Adelantando la imagen del futuro

Autor:

Joel del Río

El ciclo retrospectivo Éxitos del cine latinoamericano, galardones especiales a cineastas consagrados de la región y muetras europeas y africanas son algunas de las iniciativas por los 30 años del certamen

El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano intentó abrir una brecha entre tanta inercia y conformismo, y avalar un movimiento artístico reducido a la intermitencia, u ocasional desaparición, por la carencia de espíritu integrador y de estímulos institucionales. Así, dio sus primeros pasos un certamen que, año tras año, se propuso hacerle honor a su nombre y confirmar la esencia del único movimiento cinematográfico —entre los muchos que en el mundo han sido— de alcance continental y perseverante voluntad de sostener las afinidades a lo largo de varias décadas: el Nuevo Cine Latinoamericano.

Un ciclo retrospectivo titulado Éxitos del cine latinoamericano aspira a rememorar algunos de los filmes que ganaron Corales e incluso enorme popularidad, o particular relevancia cultural, aunque no fuera reconocida en su momento por los jurados: La película del rey, Camila, Yo sé que te voy a amar, Madame Satá, Machuca, La estrategia del caracol, Hasta cierto punto, Whisky, y muchas otras, integran una relación tan contundente como para convencernos de que si el cine tuviera la capacidad de cambiarle la vida a uno, el Festival nos ha entregado numerosas películas capaces de operar ese milagro.

Cumplir 30 años, es decir, duplicar los 15, significa la casi obligatoriedad de recontar lo alcanzado, pasar revista a un tramo pródigo de la vida, reconocer el camino y a quienes nos ayudaron a andar, así como elegir compañía para seguir marchando. Tales son los principales objetivos de algunos galardones especiales, Corales de honor, a entregarse en la trigésima edición que se inicia oficialmente esta noche. Este año se anuncia la entrega de otra cosecha de Corales de honor a cuatro figuras clave en la instauración y el desarrollo del Nuevo Cine Latinoamericano: el brasileño Nelson Pereira Dos Santos, el mexicano Paul Leduc, el chileno Miguel Littín y el boliviano Jorge Sanjinés, quienes figuran, sin discusión posible, en cualquier antología o historia que pueda acometerse sobre lo más destacado del séptimo arte en esta región.

Todavía en el segmento de los homenajes hay dos programados que se materializan en sendas retrospectivas: a uno de los más importantes nombres del documental brasileño, Eduardo Coutinho, y al realizador británico Mike Leigh. Coutinho dirigió Hombre marcado para morir, Edificio Máster, El fin y el principio (que están en su retrospectiva) y Juego de escena, formidable recopilación de testimonios que se inserta, doblemente, en la competencia y en la retrospectiva. Los filmes de Coutinho documentan la realidad desde una mirada atenta y comprensiva, que intenta escapar a toda manipulación y apuesta por un punto de vista que le conceda a cada personaje el tiempo necesario para que dialogue con la cámara y le confiese su verdad única, intransferible.

Fiel a una vocación integradora y desprejuiciada que ha rendido aplausos y honores a imponentes creadores europeos, asiáticos, africanos o norteamericanos, el Festival lo mismo programa, como ocurre este año, lo mejor de la destacadísima animación polaca, que lanza una cierta mirada al cine ruso, devela al cine experimental norteamericano, o le rinde homenaje al cineasta y guionista británico Mike Leigh, maestro absoluto del retrato vívido, tragicómico y cabal de los ambientes obreros de su país (Grandes ambiciones, Un cuento sobre la felicidad, La vida es dulce, Indefenso, Secretos y mentiras, Todo o nada, Dos chicas de hoy...). Leigh gusta de emplear actores casi desconocidos, a los cuales les permite improvisar sobre líneas argumentales que, por lo regular, examinan a gente común enfrentada a colosales catástrofes emotivas. El tono oscila entre el melodrama ligero, la ironía y la tragedia misantrópica y desatada. Se ha dicho que Leigh desprecia a sus personajes, pero en todo caso los pone ante pruebas que los obligan a crecerse, a decir o hacer algo bello, o inmensamente simpático, en medio de su inopia espiritual.

Homenajes aparte —o no tan aparte, porque quién no sabe que la presencia entre nosotros de Vanessa Redgrave será ocasión para rendir tributo a una de las más grandes actrices de los últimos 50 años— se anuncian presentaciones especiales de ese clásico del cine romántico, dirigido en 1966 por el argentino Leonardo Favio y que se titula Este es el romance del Aniceto y la Francisca...; del documental biográfico Titón, de La Habana a Guantanamera, dirigido por Mirtha Ibarra; Ceguera, la coproducción canadiense-japonesa-brasileña que versiona la novela de José Saramago con un prestigioso elenco de actores angloparlantes conducidos por Fernando Meirelles, y las dos partes El Argentino y Guerrilla, de Che, superproducción filmada también en varios países por el norteamericano Steven Soderbergh con el estelar protagonismo del puertorriqueño Benicio del Toro en el papel titular.

