Lisanka: última muestra cinematográfica del realizador Daniel Díaz Torres

El nombre heredado de nuestro cercano vínculo con la Unión Soviética da título a la historia de amor en tono de comedia

Autor:

Juventud Rebelde

El elenco lo integran artistas de primera como Blanca Rosa Blanco (foto), Enrique Molina, Paula Alí y Raúl Pomares. «Hoy se vuelca el camión», fueron las primeras palabras que escuché por los pasillos del ICAIC, mientras a mi lado desfilaban utileros, sonidistas, scripts, escenógrafos, técnicos y figurantes, dispuestos todos, con jovial desenfado, para la larga jornada de trabajo como quien se prepara para una aventura.

Ya en medio de los campos de Managua, convertidos, por arte y magia de la escenografía, en unidad militar tutelada por los rusos, fue que conocí a Lisanka, a Volodia y al Capitán.

Lisanka tiene nombre ruso, pero es tan cubana como la joven actriz Mirielys Cejas que la interpreta. Ambas son decididas y emprendedoras, tanto que las dos tuvieron que aprender a manejar un tractor para poder desempeñar mejor su rol: Lisanka como agricultora, convirtiéndose en la primera mujer tractorista de la Isla; Mirielys como actriz, quien además tuvo que lidiar con clases de ruso y el reto de enfrentarse a su debut profesional.

«Yo no sé ni montar bicicleta, así que podrás imaginar el trabajo que pasé para manejar un vehículo tan complicado. Me siento muy fuerte cuando estoy allá arriba, y lo disfruto muchísimo. Recuerdo que cuando iba a recibir mis clases, me despedía de mi mamá diciéndole “hoy voy a arar como una campesina más”», me comentaba Mirielys después de concluir un acalorado altercado con el Capitán, para exigirle a lo cubano, y medio en ruso, que la dejara ver a Volodia.

Kirill Zolygin, como su apellido indica, sí es ruso, aunque su español está muy cubanizado: «No entiendo ni papa», le decía a Mirielys en un descanso, y esto despejó todas mis dudas de si llamar o no al traductor.

Zolygin, quien cursa su tercer año en la Academia de Arte Teatral Gitis, estudió español de manera autodidacta durante cuatro meses, después de haber sido aceptado para el papel de Volodia, puesto que la mayoría de los diálogos que le corresponden son en nuestro idioma.

Haciendo uso de la lengua de Cervantes me dijo: «Esta es mi primera experiencia y me parece que la película puede ser muy prometedora para el espectador cubano. Ustedes están celebrando medio siglo de Revolución y resulta que en 1962 nosotros, los rusos, estábamos a cinco años de cumplir los 50 de la nuestra. Lisanka es ante todo una historia de amor, pero también lo es de guerra».

Sobre su personaje me explicó que «tiene dos conflictos principales: cumplir en Cuba su servicio militar en medio de la Crisis de los Misiles y estar enamorado de una chica cubana que no le corresponde».

De vuelta hacia el plató escuché cuando le advertía a un muchacho vestido con traje militar sobre el correcto uso de la gorra: «Los soldados rusos nunca la llevan en la charretera; a diferencia de los americanos, nosotros la guardamos en el bolsillo derecho del pantalón». Más tarde lo vería intercambiando complicados saludos con las manos, aprendiendo nuevas palabras como «guapo» y «penco», o los múltiples significados que se le pueden atribuir a la palabra «mango».

El actor Vladislav Vetrov, que representa al Capitán, a diferencia de Kirill sí ha desarrollado una amplia carrera tanto en el cine como en el teatro. Mientras se toma unas vacaciones para poder filmar Lisanka, lo esperan en Rusia dos cintas a medio terminar.

A Vetrov este proyecto lo cautivó desde el principio: «Cuando el director, Daniel Díaz Torres, me dijo cómo íbamos a hacer este papel, me morí de la risa. Daniel tiene un humor muy sagaz y sabe muy bien lo que hace».

No obstante, su sonrisa se apaga cuando medita en su personaje. «De cierta manera me hace sentir un poco culpable, puesto que se enmarca en medio de la historia real de la crisis, por la que el mundo estuvo a punto de extinguirse».

