No puedo vivir sin Cuba - Cultura

No puedo vivir sin Cuba

Confiesa a JR el escritor cubano Abel González Melo, galardonado con el Premio de Ensayo Alejo Carpentier 2009

Autor:

Juventud Rebelde

En medio de los mil tironeos del trabajo y la vida, me encantó que El Tintero me encargara esta conversación rápida y breve con Abelito González Melo. Tal vez porque, por un lado, nunca se nos había ocurrido, seguramente por nuestra intensa proximidad laboral y humana; por otro, porque me ha dado la concreta oportunidad de felicitarlo, ya que también feliz estoy, por su Premio de Ensayo Alejo Carpentier 2009.

—Me alegra que hayas traído a ese premio tan importante el universo del teatro. Es un reconocimiento para ti, pero también para el análisis de esa manifestación y de su presencia en la cultura y la sociedad del país. A partir de este punto de vista, ¿desde dónde y cómo has entrado a «describir» el panorama?

—Mi libro Festín de los patíbulos parte de una relación de 15 años con el teatro cubano. Se remonta a mis primeras experiencias como espectador adolescente que disfrutó La niñita querida o Baal, mirada que luego fue acrisolándose con herramientas técnicas que la academia me ofreció, pues como sabes estudié Teatrología. He querido, de todas formas, que la ingenuidad de aquel ojo joven que descubrió la escena no se empache, a la hora de transformarse en escritura, con un andamiaje teórico que apabulle al lector. Al contrario, intento ofrecer un camino que pesquise, de una manera asequible y precisa, la relación que la obra de Flora Lauten, Carlos Celdrán y Carlos Díaz como directores (al frente de sus grupos Buendía, Argos y El Público) ha mantenido con el entorno social que la ha prohijado. Leyéndolos a ellos hago justicia a las maneras más innovadoras de comprender el teatro como una acción de retroalimentaciones continuas, una suma de elementos políticos, económicos, de tradiciones universales que, gracias al ojo y al talento de ellos, se han convertido en tensiones auténticamente nuestras. He utilizado metodologías que considero emblemáticas para entender el teatro contemporáneo (Dubatti, García Barrientos). He prestado mucha atención a los modos de «ensayar» puntualmente la escena que han desarrollado críticos como Osvaldo Cano (ese excelente maestro al que tanto le debo), Raquel Carrió (con toda su noción del posmoderno) o tú mismo (en especial tu énfasis en los vínculos entre teatro y sociedad). Pero sobre todo he querido que esta orquestación dé voz a mucha gente del medio (actores, diseñadores, técnicos) que han persistido en hacer teatro, a menudo en condiciones complejísimas, un arte tan evanescente que corre el riesgo de morir incluso durante su transcurso.

—En relación con ese propio panorama teatral, ¿dónde ubicarías los puntos rojos (críticos) y los desafíos del teatro cubano actual?

—Cuando te percatas del nivel que hay en los directores que antes mencioné, cuya evolución cuenta ya más de dos décadas (y en otros que de manera colateral incluyo en mi análisis, como Joel Sáez, Raúl Martín, Julio César Ramírez y Rubén Darío Salazar), e intentas contrastar eso con el presente, adviertes que hay un agujero negro en el nuevo pensamiento creativo alrededor de la puesta en escena, es decir, no se vislumbra aún, como fenómeno generacional, un relevo (sí casos aislados como Eduardo Eimil o Irene Borges). Y no pienses que hablo de relevo como en una carrera donde siempre «hay que llegar». Muchos pueden quedarse en el camino, pero para que algo florezca hace falta un campo lo suficientemente ancho. Y se necesita formación académica, directores que se construyan al pie del cañón, como en su día bebió Lauten de Vicente Revuelta, Celdrán de Lauten, y los jóvenes alumnos de Celdrán beben hoy de él. Buendía, Argos y El Público se han abierto como laboratorios permanentes que forman gente de teatro con solidez y compromiso, pero no es suficiente. No creo que sea solo un tema institucional (por más que en el ISA urja reabrir la especialidad de Dirección), tiene también que ver con los tiempos que corren, con el acomodamiento, con la desidia. Es una perogrullada decir que sin directores que movilicen cabeza y cuerpo, en la actualidad el teatro no va a ninguna parte.

«La dramaturgia, por el contrario, está conociendo una prosperidad paulatina. A la excelente labor del Seminario de Dramaturgia del ISA liderado por Raquel Carrió, se han sumado las estrategias certeras de Tablas-Alarcos (premios, antologías, ciclos de lecturas). Me gustaría que dramaturgos de cinco promociones distintas (aproximadamente las que coexisten hoy en Cuba) pudiésemos convivir en la cartelera nacional sin hacernos trizas unos a otros, entendiendo la diversidad como una cualidad y no como un martirio».

—En ti parece no haber «divisiones» como creador. Has publicado poesía, narrativa, ensayo, has sido esencial en la aventura editorial y de promoción de Tablas-Alarcos, en la formación de dramaturgos en el ISA, obras tuyas son estrenadas y premiadas. ¿Dónde está el centro, el imán de esos fragmentos?

—Seguramente en la libertad para escribir sobre cualquier cosa, sin temor. Por suerte hemos aprendido de errores pasados y los escritores de hoy (amén de alguna leve estulticia de turno) podemos ser sinceros en temas de sexualidad, de inquietudes cívicas, de conexión con el mundo. El imán es, igualmente, mi interés por marcar un sitio, por ser particular, por no dejar de trabajar ni un solo día, por construir un personaje que posea, como dije una vez, su lugarcito en el universo. Crear historias que hablen de mi ánimo y que me dibujen aquí, que sirvan para establecer puentes y decir cosas difíciles y hermosas a un tiempo. El teatro, el apoyo de mi madre y la preciosa vida en Cuba me han enseñado que el oficio del artista es incómodo y asmático, pero reconfortante y útil como pocos.

—En los últimos dos años has estado cerca y lejos al mismo tiempo. ¿Qué te hace sufrir y qué te gratifica de tu estancia de trabajo en España?

—Ser cubano es un orgullo que no quita nada. Yo no puedo vivir sin Cuba. La Habana es el marco de mis textos, de mis amores, de mis miedos. Todo lo que pasa aquí me importa porque pertenezco a este sitio, mis manos son de aquí, mis ojos, mis palabras. En España estoy trabajando en un proyecto extraordinario con un gran director, Enrique Lanz: El retablo de Maese Pedro, una ópera para marionetas de Manuel de Falla. Él me ha abierto las puertas de su compañía Etcétera para escribir un libro-investigación y manipular (por primera vez en mi vida) un títere, en este caso Don Quijote, que mide ocho metros de altura. Ha sido una experiencia tremenda, actuar en grandes coliseos como el Liceu de Barcelona o el Teatro Real de Madrid. Ahora amo ese trabajo porque me apasiona en su esencia, por lo que he descubierto en él, es un regalo que no esperaba. No quiero plantearme la distancia de Cuba como algo triste, sino como un complemento indispensable a mi propia labor como editor, profesor y artista. Estoy ahora y estaré siempre.

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