Aventura en Pueblo Chiflado: una puesta en escena del grupo Pálpito

Llega a las tablas de la mano de Ariel Bouza, con texto de Maikel Chávez, una reciente oferta teatral destinada a los niños, en la sala Adolfo Llauradó

Autor:

Osvaldo Cano

Luego de merecer el premio El duende que vive en ti, de la Editorial Extramuros, Aventura en Pueblo Chiflado arriba a las tablas de la mano de Ariel Bouza. El texto, escrito por Maikel Chávez, resulta la más reciente oferta que el grupo Pálpito ha destinado a los niños, quienes tienen ahora en la sala Adolfo Llauradó una excelente oportunidad para combinar placer y aprendizaje.

Aventura... relata la historia de un perseverante pollito que desea ser pintor. Pese a la oposición de su familia el protagonista materializa sus propósitos demostrando que la tenacidad es un excelente argumento para superar algunas limitaciones, y consumar los sueños que nos movilizan. Estructurada linealmente —pues la superposición de ficciones que presupone el hecho de que el pueblo, los personajes o el relato mismo son el resultado de las pinturas de un niño, se queda en el esbozo, las acotaciones o la información— esta es una pieza sencilla y amena.

Con evidentes puntos de contacto con El cangrejo volador (conocido cuento de Onelio Jorge Cardoso), Aventura... combina su enfático y útil mensaje con un tono travieso que se agradece. Chávez construye una fábula que nos devuelve un dilema recurrente de nuestra dramaturgia: la relación contrariada entre padres e hijos. La necesidad de respetar y no coactar la singularidad de cada quien es una de las claves del texto. Mensaje este que nos llega sin ápice de didactismo sino con imaginación, inteligencia y la atinada instrumentación de recursos humorísticos, que funcionan con ingeniosidad y eficacia.

Entre los aspectos llamativos de la puesta en escena está su coherencia. Ariel Bouza —quien comparte las funciones del director con las del escenógrafo— concibe un pequeño retablo que establece cuatro niveles, gracias a los cuales se dinamiza visiblemente la representación por su capacidad para transformarse y aportar al juego escénico. Bouza utiliza figuras de varias técnicas, aunque el predominio recae sobre los títeres digitales combinados con el uso de la mano enguantada, la máscara y el actor en «vivo». Recrea el texto con un tono travieso y un ritmo dinámico, apelando a canciones, adivinanzas, a un retozo visual muy bien planteado, así como al desenfado del trabajo interpretativo, el uso de la luz negra, las citas de hitos tanto de la música popular como de conocidos temas de los dibujos animados, o imágenes sugerentes. Al mismo tiempo, el espectáculo juega a mostrar sus costuras a partir del intercambio de los actores, quienes nos recuerdan la naturaleza ficcional de la representación.

Tanto los muñecos de Ariel García y Aleín Somonte, como la banda sonora, ayudan a reforzar ese aire inquieto y travieso que emana del texto y que deviene piedra de ángulo del espectáculo. García y Somonte acuden al color, al coqueteo entre la realidad y la sugerencia o el empleo de mecanismos sencillos pero eficaces para recrear e individualizar a un variopinto núcleo de criaturas, contribuyendo a materializar el ritmo dinámico y el ambiente festivo que signan al montaje. La banda sonora, por su parte, pulsa con acierto las cuerdas de la sensibilidad popular, apela a la cita de paradigmas de nuestra tradición musical y termina por sostener un diálogo fecundo tanto con la platea como con la propuesta espectacular.

El elenco acopia entre sus méritos el hecho de asumir un nutrido número de personajes y diferenciarlos a partir de gestos, actitudes, poses que los distinguen. El aire desenfadado y travieso que recorre al montaje es apuntalado por la faena de los actores quienes le imprimen, además, creencia y vitalidad a sus desempeños. Expresividad y elocuencia en el trabajo con las manos es otro aspecto destacable. En el propio autor, Maikel Chávez, recae la responsabilidad de encarnar al protagonista, cosa esta que acomete con gracia y carisma apreciable. Chávez transmite los estados de ánimo del pollito a partir de las posturas, la voz o el modo de andar, para luego desdoblarse en una simpática gallina. Yanelis Mora aporta frescura y vigor a sus criaturas. Buena voz, precisión, sentido del ritmo, son también cualidades de su accionar. Enmanuel Correa dota al gallo Alberto de rasgos que lo definen y denotan la vanidad que lo tipifica. Seriedad y rigor son también argumentos del comediante, quien es capaz de dar, por contraste, una imagen que permite apreciar con más nitidez las peculiaridades de su contraparte. Yanet Caraballo nos regala una creíble y orgánica incorporación de Gumersinda, apoyada en el uso de la máscara, la voz y la gestualidad; en tanto que Yanays Penalba consigue muy buenos momentos con la gallina madre, a la cual adereza con sabrosura y jocosidad apreciables.

Con el montaje de Aventura en Pueblo Chiflado, la tropa de Pálpito protagoniza un divertido espectáculo cuya capacidad comunicativa es envidiable. El ritmo dinámico y el aire travieso que lo recorren permiten hablar de una puesta en juego. Amena y diáfana, esta aventura resulta una propuesta donde convergen la creatividad, la gracia, la atinada utilización de diversas técnicas y el interés por atraer a amplios sectores de público.

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