Designios del Director

Daniel Díaz Torres, de pie tras la cámara, vela por los detalles. Más de seis años tuvo que esperar Daniel Díaz Torres para ver materializado en rodaje el guión de Lisanka. Pero desde el pasado mes de febrero —el más frío desde 1980—, este se pudo al fin comenzar, gracias a la colaboración de Mosfilm, Venezuela, y del poyecto Ibermedia.

Nuevamente Daniel Díaz Torres, quien es también el autor de filmes como Hacerse el sueco y Kleines Tropicana, apuesta por la comedia.

«El tono de Lisanka es más bien la mirada de un tierno humor hacia años en los cuales éramos heroicos y un tanto inocentes. Una época donde se mezclaba además la voluntad de cambiarlo todo; uno pensaba que las cosas estaban más cerca, cuando la vida ha demostrado que están mucho más lejos. Pero dentro de esta mirada dulce-amarga, en la película también está presente la tragedia. La risa en ocasiones se puede ver apagada cuando nos percatamos de que también ocurrían hechos terribles, como los atentados que costaban la vida a personas inocentes», nos dijo Daniel mientras el equipo ultimaba detalles para reanudar la filmación.

La premura del trabajo que se avecinaba no impidió que en pocos minutos el cineasta nos hiciera partícipe de sus inquietudes e intenciones artísticas como realizador de esta historia, que comenzó a escribirse entre tres.

«Lisanka se inspira en el cuento En el kilómetro 32, del escritor cubano Francisco González, quien participó junto a Eduardo del Llano y yo, en la creación del argumento.

«La película, que se enmarca históricamente en la época de la Crisis de los Misiles, no pretende abordar un tema tan complejo. Por tanto, no es una película histórica aunque sí tratamos de ser lo más apegados a la reconstrucción de la atmósfera de la época, de manera que se pudiera palpar lo que significó el espíritu de aquellos momentos en la realidad cubana.

«Era el cuarto año de la Revolución, el llamado Año de la Planificación, y teníamos un estrecho vínculo con la Unión Soviética. A su vez existía una violenta lucha de clases en el país, donde operaban bandas contrarrevolucionarias y se producían pugnas con sectores de la Iglesia.

«Era un momento complicado y tratamos que todo eso se viera reflejado en Lisanka.

«Pero lo que se está contando en primer lugar es una historia de amor, donde una muchacha se debate entre tres hombres. Es una crisis de amor en medio de una crisis global, y eso es lo que de alguna manera nos interesaba: la pequeña gran historia personal enmarcada en la historia mundial, vista a través de un pueblito del interior de Cuba donde la gente vive, tiene ilusiones, lucha y, a su vez, desconoce que está en el centro del mundo. Un pueblito que, de haber estallado la Crisis de los Misiles, hubiera sido prácticamente el primero en desaparecer».

Con la magia en el lente

La joven Mirielys Cejas debuta como actriz interpretando a Lisanka. La estética de la película, junto al guión, pretende conspirar para que la historia llegue al espectador con toda su sazón. Díaz Torres señala que en Lisanka se utiliza «una sutil ironía en la manera como hace uso de ciertos recursos visuales».

Sobre estos resortes y su empeño por secundar una trama enclavada en los años 60 del pasado siglo, quién mejor que el director de fotografía, Ángel Alderete, para revelarnos la línea trazada.

Alderete asumió este proyecto tras finalizar Ciudad en rojo, de la realizadora Rebeca Chávez, y para esta ocasión su lente se planteó una «intencionada alusión a planos de películas de la época, para que la gente se remontara al cine ruso y cubano realizado en aquellos años. La iluminación no es realista pero tampoco es muy efectista.

«Cada uno de los personajes tiene su luz propia, que va a corresponder a sus casas y los lugares que le atañen. Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en el personaje principal, Lisanka, que además se va a ver acompañada por un tono rosa. De este color está pintada su casa y también su tractor, y de cierta manera nos transmite esa gracia del toque femenino, porque ella vive sola con su padre».

Entonces sonó la bocina estrepitosamente, marcando el fin de todos los diálogos y alertando que comenzaría el trabajo, acompañado de la frialdad de la noche y las picaduras de los mosquitos. Vetrov, el Capitán, comenzó a lanzar improperios en ruso a sus subordinados, mientras Kirill, entre risas, se empeñaba en la traducción. A lo lejos las luces encendidas silueteaban el camión despeñado, con su carga nuclear apuntando a las tinieblas.

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