciones a bailarines; a Philippe Binot y Ricardo Reymena, los diseñadores de vestuario y escenografía, respectivamente; a la maestra Elena Herrera y a la Orquesta Sinfónica Nacional, y a la máxima responsable del notable acontecimiento: Alicia Alonso.

María Pagés ofreció, poderoso y fresco,ese flamenco ancestral que ella conoce. Y es que al parecer el Hada de las Lilas no solo deshizo la maldición de la cruel Carabosse, sino que también tocó con su milagrosa varita tanto a quienes tuvieron la inmensa responsabilidad de llevar a buen término el complejo espectáculo (en este caso los protagonistas), como a aquellos que los secundaron, y sin los cuales las dos noches no hubieran sido, sencillamente, fabulosas.

La función del pasado miércoles nos regaló una muy inspirada Viengsay Valdés en el rol de la princesa Aurora. Nuevamente la primera bailarina confirmó su clase al poner en función del difícil personaje su gran potencial interpretativo y técnico. El de ella fue un Adagio de las rosas ejecutado con maestría y elegancia. Altiva y hermosa, su princesa dejó prendados con su espléndido baile a los cuatro pretendientes —Javier Torres, Ernesto Álvarez, Alejandro Virelles y Dayron hicieron parte del éxito—, mientras recibía radiante, con sus balances infinitos, las flores que estos le obsequiaban. Esta variación del primer acto, muy compleja, la Valdés la borda como si no constituyera un desafío, demostrando que sigue siendo una bailarina extraordinaria.

Anette, por su parte, centró una actuación donde entregó el estilo más puramente clásico a cada paso, a cada pose, a cada movimiento. Como la princesa Aurora, la Delgado evidenció que se halla en el mejor momento de su poder físico e interpretativo y manifestó ser dueña de una técnica que impresiona. Evocativa y etérea en el segundo acto cuando convence al príncipe Desiré de que ella es la encarnación de su sueño, magnífica también en el Adagio..., cuando esta primera bailarina aparece en escena, al igual que la Valdés hace pensar a cuantos disfrutamos de su arte que girar sin mesura y realizar esos saltos prodigiosos no exigen de ella ningún esfuerzo.

Lo mismo sucede con sus respectivos partenaires, Rómel y Joel (en cada presentación se supera a sí mismo), quienes hacen maravillas de la danza clásica. Ambos interpretaron a un príncipe Desiré encantador y enamorado, dispuesto a defender su gran amor a cualquier precio, incluso si tuviesen que enfrentarse a la tenebrosa Carabosse. Los saltos, giros y pasos de Frómeta y de Carreño los hacen poseedores no solo de mucho estilo, sino también de todo un arsenal técnico a su disposición, y que, además, son capaces de combinar virtuosismo y actuación.

Habría que añadir que tanto una pareja como la otra brindaron un tercer acto y final con el acostumbrado esplendor que requiere Las bodas de Aurora, donde la coreografía da cabida a la escenificación de los cuentos de Perrault, entre los que sobresalió aquel que defendieron Ernesto Álvarez y José Losada (Pájaro Azul) y Yanela Piñera (Princesa Florine), al ofrecernos un pas de deux interpretado con brillantez y seguridad.

La magia de las Hadas

Desde el mismísimo Prólogo de La bella... se enunciaba que había que estar preparados para dos presentaciones grandiosas, sobre todo después de que salieran a escena las precisas Aymara Vasallo (Hada de las Rosas); Betina Ojeda y Grettel Morejón (Hada de las Amapolas); Jessie Domínguez (Hada de los Lotos); y Maureen Gil (Hada de las Margaritas). Cada una de estas más que prometedoras muchachas enfrentaron sus roles cuidando los detalles e imprimiéndoles a sus dones la gracia que merece la primogénita de un rey.

Una demostración de buen gusto interpretativo y dominio del estilo entregó, con su exquisita figura, la bailarina principal Sadaise Arencibia en el exigente rol del Hada de las Lilas, al llenar todo el tiempo de emoción su refinado modo de danzar. Precisa, delicada y segura, con sus extensiones prodigiosas Sadaise estuvo siempre entre lo más destacado.

José Losada y Leandro Pérez (ojo con estos muchachos), encargados de sacar adelante el complejo papel del Hada Carabosse, merecen también un aparte. Malévola pero no ridícula ni caricaturesca, Carabosse fue defendida muy convincentemente por ellos, quienes se sustentaron en una técnica que les permitió ocuparse de la interpretación en todos sus matices.

No solo para los bailarines resultó un gran desafío la puesta en escena de La bella..., sino también para quienes estuvieron encargados de la producción por la importancia que tienen en la misma la escenografía y vestuario. Sin embargo, Binot y Reymena salieron triunfantes al realizar el primero una obra sugerente y llamativa, mientras el segundo nos admiraba por sus trajes hermosos y evocadores.

Aunque 20 años es mucho tiempo, después de todo valió la pena esperar el reestreno de La bella..., que con seguridad se ubicará entre los favoritos de los balletómanos, quienes se verán atraídos por la grandiosidad del espectáculo.

Ernesto Álvarez (Pájaro Azul) y Yanela Piñera (Princesa Florine) ejecutaron un pas de deux con brillantez y seguridad. José Losada (izquierda) interpretó convincentemente el complejo papel delHada Carabosse.

Bravo por la Pagés

La afamada bailaora María Pagés vino a La Habana con el único fin de emocionar a quienes se dispusieran a disfrutar de su espectáculo Flamenco y poesía, que durante dos jornadas se estuvo presentando en el teatro Mella de la capital. Ella no vino sola, sino que se hizo acompañar por músicos y bailarines de primera línea con los cuales le pone música y danza a poemas de varios autores (Saramago, García Lorca, Machado...).

Sin embargo, su objetivo nunca fue reproducir un texto, sino llegar a las esencias, y escribir ella misma su propia poesía con ese baile aparentemente libre (como si cada paso y cada movimiento espectacular de sus manos se hubiesen dejado a la espontaneidad), pero pleno de energía, de emociones, de vitalidad. Imagino que la Pagés se sepa hermosa, irresistiblemente hermosa. Y también una artista como pocas: auténtica, conocedora de ese flamenco ancestral que ella ahora devuelve poderoso y fresco. Es evidente que cuando sale al escenario es para entregarse sin medida, para hacer del público su más cercano cómplice y lo consigue, porque todos aplauden a rabiar encantados de verla vivir interpretando un baile que con su sola presencia convierte en arte.

Claro, María es muy grande, pero la apuntala un pequeño grupo de excelentes músicos y bailaores que podían ser cada uno cabeza de cartel.

Lo demuestran con creces: la puesta está estructurada de manera que todos manifiesten su talento, aunque el peso mayor lo lleva María, no faltara más. Los momentos de mayor brillantez son los del diálogo entre la bailaora y su grupo, en un contrapunteo que alcanza altas cotas de virtuosismo.

María Pagés volverá a escena en este 21 Festival Internacional de Ballet de La Habana, y será una magnífica oportunidad para embelesarnos mientras ella taconea y saca chispas a unas castañuelas que sonarían de forma diferente si estuvieran en otras manos.

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