Variaciones sobre el caos o El osario de los tristes

Autor:

Juventud Rebelde

A propósito de la experiencia novelística de Nicolás DorrDesde sus inicios como dramaturgo con Las pericas (1961), en la ya lejana década de los 70, Nicolás Dorr (1946) siempre ha tenido el don de sorprender. Y su relevante obra en el campo de la escena cubana lo ha ido corroborando con el transcurrir de los años.

El legado del caos, que recién ha puesto en circulación Ediciones Unión, novela fresco, novela mural, narra el acontecer de una familia cubana a través de inteligentes y recreados flash back que abarcan desde los inicios del siglo pasado hasta los años 80, período en el que transcurre lo que pudiéramos denominar la «narración activa» del escritor. Una de las particularidades de la obra, además de que debe servir como llamado de atención, es que la misma requiere de una lectura muy participativa por parte del lector, con el fin de no perdernos por los súbitos caminos, a veces procelosos, en los que nos sumerge el autor, que no pierde tiempo en recrear a sus personajes principales, Fela, Nenita y Gerardo, a partir de sus particulares vivencias, de sus regodeos con su propio destino, con su propio caos, pues no por gusto la citada palabra forma parte esencial del título de la obra y de ella se desprenden aconteceres, avatares y, sobre todo, atmósferas de esta familia signada precisamente por lo laberíntico de sus vidas, que nos son narradas con perfiles a veces devaluadores, a veces contrastantes, pero de donde surge una historia ingeniosa, bien hilvanada, quizá con demasiada profusión de palabras que conducen, por momentos a cierto aturdimiento, detectable sobre todo en ese alucinante personaje que es Fela, que ro-

za los límites de la demencia senil, pero que en sus recuerdos trata de situarse con solidez en un presente que permita aceptarse en la costumbre y la libere de fantasías de futuro que le dispersarían su innegable fuerza narrativa.

Llamo también la atención acerca de la profunda investigación histórica y cultural que late detrás de esta obra. Con ella se repasa la historia de Cuba desde la época de Gerardo Machado, figura despreciable de la historia insular cubana, pero devenida en paradigma para la Fela de estas páginas, hasta cuando ocurren los sucesos de la Embajada del Perú; pero no se trata de un detalloso juicio que refrende las particularidades de ese lapso de tiempo, sino que a modo de pinceladas, conduce al lector por todo ese laberinto de nuestra historia.

El legado del caos es una novela de registro histórico y de registro cultural, escrita en una prosa abundosa y desarrollada mediante una especie de pedaleo vertiginoso en un microcosmos familiar y sus respectivas ramificaciones. Si por momentos la escritura se torna briosa y pasional, por momentos también cede ante situaciones tragicómicas que, sin dudas, nos harán sonreír, lo cual contribuye a que las múltiples aristas que la conforman se enriquezcan a los efectos del lector, que, como alucinado, seguirá los pasos de esa Fela de impulsos regenerativos, cuya modelación psicológica se nos va presentando a partir de los mencionados flash back hasta quedar configurada como el personaje eje de la novela, como ya se expresó anteriormente.

Por otra parte, el torbellino de sucesos que ocurren en estas 281 páginas obedece precisamente al derroche de vitalidad que despliegan los personajes protagónicos, que llegan a convertirse en seres capaces de ser exponentes de su propia destrucción, como si hubieran nacido en el mayor cementerio de esperanzas de la tierra. Además, Dorr se favorece a sí mismo por su propia fidelidad a un mundo y a un lenguaje, pues en todo momento mantiene un tono que ayuda a sostener su autonomía como recién estrenado narrador.

Con todo, creo que la clave de El legado del caos radica en su propio cuerpo textual, en el gesto especulativo que propone, en la voluntad de conocimiento que expresa. Pienso que ahí radica su impulso, su modo de mirar y de ver, la tensión y el alma de una obra que debió haber sido escrita bajo una gran expectativa y que Dorr asumió como un gran reto después de piezas ya asentadas como clásicas en nuestro teatro posterior al triunfo revolucionario.

El legado del caos no admite conclusiones discursivas. Se asume porque es vía que trasciende y porque encarna una experiencia de escritura que, necesariamente, debe ser compartida con el lector.

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