A 50 años del inicio del cine cubano

Más de 5 000 títulos han sabido andar de la mano, por estas cinco décadas de Revolución, desde la ficción, la crónica documental o la realización animada

Autor:

Juventud Rebelde

Lucía, del realizador Humberto Solás, reconstruye en tres tiempos las gestas de liberación nacional.

Aun cuando el invento de los hermanos Lumiére había arribado a la Isla medio siglo antes del triunfo revolucionario, Cuba no disfrutó, en materia de cine, de una era dorada como la marcada por el cine mexicano en la década del 40.

Es curioso que el cinematógrafo desembarcara en México tan solo con algunos meses de antelación; de la mano del mismo Gabriel Veyre que iniciara, en La Habana, nuestra historia fílmica con el documental Simulacro de incendio.

Los títulos cubanos por aquella época eran un amasijo de comedia fácil, argumento melodramático de poca monta, y personajes acartonados en un costumbrismo pintoresco, que resaltaba la picardía de la mulata, el contrapunteo entre el gallego y el negrito, y afirmaba lo galán en el vástago de una acaudalada familia. Puro eco del teatro vernáculo y las célebres novelas de radio que, en su puesta en la pantalla grande, no alcanzaban la resonancia obtenida en el estreno radial.

No se puede silenciar la labor pionera de Enrique Díaz Quesada, autor del filme El rey de los campos de Cuba; de Ramón Peón, quien realizara La virgen de la Caridad del Cobre (1930) —considerada una de las mejores de esa época en el continente—; de su discípulo Ernesto Caparrós, quien filmó La serpiente roja (1932) —versión homóloga de la obra de Félix B. Caignet—; y del magnate Manolo Alonso, quien fuera el director de cintas como Casta de Roble (1953).

Pero sí es inevitable acentuar un «antes y un después» a partir de la fundación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficas (ICAIC), primer organismo cultural creado por el gobierno revolucionario, el 23 de marzo de 1959.

Ya al calor de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde se habían realizado dos documentales: Esta tierra nuestra, de Tomás Gutiérrez Alea; y La vivienda, de Julio García Espinosa. El primero, que trataba sobre el desalojo campesino, coincidió con la promulgación de la Ley de Reforma Agraria, mientras que el segundo fue testimonio del proceso de la nacionalización de la vivienda.

Como precedente, en los últimos años de la tiranía, quedaba la realización del documental El Mégano, dirigido por Julio García Espinosa, cuya exhibición en los predios de la Universidad de La Habana le ganó a él, y a sus colaboradores, la persecución por parte de las hordas batistianas.

El derecho de renacer

Con el ICAIC el cine cubano se lanzó a la búsqueda de un nuevo nacimiento, y lo consiguió: la Década de Oro prorrumpió finalmente con una estética propia, junto a temáticas que echaban raíces en la identidad cultural de la nación.

Las nuevas cintas, por supuesto, eran fruto de una generación de autores también diferentes, muchos de ellos provenientes de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, como Alfredo Guevara, Jorge Haydú, José Massip y los mismos Titón y García Espinosa.

El celuloide supo, desde sus inicios, a Revolución. Las ansias de contar la historia sirvió para relatar los tiempos que venían aconteciendo con una impronta documentalística; así como para rehacer las gestas pasadas, desde las míticas libradas por los mambises hasta las —aún tibias— conquistadas por los barbudos.

Como un libro de texto sui géneris se abrieron las páginas de Historias de la Revolución (1960), de Tomás Gutiérrez Alea; seguida por las peripecias de El joven rebelde (1961), de Julio García Espinosa; para alcanzar el clímax con la Lucía, de Humberto Solás, y Memorias del subdesarrollo, también de Titón, ambas presentadas en 1968.

El brigadista y Guardafronteras, de Octavio Cortázar; al igual que Caravana, de Rogelio París, darían posterior seguimiento a los eventos con los que la Revolución Cubana seguiría marcando el destino de la Isla, a la vez que suscitaba el argumento para nuevos guiones cinematográficos: la Campaña de Alfabetización, la defensa de la soberanía del territorio nacional y el internacionalismo en la guerra de Angola.

Aunque la temática historicista por momentos parecía no tener para cuándo acabar, con la presencia de cintas emblemáticas como La primera carga al machete, de Manuel Octavio Gómez, el cine supo integrarse en un quehacer crítico y social a esa máxima postulada en la Ley 169, que le dio origen: constituirse en el «instrumento de opinión y formación de la conciencia individual y colectiva», así como «contribuir a hacer más profundo y diáfano el espíritu revolucionario y a sostener su aliento creador».

Desde la sátira arremetieron Las doce sillas, La muerte de un burócrata y Los sobrevivientes, todas de Tomás Gutiérrez Alea, contra los estigmas de una burguesía en decadencia y los absurdos de la burocracia establecida.

