Las esencias de Ever Fonseca

Autor:

Juventud Rebelde

Enigmas de la naturaleza, en la sala transitoria del edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes

Amante de la pintura que nace de la expresión, Ever Fonseca asume la vida, y en particular la creación, con la alegría del niño grande que descubre a una libélula, el entusiasmo desbordado del artífice y la pasión del poeta. Perteneciente a la primera graduación de la ENA, en 1967, este creador se nutre de la relación que establece con la naturaleza y de sus vivencias en los campos de Cuba, donde empezó a pintar de chiquillo, atraído por el ambiente de la zona, los paisajes, mitos y leyendas.

Su pintura, completamente figurativa, está llena de símbolos, poesía y metáforas que emergen de un discurso emocional y tierno, en el que los astros, el mar y los jigües se entrelazan con figuras humanas y de animales, en un mundo de imágenes y colores que le permite comunicarse con sus semejantes.

Prolifera igualmente la presencia de ojos, con distintos grados de abstraccionismo, que miran hacia el espectador y lo convidan a cuestionarse los enigmas de la existencia humana, al tiempo que marcan un estilo que une cada pieza como en una gran colección. Pero ese estilo va más allá de unos cuantos elementos que se repiten, es también una manera de hacer la plástica a partir de pigmentos que expresan la materia del desarrollo de la evolución del hombre y su identidad.

La magia de este artista se desborda en el edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, donde hasta el 8 de marzo estará abierta al público la exposición Enigmas de la naturaleza. La muestra incluye piezas que van desde las primeras realizadas por Ever en la década del 60 hasta las más actuales.

Bastaría con acercarse a obras como Homenaje a Viet Nam heroico (tríptico, 1968); El último cuadro que pinté en Matanzas (1973); El grito de los infantes (1980); Siguapa de chichiricú (1987) y Jigüe de noche (1998), para asegurar que estamos ante uno de los grandes exponentes de las artes plásticas contemporáneas. El impacto de su estética, originalidad estilística y visión particular de la naturaleza así lo confirma.

Presencia ancestral (1988), por ejemplo, sintetiza su obra poética y preocupaciones existenciales. La fuerza inspiradora de esta pieza nos sumerge en los misterios de la naturaleza cubana.

Sobresale también el Autorretrato que hizo en el 2005, donde se sitúa en el centro del caos, así como las esculturas en madera policromada que se alzan a la entrada de Enigmas de la naturaleza, exposición que resume la trayectoria creativa de este «fabulador de imágenes poéticas de alto vuelo estético y sensorial», como lo define Hortensia Montero en las palabras del catálogo.

Portador de un lenguaje espontáneo y único que despierta curiosidad e incita a una lectura reflexiva, el autor de obras emblemáticas como El circo (1967-1968) y Juanica y los peces (1968) conserva la frescura de los primeros años.

Sus trazos revelan a un maestro que ha descubierto y retomado las esencias de la pintura primitiva, como parte de una formación inicialmente autodidacta que le permitió llegar a la academia.

Todos los días le sorprende lo nuevo: «una actitud humana o la aparición de algo en la transformación de lo complejo a lo sencillo, por ejemplo, observar las nubes, la silueta sugerente de los árboles, o simplemente el cielo completamente azul...», confesó este artista, para quien lo más importante es ser consecuente, justo y útil en la vida.

Reconocido como el primer pintor cubano de la década del 60 invitado a realizar una exposición personal en el Museo Nacional de Bellas Artes, Ever Fonseca busca en las esencias, en lo más espontáneo de sus instintos, en los conflictos del hombre universal.

Arte comprometido con su época, intenso y de pensamiento el de este maestro de generaciones, dueño de una amplia trayectoria como pintor, dibujante, escultor, grabador y ceramista.

La creación es para él una actitud vital ante la vida, que le permite representar emociones y compartirlas con sus semejantes, sin detenerse en el camino que inició en la infancia «en busca de una identidad más acorde con nuestro origen y tiempo».

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