René Fernández: el teatro es una dimensión de luz

El destacado dramaturgo cubano, Premio nacional de Teatro, en entrevista a JR, afirma que también es una invitación mágica entre los hombres

Autor:

Miguel Ángel Valdés Lizano

Comienza esa danza, esa metamorfosis de almas que se dibuja siempre, cuando hay títeres en escena. Expectante en la butaca final, René Fernández, Premio Nacional de Teatro, contempla por última vez el ensayo de su obra, como el primer humano acariciado por la fantasía. Parece un patriarca, guardián del secreto de la creación, tocado por el don de reinventar mundos, gentes, sombras...

A veces sonríe ante la maniobra de los muñecos, pero por instantes observa, como cuando se materializa una premonición, inquieto, sorprendido, insatisfecho... Durante más de 40 años dedicados al arte de las tablas, con alrededor de 200 textos y cerca de una veintena de premios, vive convencido de los desafíos de su oficio. Aunque mediante el retablo se sabe capaz de poblar la realidad con imágenes aparentemente efímeras, conoce bien las energías que exige el dotarlas de total dimensión en lo profundo de cada espectador, para hacerlas funcionar como latitudes, dadas a la vida por esa brújula llamada teatro.

Por eso, el respeto hacia el escenario brota en cada frase de este hombre, padre del grupo Papalote y del proyecto socio-cultural La Calle de los Títeres en la Ciudad-Atenas de Cuba, tierra natal a la que ha reservado cada uno de sus triunfos.

—Para quien desarrolla el trabajo con títeres, frecuentemente subestimado, ¿qué significa ostentar el Premio Nacional de Teatro?

—No lo esperaba. Me llenó de alegría. Es un reconocimiento para todo el arte de títeres en la Isla. Muchos de los iniciadores de este movimiento en Cuba también lo merecen, porque considero que hemos logrado una de las vertientes teatrales más sólidas en nuestro país, la cual ha sabido adaptarse en cada instante dentro de los diversos contextos. Hemos sabido llegar a nuestro público a pesar de catástrofes, carencias, incomprensiones... Por ello este movimiento debe ser más valorado y nosotros, sus protagonistas, estamos en la obligación de revisarnos más en cuanto a diseño dramático, dirección, interpretación. Hay que hacer obras de riesgo con bases en el pasado. Los jóvenes deben leer sobre lo acontecido en otras épocas, sobre la trayectoria del movimiento, para nutrirse de figuras que ya no están aunque persisten como rebeldes ante la cotidianidad. Eso les permitiría continuar el teatro que se les entrega y ajustarlo a las nuevas circunstancias.

—¿Cómo debe ser la interacción entre el títere y el titiritero?

—Los titiriteros y los títeres se habitan unos a otros. Se poseen. Establecen un cosmos, una comunicación auténtica... El niño disfruta ese rito, se deleita ante esa plural relación. Se crean hilos mágicos entre público y marioneta. Eso depende mucho de la preparación de los titiriteros, de su técnica; las teorías de Stanislasky ayudan mucho. Gracias a todo ello el niño cree en el objeto, le otorga vida. Hasta yo me asombro con esos actores que después de décadas sobre escena continúan jugando, enamorando los objetos con la misma pasión del primer día. Ellos creen en el muñeco, le otorgan alma, desplazan sus energías, corporizan las cosas. Eso solo se logra cuando el actor es integral, porque representa un arte para respetar.

—¿Por qué Papalote se ha mantenido durante tantos años en un barrio como La Marina, en ocasiones despreciado por el imaginario citadino de Matanzas?

—El teatro es rey dondequiera. A nuestro teatro asisten negros, blancos, chinos, colorados... Tal vez ese lugar tiene potencia, a pesar de su fama de marginal. Allí crece nuestra obra y se ha formado mucha gente que conserva el aroma del lugar. Los vecinos cuidan nuestro teatro. Es una barriada difícil pero hemos conquistado a todos sus habitantes. Ello nos obligan a preguntarnos: ¿Qué debemos hacer los teatristas? ¿Qué haremos mañana?

