Víctor Rolando Malagón: Mitos y realidades de un editor

Durante más de 30 años, Malagón ha revisado millones de cuartillas. Hoy se reconoce su importante trabajo como Premio Nacional de Edición

Autor:

Juventud Rebelde

El universo de los libros es como el nuestro, donde todos los planetas giran alrededor de una estrella. Solo que esta no es el autor, principio y sustancia de todas las líneas; ni siquiera del libro, que se luce en sus páginas limpias, con la portada coqueta, y cada letra dispuesta en su lugar. El vasto mundo de las obras literarias revolotea, una y otra vez, alrededor del lector.

Esta máxima elemental me la recordó Víctor Rolando Malagón, Premio Nacional de Edición, cuando trataba de descifrar con su ayuda un oficio que a veces se nos antoja caprichoso, subjetivo, belicoso.

«Una de nuestras funciones primordiales —me explica— es revisar minuciosamente el texto original que nos entrega el autor. Lo leemos siempre entre cuatro o cinco veces, de cabo a rabo y de punta a cabo. Posteriormente le realizamos las correcciones pertinentes y también discutimos con el escritor aquellos elementos que no se comprenden en el texto y, por lo general, siempre se llega a un acuerdo.

«No te niego que hay puntos de vista que el editor no comparte con el autor, pero también te digo que uno no tiene que tener toda la razón en las manos. Por eso es necesario que siempre se establezca el vínculo entre ambos porque, definitivamente, quien se va a ver beneficiado es el lector, y la obra de esta manera le va a llegar en mejores condiciones».

No obstante, las dudas siempre asaltan mi pensamiento, quizá por esa misma persistencia humana que nos hace ver en lo ajeno imperfecciones, faltas o despilfarros. ¿Acaso el editor que se dispone a dialogar cordialmente en la consultoría, no esconderá en su carpeta papeles plenos de tachaduras y flechas mortíferas?

«Es una visión errada de lo que es el editor. Así como cada autor tiene su estilo, cada editor encuentra sus modos particulares a la hora de trabajar y de asumir un texto.

«Nosotros tenemos por delante una tarea muy minuciosa que realizar, hay que investigar mucho, pues se trata de corroborar todo lo que se está leyendo, cada fecha, lugar o hecho. Pero a la vez tenemos que estar al tanto de cada coma, de la concordancia entre las ideas; en fin, de todos los elementos gramaticales y de estilo, para que la obra final con que se tope el lector sea comprensible y esté bien escrita».

Entonces, repasaba en mi memoria los socorridos mitos del escritor frustrado que desperdiga talentos extraños. Y no me encajaban en nada con la figura de mi interlocutor, tan sencillo en sus palabras como en su mirada. Sus ojos azules habrían revisado, con ayuda de los espejuelos, millones de cuartillas durante más de 30 años; a la vez que arma —como un rompecabezas— prólogos, ilustraciones, capítulos o contraportadas.

Como un director de orquesta, tiene que lograr que acoplen los esfuerzos individuales, pues el editor «es el máximo responsable de la edición que asume, y su trabajo tiene que tener en cuenta todos los elementos del libro. Uno de ellos es el diseño, debe revisarlo y discutir el proyecto con el diseñador. De la misma manera debe velar también por la composición del libro, es decir, por la forma en que este va a ser publicado; y tiene que supervisar, además, la corrección».

Este hombre de estatura pequeña asume su carrera con una grandeza que no asoma atisbos de altivez, sino de una consagración total a lo que tanto se ama.

Con toda la humildad del mundo defiende su vocación y me confiesa cuánto prefiere esta profesión a la de escritor: «es mucho más fácil revisar lo que otros escriben que ponerse a generar las ideas y redactarlas.

«El trabajo de creación literaria es una labor muy compleja, y aunque hay muchos editores que han incursionado en ella con talento, para mí escribir no es el fin del editor. La nuestra es una labor que se realiza también con mucho amor y profesionalidad, por eso a veces se nos identifica como cocreadores del libro».

Uno de los volúmenes que ha absorbido el tiempo de Malagón en los últimos meses es Medio siglo de Revolución. 50 momentos históricos, que él siempre aclara fue un trabajo en equipo, «donde tuvo que participar hasta la propia directora de la editorial Arte y Literatura, porque era realmente muy difícil seleccionar 50 momentos que representaran el medio siglo de la Revolución, y nosotros escogimos entre los numerosos eventos aquellos acontecimientos fundamentales donde se revela la vida social de la Revolución.

«Este fue un trabajo de meses porque había que sacar los materiales de archivo, para lo cual hay que pedirlos con antelación, y luego cotejar toda la información; y todo esto, por supuesto, hizo más lento el proceso. Aun así avanzó con rapidez; en aproximadamente unos cuatro meses se logró terminar».

En estos 32 años de trabajo, Rolando, como le llaman sus amigos, solo ha tratado de cumplir con su deber. El premio lo ha llenado de alegría, pero no por ello olvida a quienes al igual que él han dedicado su vida a la noble empresa del libro.

«Me he retroalimentado de los que han tenido más experiencia que yo, y he tratado de ayudar a las nuevas generaciones, a las cuales he tenido la responsabilidad de adiestrar. No creo saberlo todo, porque el editor está constantemente aprendiendo. El mismo desarrollo intelectual del ser humano nos obliga a estar constantemente perfeccionando nuestra labor y enriqueciendo nuestros conocimientos. Y espero cada día aprender algo más».

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