Crepúsculo

El cuento que presentamos a los lectores está incluido en la antología Espacios en la Isla. Cincuenta años del cuento femenino en Cuba que forma parte de la colección 50 Aniversario del Triunfo de la Revolución y que será presentada a los lectores en la próxima Feria Internacional del Libro Cuba 2009.

Autor:

Juventud Rebelde

Iris Dávila (Güines, 1918-Ciudad de La Habana, 2008). Narradora, periodista y escritora de radio y televisión. Publicó el volumen de cuentos Intimidades (Instituto Cubano del Libro, 1999) y la antología de artículos Delirio de Periodista (Ediciones Unión, 2007). Fue una de las pioneras de la escritura de género en Cuba y estudiosa del fenómeno de las telenovelas. A su pluma se deben exitosas obras audiovisuales.

Estaba en medio de la plazoleta. Las otras quedaban imprecisas, opacas, inmersas en una niebla densa y undosa. Se perfilaba gallarda, estable, recia, ELLA, una sola. Era una columna de granito y mármol rosa, jaspeada de jade, lapizlázuli y ónix. Emergía de la tierra, de su tierra, sin pedestal visible, como un tronco de muy vigorosas raíces ocultas. Alta, esbelta, gentil y severa, delicada y sólida, con el capitel endrino profuso de hojas, palmillas, flores y volutas. Ni dórica, ni jónica, ni corintia, ni etrusca, y todas en una. Prodigioso injerto de estilos, obra de siglos y generaciones. Singular columna, ELLA, la irreprochable, predominando en un panorama urbano de edificios parduscos y casas herméticas. Predominando, predominando...

Así la percibió LA MUJER en aquel crepúsculo extraño que sucedió a la tarde tormentosa.

Crepúsculo por momentos de una luminosidad grisácea, por momentos rutilante de escarlatas.

La contempló en el colmo del arrobamiento, satisfecha de haberse detenido a respirar al borde de un contén después de su fructífera y denodada carrera de cincuenta y tantos años por la vida. Ahora, cuando ya la minaban mil pequeñas fatigas, en este minuto de buscar calma y aliento, descubría y comprobaba inesperadamente la belleza, la energía, la paz y el equilibrio incólumes.

Sobre el asfalto resbaloso cruzaban como torpedos autos, ómnibus, camiones, bicicletas, rozándole el vestido. Un tropel de transeúntes recorría las aceras en distintas direcciones, y grupos febriles se aglomeraban en las esquinas para escuchar la oratoria de curas, adventistas, damas benefactoras, rameras engalanadas, demagogos y anunciadores de radio y circo parapetados en tribunas de carnaval. Con los niños en brazos y los maridos al lado, las hijas de LA MUJER, por allá lejos, al resguardo de los portales, cantaban, abstraídas, dulces canciones de cuna. Tiendas y oficinas abrían y cerraban chirriantes puertas rotatorias. En el parque contiguo un cónclave de burócratas, coreando salmos, trazaba en el cemento círculos concéntricos. Reía a carcajadas la jefa de un negociado que, provista de enormes bolas de estambre, tejía abrigos, bufandas y estolas de intrigas. Subían como camaleones los trepadores de los postes de la electricidad, zafaban y encajaban lámparas de neón, provocaban chisporroteos y estampidos, y subsistían aferrados sujetos por los garfios. Aquella vorágine también la percibía pero ajena, desasida, remota, como un tenue hervor de extramuros. Lo ingrato y habitual perdía realidad frente al milagro puro de la columna hermosa, la inconmovible, la perenne, la vencedora de tumultos e inclemencias.

Bramaron truenos en lontananza. Y la columna osciló. ¿Oscilaba? Temerosa de la estabilidad del objeto de su embeleso y de la suya propia, LA MUJER se restregó los párpados. No, no oscilaba. Erecta desafiaba lo por venir.

Aletearon gaviotas en torno al capitel. ¿Serían capaces de posarse y lesionar la majestad impoluta? Quiso espantarlas y acortó el espacio separador, pero no alcanzaba ni siquiera a amagarlas con el chal. Volaban entre nimbos, escondiéndose y apareciendo, displicentes, pacíficas, inofensivas. Pronto continuaron viaje. Un suspiro de alivio distendió los nervios de LA MUJER. No, nada ni nadie osaría dañar la maravilla augusta.

Había un banco a escasos dos metros y lo ocupó. Serena, seráfica, detalló el fuste magnífico, de una tersura juvenil con morbidez de Venus e irisaciones de gema, y al alzar las pupilas notó que las hojas, palmillas, flores y volutas transformábanse en una cabeza humana. No era raro. Capiteles similares hubo, quizá aún quedarían vestigios, en el templo de Dendera a orillas del Nilo y en las cornisas de monumentos romanos. Capiteles como cabezas humanas...

Folios sueltos de libros de Arte le bailaron en la memoria y desaparecieron en espiral ascendente, mientras la figura de allá arriba adoptaba los rasgos de Juno, y la divina diosa protectora de la mujer y el matrimonio le sonreía. Inefable sonrisa, íntima, confidencial, a la cual respondió de modo idéntico, coincidente, como ante un espejo.

La brisa, impregnada de fragancias vegetales, propiciaba el sosiego y el diálogo. No hizo falta el diálogo. Bastó el monólogo, porque Juno y ella tenían una historia común y hablaban el mismo lenguaje.

En la fusión del crepúsculo y la noche cubrieron el cielo millares de lentejuelas. Un centelleo de estrellas gigantes y cometas de fúlgidas y largas cabelleras creció por el poniente. El exceso de luz avivó en la quimera destellos locos y angustiosos reclamos sonoros. Fue entonces cuando LA MUJER vio arañas, avispas, ratones, pájaros carpinteros, alacranes y murciélagos adueñarse de la columna, atacarla, herirla, embarrarla de excretas, ensañarse en ELLA. En el ápice del espanto, incorporándose, lanzó el chal y montones de piedras a los destructores inmundos. Huyeron al fin en turbio remolino, y por las huellas palpables de la decadencia femenina rodaron las lágrimas de LA MUJER confundidas con el llanto de los ojos huecos del capitel. Y ya no hubo tregua, ni aliento, ni esperanza. Se desató enseguida una iracunda tempestad de relámpagos, y por una quebradura del firmamento asomaron peñascos de planetoides y meteoritos con brillo de diamantes y resplandor de incendio. De allí cayeron saetas de cuarzo y de pirita en implacable descarga de rayos contra ambos cuerpos abrazados, sintetizados, unívocos. El de la columna se llenó de estrías, el de carne se llenó de arrugas. Un solo grito y un solo sollozo, sin eco, acompañaron el desplome. Al peso de las ruinas tembló apenas la tierra. Llovía.

«Hoy al amanecer apareció el cadáver de una anciana al pie de un árbol calcinado del Parque de la Fraternidad. No ha sido identificada», dijo el periódico.

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