El cuerno de la abundancia: Desde la gracia hasta la trascendencia

Autor:

Joel del Río

Este nuevo filme cubano intenta más divertir al espectador de hoy que devenir joya de cinematecas y comodín de estudios teóricos

Algunos amigos me cuestionan, entre ligeramente molestos y bastante decepcionados, por qué me gustó tanto El cuerno de la abundancia, el más reciente estreno del ICAIC, cuando se trata, según ellos, de otra comedia populista, de choteo, malas palabras, relajo y cubaneo, demasiado parecida a varias predecesoras y, por tanto, de trama común y resolución predecible, ordinaria.

Algo de razón los asiste. Pero, en primer lugar, no puedo ni tengo buenas razones para adoptar la doble moral de divertirme a rabiar en el cine, y salir de la sala hablando pestes de la película que tan buen rato me hizo pasar, solo porque algún ser supremo dictó, en su manual del buen gusto, que no debía deleitarme. En segunda instancia, creo yo que no estamos de ningún modo ante la continuación irrestricta y complaciente de corrientes genéricas y caminos trillados. Más bien, presenciamos una suerte de compendio y epifanía de la comedia cubana filial y de costumbres, antología de personajes, situaciones y significados dispersos por la tradición de la comedia cinematográfica cubana, desde La muerte de un burócrata y Los sobrevivientes, hasta Se permuta, Los pájaros tirándole a la escopeta y Plaff . Sin olvidar Fresa y chocolate, que muchos pasajes tiene de excelente comedia, aprovechados a fondo en esta nueva empresa de Juan Carlos Tabío.

A punto tal los guionistas (Arturo Arango junto con Tabío, quien por cierto codirigió con Tomás Gutiérrez Alea la mítica Fresa y chocolate) se aprovecharon humorísticamente de las situaciones y personajes aportados por aquella obra memorable, que en algún momento de la trama (siento adelantar elementos que tal vez estropeen un tanto algunas sorpresas de la historia) nos enteramos de que el protagonista es hermano de Diego, tiene claro lo que debe hacer con un ladrillo cuando lo tiene en la mano, mientras que otro de los personajes principales se llama David, y es, a todas luces, aquel mismo mirahueco de posadas, que brindaba con whisky, la bebida del enemigo.

Tal apropiación y homenaje excede los propósitos de fabricar humoradas a costa de una película archiconocida. Pretende, más que todo, abrir compuertas de comunicación entre este filme y su predecesor en cuanto al tratamiento de temas como la ética acomodaticia, la intolerancia y el sectarismo, presentes en una historia atenta sobre todo, en primer plano, a mostrar «el egoísmo, las manipulaciones y juegos sucios» —por decirlo con palabras de Tabío— desplegados por un grupo de familiares en la gestión por cobrar una fabulosa herencia.

Sería en vano negar la abundancia de chistes coyunturales, que persiguen y obtienen la risa fácil. Pero gracias a la acumulación de ellos, el filme alcanza la categoría de catálogo satírico, caricaturesco, de los últimos tres o cuatro años. Hay momentos cuando el tono se vuelve demasiado grueso y nos topamos con la astracanada y la rusticidad, que no serían defectos, sino voluntad de estilo, en este pastiche penetrante e ingenioso que también es El cuerno de la abundancia.

Los personajes, como en casi todas las comedias corales, devienen arquetipos (el padre intransigente y tiránico, la madre posesiva y melodramática, la coqueta interesada y adúltera, el tonto del pueblo...) y en ocasiones se replican en demasía algunos gags que pierden hilaridad con la reiteración, como el perenne coitus interruptus de Bernardito, un personaje neutro, sin carácter, medio víctima, que se enfrasca en una carrera dominada por dos de los pecados capitales (según el budismo): la pasión, en vertiente lujuriosa, y la estupidez, pues en la humorada sarcástica suelen aparecer los pícaros, listos y gozadores, en contraposición con los tontos, ingenuos y timoratos.

Sé que mis amigos se escandalizarán todavía más cuando me lean afirmando que en la película se presentan arquetipos conductuales, es cierto, pero todo el tiempo me pareció percibir la voluntad de los creadores por imprimirles flexibilidad y capacidad inclusiva, pues casi todos los personajes vehiculan la voluntad por representar tendencias éticas, abstracciones, ideales y expectativas del calidoscopio de tipos humanos que animan este pequeño pueblo llamado Yaragüey, microcosmos filomacondiano que ilustra cáusticamente la Cuba de principios del siglo XXI.

El humor de Tabío y Arango (defendido a brazo partido por algunos de nuestros más populares y capacitados intérpretes: Jorge Perugorría, Mirtha Ibarra, Laura de la Uz, Enrique Molina, Vladimir Cruz, Paula Alí...) asimila intertextualmente no solo la cita y el homenaje y el comentario respecto a Fresa y chocolate, sino que también se distancia simpáticamente de toda solemnidad, al poner en solfa la propia ficción que nos están entregando (el actor habla a la cámara, se insertan las historietas o momentos surrealistas que desbaratan el realismo al uso) y se apropia creativamente del erotismo de la comedias sureñas italianas en los años 60 y 70, de la mordacidad y el disparate rayano en el absurdo a lo García Berlanga (sobre todo en Bienvenido Mister Marshall, pero también en Vivan los novios o La escopeta nacional) y en este o aquel giro cómico se perciben ecos de ascendencia tan ilustre, y raigambre tan popular, como la novela picaresca española, los relatos «guajiros» de Onelio Jorge Cardoso y Samuel Feijóo, las estampas virulentas de Zumbado, las guarachas de Pedro Luis Ferrer, o los estribillos decameronianos de Ñico Saquito.

El cuerno de la abundancia intenta más divertir al espectador de hoy que devenir joya de cinematecas y comodín de estudios teóricos. La trascendencia es una propiedad que se supone administre el futuro, la posteridad, pero que algunos tratan de administrar desde las miopías y salvedades del presente. Por tanto, se trata de una categorización esquiva y difuminada, absolutamente relativa, que algunos críticos de arte usamos para descalificar o glorificar según personal criterio.

Juguete cómico de construcción clásica y regusto amargo, epítome de toda una modalidad tenazmente burlesca y despeinada, de entender y realizar el cine cubano, la película de Juan Carlos Tabío es probable que sea vista por los espectadores del año 2109, y si la miran con atención, tendrán raudales de información sobre lo que somos, fuimos y seremos. Tal vez hasta les parezca más lozana y vigente que quién sabe cuántas tragedias exaltadas y coyunturales que hoy nos parecen maravillosas. Porque «el verdadero humorismo exige un espíritu poético, capaz de elevarse a la libertad y a la filosofía, y dotado no de un gusto vacío, sino de una manera más alta de considerar el universo».

En El cuerno de la abundancia se derrocha ese espíritu y aquel gusto que reclamaba Menéndez y Pelayo en la Historia de las ideas estéticas de España.

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