En la muestra alemana destaca algo así como una respuesta a Lost in Translation, que nos entrega Doris Dörrie cuando escribió y dirigió Las flores del cerezo, una película hablada en alemán, inglés y japonés, sobre un hombre mayor, quien acaba de enviudar, y decide viajar a Tokio, en medio del festival de los cerezos, para intentar aprehender otra vez lo bueno de la vida. En alemán y serbo-croata se expresan los personajes de Warchild–Stille Sehnsucht, interesada en registrar las terribles secuelas psicológicas de la Guerra de los Balcanes a través de la odisea recorrida por una joven bosnia en el denodado empeño por recuperar a su hija. Y también regresa a esta Muestra, el conocido Andreas Dresen, y nos cuenta en Nube 9 la historia de una mujer, en la tercera edad, delicadamente atrapada en una relación amorosa, extramarital para más datos. Tampoco falta la imprescindible reflexión, en alemán y polaco, sobre el horror nazista (Al final vienen turistas enfrenta a un joven alemán con el espanto infinito de Auschwitz, y con la banalización de las cicatrices y de la memoria) ni tampoco podemos quejarnos de que no halla historias de amor, incluso medio escandalosas, como Un amigo mío, otra vuelta de tuerca a las relaciones triangulares.

Desde aquellos ciclos iniciáticos de los años 80, en las primeras ediciones del evento, consagrados a Luis Buñuel o Carlos Saura, las Muestras de cine español contemporáneo constituyeron una ventana que instalaba luz sobre numerosas coincidencias culturales cimentadas a ambos lados del Atlántico. De modo que la Muestra de España ha devenido una de las más esperadas, populares, selectivas y distintivas de cuantas integran el evento en su faceta no competitiva. Este año nos llegan, por supuesto, algunos de los títulos más sonados del expirante 2008 (Los girasoles ciegos, de José Luis Cuerda; Camino, de Javier Fesser), dramas filosófico-político-filiales (Amanecer de un sueño, Todos estamos invitados) o femeninos de sesgo social (Una palabra tuya), musicales acentuadamente atípicos, que combinan virtudes del documental y la ficción (El silencio antes de Bach, Historia de un grupo de rock), entre otros títulos que nos convencen, a primera ojeada, de la inmensa variedad genérica, temática y estilística distintiva del cine español contemporáneo.

Entre las películas más elogiadas y prominentes del año se encuentra Los girasoles ciegos, con fotografía de Hans Burmann y coescrita por Rafael Azcona, el guionista español por antonomasia, fallecido a principios de 2008, luego de una enciclopédica hoja de servicios que inscribe algunas de las mejores películas españolas de todos los tiempos. El guionista célebre, el fotógrafo y el director, bien reconocibles también, nos muestran vívidamente la atmósfera psicológica, más que épica, de la guerra civil y la segunda postguerra a partir de retratar persecuciones, traumas, religión y frustraciones mil. Hablando de Hans Burmann, el director de fotografía de Los girasoles ciegos, debe recordarse que es también el diseñador de las imágenes de numerosas coproducciones cubano-españolas (El cuerno de la abundancia, Lista de espera, Guantanamera), y en este acápite no deberíamos pasar por alto que cada año se hace más frecuente la presencia de productoras españolas en títulos muy notables procedentes de Latinoamérica, de otros países de Europa e incluso de Estados Unidos. En esa línea multinacional se ubica Los crímenes de Oxford, que protagonizan Elijah Wood, John Hurt y Leonor Watling, y es de las películas menos visiblemente nacionalistas de la Muestra.

No solo se consagran muestras a lo mejor del cine contemporáneo español y alemán, sino también al africano, los nórdicos, el francés (a no perderse La clase, ganadora de la Palma de Oro, y la biografía teñida de romanticismo que es Las aventuras amorosas del joven Moliere), el italiano (destacan éxitos como Gomorra y Un día perfecto, o la recreación de algunos episodios en la vida de Dostoievski que es Los demonios de San Petersburgo), canadiense (están presentes filmes de los más reconocidos directores, Atom Egoyan y Denys Arcand), y así pudiera continuar la lista de propuestas sugestivas, del más variado cariz y procedencia. Apenas quedan unas horas para que los anuncios se conviertan en certezas.

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