—Como maestro —es Premio Maestro de Juventudes que otorga la AHS—, ¿qué le place más enseñar?

—Tengo fe en la artesanía sensorial del teatro. Para lograrla hay que depositar en cada puesta pasión, intencionalidades; me gusta enseñar eso. El teatro para niños debe nutrirse de la energía del pequeño. No soporto la frialdad del escenario. Hay que romper la cuarta pared con los niños; compartir ese refresco que es cada obra. Me gustaría que mis discípulos de ayer y hoy me vean como una persona que transita por la vida con muchas ganas de edificar, para lograr que nuestro movimiento tenga solidez ética, teórica y estética.

—Ha tenido que desprenderse de muchos de sus alumnos, ¿cómo recibe los triunfos de Teatro de las Estaciones, por ejemplo?

—Eso enriquece nuestro movimiento. Surgen nuevos árboles con sus espacios y sus sombras. También surgió el Retablo de Santa Clara, La Salamandra, Pálpito, Garabato... Las Estaciones es como yo mismo. Allí está Senén Calero, mi diseñador de siempre; también Rubén Darío, actor que en Papalote trabajó mucho. Tampoco puedo dejar de mencionar a Migdalia, quien creció profesionalmente con nosotros, al igual que Fredy Maraboto, Fara Madrigal... Ellos están en la memoria histórica, en mis vivencias, en lo cotidiano, en mi ciudad. Constituyen un pedazo de mi vida. Son buenos en su profesión. Se exigen un arte de alto quilate. Papalote, esos nombres y yo formamos parte de la gran tradición de Matanzas, tierra que cobija a todos.

—¿Cuál es la fuente temática de sus creaciones dramáticas?

—Matanzas y la pretensión de perpetuar su cultura negra. Mis textos muchas veces son la visión de un matancero, sobre su cultura, su gente, sus negros, sus mulatas, nuestros reyes orishas; esa enjundia que somos. Soy un enamorado que regala todo eso a los niños, sin negar los dragones, las hadas... Tenemos nuestra propia mitología, inagotable y tan rica como la egipcia.

«También escribo sobre la naturaleza: la luna, el sol, el mar. Donde yo vivo tengo la dicha de darle el de pie a la jornada con un amanecer rojizo desde la ventana. A la belleza de las olas y sus mareas dediqué mi obra Platero. Mi papá, cuando yo era pequeño, tenía un cafetal, donde aprendí además el amor a los ríos. Las aguas rutilantes rigen los destinos de quienes poblemos esta ciudad, somos hijos de las mareas».

—¿Cuál es la anécdota más preciada de sus presentaciones por el mundo?

—Una vez presentamos Oken en un evento internacional de escuelas de títeres en Yugoslavia. ¡Imagínese bailar en la casa del trompo! Rubén Darío Salazar depositó en su actuación tal emoción que rompió las barreras del idioma, aun cuando interpretaba a siete personajes. En el escenario había un silencio sepulcral al principio, pero finalmente aquella puesta fue de una veracidad tan grande, que el público parecía derrumbar el escenario ante la calidad de la acción teatralizada.

«Escribí Oken pensando en Rubén y en Zenén Calero. A Rubencito le quedaba excelente este texto, que considero bautismal para él y seguramente nunca la podrá olvidar. Yo también la recordaré porque no creo en obras perfectas, pero sí en el valor de cada una. Por ejemplo, Feo tiene la valía de haberme abierto los caminos, cuando me quedé solo y tuve que cargar con mi carromato hasta alcanzar nuevamente el triunfo».

—¿El teatro en su existir?

—¿Cómo decírtelo? La mejor forma es con sinceridad, sin temor a los lugares comunes. El teatro... una forma de materializar sueños, desde que el primer humano descubrió que la realidad no podía esclavizarlo totalmente. Para los niños es una bendición, por eso me alegra que la Revolución haya creado las escuelas para instructores de arte, las que deben contribuir a revitalizar la educación, siempre que se cumpla el objetivo de hacer cultura. Ello puede ayudar a poblar las aulas de misterios ante la imaginación del infante, porque ¿el teatro?... es una dimensión de luz, una invitación mágica entre los hombres.

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