Y tampoco faltaron aquellas que abordaran la contemporaneidad de manera más directa y confrontadora como Un día de noviembre, de Humberto Solás; Retrato de Teresa, de Pastor Vega, De cierta manera, de Sara Gómez, Plaff o demasiado miedo a la vida, de Juan Carlos Tabío y Papeles Secundarios, de Orlando Rojas.

Adorables verdades

Pero, además, el cine, bajo el influjo de la política cultural promovida por el espíritu revolucionario, apostó por los valores humanos más que por los comerciales, por lo cual muchos de los guiones fueron redactados sobre la base de obras literarias cubanísimas y no tan sencillas de versionar como aquellas otras piezas teatrales y radiales de antaño.

Una pelea cubana contra los demonios, Cecilia, El otro Francisco, Juan Quinquín, Amada y El siglo de las luces, son ejemplos de ello; un convite que se fue enriqueciendo hasta nuestros días, con la asimilación de literatos contemporáneos como Miguel Barnet (La Bella del Alhambra), Mirta Yáñez (Madagascar), Senel Paz (Fresa y Chocolate) y Arturo Arango (Lista de espera).

La llegada de los años 90, con el peso del período especial y el vacío dejado por el derrumbe del campo socialista, supuso una reestructuración económica, que encontró en las coproducciones y en la tecnología digital buenos aliados para seguir haciendo cine en Cuba.

Ante la crisis, las cintas prefirieron no refugiarse en temáticas históricas u otros artilugios de la evasión; sino que supieron ser, nuevamente, las testigos sonoras de la realidad imperante.

Ora desde el drama o desde la sorna de la comedia, nos quedarán para siempre las memorias de Reina y Rey, el via crucis de Guantanamera, las escenas introspectivas de Madagascar y La vida es silbar, la sensibilidad infinita de Suite Habana y Barrio Cuba, y ese clásico de todos los tiempos que es, indiscutiblemente, Fresa y Chocolate.

Suerte paralela

Daisy Granados y Adolfo Llauradó, en Retrato de Teresa.

El documental y el dibujo animado cubanos estuvieron signados por la misma experimentación y compromiso que desencadenó el triunfo de 1959.

Fieles a su época y a las transformaciones políticas y sociales de aquellos primeros años, se abrieron camino como apasionados narradores y constructores de los derroteros de la Isla.

El documental que, a diferencia de los trabajos de animación sí había gozado de una vida antes de 1959, floreció con todo su esplendor en el Noticiero ICAIC Latinoamericano. Santiago Álvarez, su fundador y realizador más prominente, captó con lente sagaz las vivencias de nuestro pueblo así como las experiencias contemporáneas de otros países del continente. Hasta la victoria siempre, Now!; Hanoi, martes 13, entre muchos otros memorables, resaltaron la significación de eventos como la muerte del Che en Bolivia, los atropellos raciales en Estados Unidos y la guerra de Vietnam.

Mientras tanto, el animado, con La prensa seria (1960), obra primogénita de Jesús de Armas, encontraría su cauce en el Departamento de Dibujos Animados del ICAIC.

A partir de entonces se desarrollaría un trabajo concebido desde la experimentación artística y destinada a un público adulto. Del mismo Jesús de Armas, aparecerían Remember Girón y La quema de la caña, los cuales historiaron los sucesos mercenarios de Playa Girón y los actos terroristas provocados en la agricultura por avionetas yanquis.

Durante medio siglo, la obra documental y de animados ha bebido de la rica savia de la Isla. La primera a través de la maestría de creadores como Sara Gómez, Nicolás Guillén Landrián, Octavio Cortázar y profusión de otros como Juan Carlos Tabío, Fernando Pérez y Daniel Díaz Torres, para los cuales este género fue la escuela que los habría de formar profesionalmente con su práctica, para más tarde aprehender el cine de ficción.

El dibujo descubrió, por su parte, en la singularidad de la cultura cubana la clave para crear sus personajes, quienes encontraron con la llegada de Elpidio Valdés el rostro definitorio de las realizaciones destinadas al público infantil. Series tomadas de tiras cómicas, desde la Gugulandia, de Hernán Henríquez, hasta el Yeyín de Ernesto Padrón; didácticos infantiles notables como La Silla, de Juan Padrón, o El paso del Yabebirí, de Tulio Raggi (basado en un cuento del escritor Horacio Quiroga); así como los Filminutos y ¡Vampiros en La Habana!, con ese humor cubanísimo destinado a mentes más adultas, han dejado grata huella en los anales de la animación cubana.

Juntos todos, cortos, medios y largometrajes, suman hoy más de 5 000 títulos. Y han sabido andar de la mano, por estas cinco décadas de Revolución, desde la ficción, la crónica documental o la realización animada. Relatando, debatiendo, educando, construyendo... Con la plena certeza de que al arte cinematográfico cubano le han de acompañar siempre las luces de la creación y, más allá del ruido de la claqueta, las nueces de la acción.

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